Se puede ser cobarde —yo lo soy— pero no un traidor. Había quedado para cenar con unas amigas, era una de nuestras noches de chicas, y después de compartir unos espárragos y una lechuga (yo no sé cómo no le restringen la entrada a los grupos de mujeres, no comemos nada) y unas cuantas botellas de Albariño (por lo menos, bebemos), llegadas al postre y, cada una, habiendo confesado el número de veces que había f%ll@d0 durante la semana, se asomó una señora por el balcón del séptimo piso, que daba a nuestra terraza, y gritó: “¡yo me tiro!”. Mi reacción fue inmediata, corrí dentro del restaurante, logré sintetizar y exclamar: “¡llama a la policía!, una mujer se quiere suicidar”. Afortunadamente la maître comprendió, era mujer, y entre nosotras nos comprendemos, e hizo la llamada sin necesidad de que yo le explicara los detalles. Yo no quería volver al exterior. Mi reacción no fue nada heroica, estaba cagada, y el instinto por buscar ayuda no fue fruto de mi lucidez sino de mi cobardía. Encontré el valor, de no sé dónde, y al salir, mis amigas me felicitaron: “qué bien… qué bien que has hecho en avisar a la policía”, mientras el resto de la gente coreaba: “¡no te tires!, ¡no te tires!”, yo seguía cagada. No quería verlo. No quería ver cómo se lanzaba al vacío. Todos miraban hacia arriba, pero yo procuraba bajar la mirada y concentrarme en la punta de mis zapatos. Como si estuviera en el cine, sintiendo la música tensional que predice el susto, escondía la mirada. Por fin llegó la policía, subió, alguien abrió —la mujer no estaba sola, algo que, por otro lado, me pareció inquietante—, y logró convencerla de que no se arrojara. Aquel día descubrí que era una cobarde, no lo sabía, todo lo contrario, me sentía muy valiente, sobre todo porque una vez me felicitaron en el colegio por serlo.
Aprendí a navegar a vela en el Lago Lemán. Estudié en Suiza durante más de nueve años, y los sábados por la mañana dábamos clases en 420 (cuatroveinte). Además, el director tenía un Swan y de vez en cuando, las más marineras, pasábamos el fin de semana de crucero en Divonne, en la ribera francesa que está enfrente a Ginebra, donde nos poníamos moradas de crêpes con Nutella. Los vientos en el Lemán son impredecibles, rolan mucho, lo que obliga a convertirte en buen navegante; tienes que confiar en tu instinto, estar pendiente de los giros que da la naturaleza y adaptarte a la situación con rapidez. Aquel sábado sucedió. La brisa se transformó en Bise, el viento gélido y violento del noreste, los cisnes se refugiaron, las olas se levantaron, el agua se volvió oscura y nuestro instructor dio la orden de volver al embarcadero. El problema era que una compañera había quedado aislada en la plataforma flotante desde la cual esperaba su turno para gobernar la embarcación en solitario. Aquel día, tocaba navegar en solitario. No tuve miedo. Mientras todos pusieron rumbo a la orilla, yo viré a estribor y fui a por ella. La pobre había empezado a temblar, supongo que de frío, pegó un brinco, subió a bordo y, bajo la atenta mirada de nuestro profesor, volví con ella. Concentrada en mi viento y superando cada ola con paciencia. Un día eres valiente y otro cobarde. Es así. Es casi automático y autónomo. En cambio, la traición es una decisión. El traidor es un cobarde consciente de que lo es.
El traidor sabe que confías, incluso que le amas, y aun así te traiciona, por la espalda, como lo hacen los cobardes. Me han traicionado, muchas veces, pero yo no lo he hecho nunca. De verdad, creo que no he traicionado nunca a nadie. Aunque soy cobarde. La cuestión me parece tan poco humana que me esfuerzo por encontrar una traición en mi currículo. No la encuentro. Soy leal. Es una cuestión invariable, a diferencia de los vientos del Lemán, en nada comparable con el miedo o el coraje porque no es instintiva, se premedita, aunque creo que mi lealtad no es completamente mía. Porque creo que la lealtad es tanto una obligación como un derecho, y tiene reciprocidad. Es como el amor y el desamor. El día que descubres que no te aman es el primer día en el que decides dejar de amar. Y el día que descubres la traición es el día en el que decides dejar de ser leal. Igual que a un desamor no le debes amor, a un traidor no le debes lealtad.
Al traidor se le puede traicionar sin escrúpulos, sin remordimientos. Yo no creo en la venganza, pero sí en la equidad.
Alex
P.D- La foto la tomé yo. Es en Rolle, a orillas de mi querido Lago Lemán, que añoro. La isla que aparece en la imagen es L’Île de La Harpe. Se trata de una pequeña isla artificial creada en el siglo XIX en honor a Frédéric-César de La Harpe, una figura importante en la historia suiza, conocido por su papel en la adhesión de Vaud a la Confederación Helvética.
