Conocí a Mercedes Salisachs, tuve esa suerte, tengo varios libros firmados por ella. En uno, me animaba a convertirme en escritora, en otro, el último, El caudal de las noches vacías, se definía como mi vieja amiga; vieja por edad, no por antigüedad, ¿o por antigüedad?, ya que también la conocía desde hacía muchos años. No se lo pregunté. Para mí sus palabras, impresas con tinta de bolígrafo azul sobre las páginas dedicadas, me resultaban tan mágicas como polisémicas. Es mágico, cuando el autor, en este caso la autora, te regala una palabra que puede significar varias cosas. Un día una, otro otra. El regalo es doble, es siempre intrigante, es camaleónico.
Hoy la recuerdo. El otoño se asoma a la vuelta de la esquina con las hojas de los plataneros comenzando a amarillear y me he acordado de su libro —con ese título tan cinematográfico, La estación de las hojas amarillas, que siempre me ha parecido genial—, y de ella. Mercedes era la abuela de Dimas. Y Dimas, tiene nombre y espacio propio en mi historia (pero eso es otra historia). Me encantaba entrar en su casa de Marbella, ordenada e impoluta. El suelo y la máquina de escribir —ese instrumento fascinante que solo ella sabía tocar— oscuros, y todo lo demás blanco. Los sofás enfundados en algodón gordo y apetecible, las paredes como lienzos vírgenes, el mantel, los platos, el uniforme de la doncella y el de la cocinera, todo blanco. A ella también la recuerdo vestida de blanco. Con un pantalón vaquero y una camiseta. Era sencilla, delgada y elegante, muy guapa. Olía siempre bien y siempre a lo mismo. No sé qué perfume era —tampoco lo pregunté— pero mi memoria guarda almendras, ámbar y vainilla. Y su casa también olía así, mezclado con el olor del mar y de la arena de la playa que entraban por la terraza. Pasaba las tardes allí con Dimas, a veces me quedaba a cenar. Cuando lo hacía, Mercedes le encargaba freír patatas a la cocinera porque a Dimas le encantaban, y a mí, a mí también. Un día, a petición de Dimas, la cocinera me enseñó a hacerlas, y de ahí viene la receta de “mis patatas fritas”, que no es mía. Cenábamos los tres y de paso Mercedes me interrogaba, me evaluaba, y me aprobaba. Al fin y al cabo, fui el primer amor de su nieto, y debía hacerlo —examinarme— porque lo de la aprobación me lo gané yo. Sí, creo que me aprobó, siempre me sentí bien en su casa, y a juzgar por sus dedicatorias, también me gané su afecto. Claro que yo, cuando conocí a Dimas en el colegio, estaba absorta leyéndome La gangrena.
—¿Qué estas leyendo?.
Cerré el libro, colocando mi dedo índice entre las páginas para señalar la interrupción, y le enseñé la portada.
—Es mi abuela…
No me enamoré de Dimas por ser nieto de Mercedes Salisachs, esa es una razón estúpida para enamorarse de alguien; me enamoré de él poco a poco, aunque era probablemente el chico más guapo que conocía —otra razón estúpida para enamorarse—, ¿pero quién no ha hecho estupideces?. Me enamoré de Dimas poco a poco; primero fue mi amigo y luego mi amor. Un amor que terminó antes de otra estación de hojas amarillas, pero eso ya os he dicho, es otra historia.
Los otoños son hermosos.
Alex
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