El destino del estepicursor

Soy exótica. Aunque no lo parezca, pero lo soy. Tengo un ADN que mezcla sajones de Transilvania con griegos, vascos con polacos, y hasta un madrileño con apellido moro. Mis hijos, ya ni os cuento… Se me ocurrió enamorarme de un inglés, y al cóctel genético, he agregado la sangre de los St. Clair: británica, escocesa, de antiguos ancestros originarios de Francia, y con leyenda incluida, la del Santo Grial, ni más ni menos. Mis hijos son más exóticos todavía. 

Lo llevamos bien, a pesar de sentirnos un poco diferentes, algo nómadas y muy adaptables; lo llevamos bien. Pero, no tenemos raíces. Somos estepicursores (tumbleweeds); esas plantas, que cuando maduran, sueltan cabos y se desplazan, rodando por el suelo a voluntad del viento, esparciendo sus semillas.

Si me encuentro con un argentino, le digo que mi madre era argentina y que en casa siempre hemos comido asado con salsa chimichurri, empanadas de choclo y milanesas. Cuando he estado en Varsovia (por cierto ciudad donde comer el mejor steak tartar del mundo, ya que allí sí que hay verdaderos tártaros), les comento que mi bisabuela era polaca. En Alemania presumo de apellido teutón —Rotlander, que es la versión españolizada; el original era: von Rothländer—. De los rumanos he heredado, además del miedo a Drácula, el gusto por la polenta y por la salată de vinete (que no es una ensalada, son berenjenas al horno). A los griegos les digo que sé contar hasta diez (ahora hasta cinco), que mi abuelo era ortodoxo y que sé decir: «σ’ ἀγαπῶ (s’agapó)», que significa: “te quiero”… (la cocina griega no trascendió). A mi marido le divierte. Una vez me preguntó que por qué lo hacía, “¿para qué le dices a todos los que conoces que eres medio del sitio que sean?”. “Pues porque es verdad”. ¿Qué más le daría? El caso es que soy un mix de culturas, de religiones, de perdidas y de nostalgias. Posiblemente ese es el motivo de que yo sea bastante romántica, pasional, melancólica, disciplinada, espiritual, y que acepte mi destino como si fuera una fatalidad.

Mi bisabuelo Gustav tuvo doce hijos con mi bisabuela griega, todos ingenieros navales porque eran armadores instalados en Constanza. Y poliglotas, no sé si todos, pero por lo menos mi abuelo sí que lo era, hablaba seis idiomas: alemán, griego, inglés, francés, rumano y español. En esa época, el matrimonio entre un alemán del Mar Negro y una griega fanariota no era inusual ya que las alianzas entre familias ayudaban a fortalecer sus intereses comerciales, su poder e influencia, especialmente en esa región, en el marco del Imperio Austrohúngaro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la familia, como muchísimas otras, sufrió el conflicto y la represión del régimen comunista. Todos fueron asesinados o enviados a los campos de concentración de Siberia donde murieron. Solo sobrevivió mi abuelo Constantino, que logró escapar a Argentina, y sus dos hermanas: Zoe, que volvió a Alemania, y Josephine que se quedó en Constanza. Perdieron a sus seres queridos, fueron separados, exiliados, y confiscadas todas sus propiedades. La historia de mi familia está marcada por la tragedia, la persecución política, el exilio, pero también por la resistencia, la lucha por superar las dificultades, y el heroísmo. A pesar de la distancia, las hermanas de mi abuelo, solicitaron asilo político para los familiares (de segundo o tercer grado) supervivientes, intentando reagruparse. Mientras que mi abuelo, en Argentina, montó una flota pesquera, y fue socio de Onassis, al que despreciaba, diciendo que solamente era un traficante de tabaco. No por envidia, en eso, mi abuelo, no era envidioso, lo que creo que era, es un poco snob —una pena—, y su percepción en cuanto a Onassis, lo que reflejaba no eran celos, sino sus diferencias en cuanto a sus valores. Se casó con mi abuela Elena, que era exactamente igual que Madame Adelaide Bonfamille, la dueña de Duquesa, la gatita de Los Aristogatos. Seguramente Disney la vería en el Alvear Palace, la dibujó y la convirtió en Adelaide. Mi abuela Elena era hija de un vasco, que redactó las leyes portuarias, y de una polaca, que era bajita, al contrario que su hija; mi abuela era altísima. Yo creo que por eso en mi familia, algunos son muy altos y otros lo son menos. Mi abuelo Constantino también era muy alto, y mi madre decía, que yo había heredado de él, sus rodillas, que son bastante alemanas. Como mi abuela Elena no hablaba alemán, pero mi abuelo quería volver a Europa, decidieron instalarse en Madrid, y este es el motivo por el que mi madre se casara con un español con un apellido árabe, y que yo exista. 

Mi abuelo Constantino ha sido siempre una figura fundamental en mi vida. Una vez en Europa, se hizo capitán de barco de la marina mercante, se asoció con otra familia griega, y murió en el naufragio de su barco, un petrolero que se llamaba Spyros Lemos, que había comprado con los Lemos y Pateras. La última vez que mi madre vio a su padre fue en el puerto de Hamburgo y yo, las veces que he ido allí, me he imaginado la escena, y también me he despedido de él. Se ahogó frente al cabo de Finisterre. Fue el último en abandonar el barco, como debe de hacer un capitán. Salvó a su tripulación, y murió. Cuando he ido a Galicia, he tirado flores al Cantábrico para él. Sé que le llegan. Noto su presencia cuando estoy cerca del mar y, sé que me guía. Con él se hundió el último eslabón de mi linaje. Aunque hace unos años, vino una prima alemana de mi madre a España, y cuando me conoció, se quedó asombrada al ver cuanto me parecía yo a su tía Zoe. Ayer, yo también vi algo de mi abuelo Constantino en mi hijo Gustavo. 

Soy un cruce de culturas, con una identidad marcada por la tragedia, la nostalgia y el exilio. Es muy posible que mi vena romántica me venga de ahí. Y que el aire de fatalidad este que tengo, sea culpa del viento, que me llega desde la Selva Negra, de Transilvania, de las Tierras Rojas, del Danubio, de la rosaleda del Retiro… envolviendo mi herencia en misterio y belleza, oscura, como un anhelo de un pasado inalcanzable. 

Alex

P.D- El de la derecha en la foto es mi abuelo Constantino, el Capitán Costa, junto a su primer oficial, antes de partir hacia su último viaje.