Todos los Santos

Tuve mi época Halloween, cuando mis hijos eran pequeños y se disfrazaban, y les encantaba salir a la calle a pedir “truco o trato”. La importación americana de la celebración de la víspera de Todos los Santos me gustaba, pero tuvo su momento, no caló. Una vez mayores los niños, se acabó. En cambio, ellos lo siguen celebrando. Cada noche de 31 de octubre organizan una fiesta y me mandan cenar fuera o, directamente, soy yo la que se encierra en mi habitación. A mí, lo de las calabazas y los fantasmas, me da igual. Las costumbres se cocinan en la infancia.

Creo que de pequeña, de las celebraciones fúnebres cristianas —soy católica—, la que más impresión me daba era la del Miércoles de Ceniza. Íbamos a misa y el cura nos dibujaba la cruz en la frente con la ceniza mientras pronunciaba: «polvo eres y en polvo te convertirás». Ni la Semana Santa entera me impactaba tanto como esas palabras. Volvía a casa, con la ceniza en la frente, y me miraba en los espejos tratando de comprender la levedad de mi ser. Tenía la suerte de tener dos espejos, colocados en perpendicular, en mi baño, y sentada sobre la encimera de mi lavabo, mi imagen se reproducía hasta el infinito. Esta relación entre el infinito, el “más-allá”, la otra dimensión, y lo que podía suceder al otro lado del cristal, estimulaba mi imaginación, y al mismo tiempo, mi lado más cartesiano; si alguna vez he sido filosofo, ha sido entonces. 

El día que me hablaron de la teoría de cuerdas fue un alivio, pensé que era la solución para muchas de mis preocupaciones. Ya que, según la teoría, existirían muchas más dimensiones —once—, y múltiples universos —multiversos—, todos funcionando a la vez, y cada uno siguiendo sus propias leyes. Es una teoría del Todo que no se ha probado todavía, pero que explicaría lo de los espíritus, que realmente no lo serían, serían ecos de otra dimensión, y el multiverso, un infinito (como el de mis espejos), donde si algo abandona su existencia en uno, continúa en otro. Para mí, era la teoría perfecta, la que reconciliaba espiritualidad con ciencia. Me entusiasmaba. Ya no.

He estado más muerta que viva —una vez—, me encontré frente a las puertas del cielo. No había túnel, pero sí que había alguien esperándome. Mi hija. Me lo dijeron, porque yo lo pregunté, “¿quién es esa niña que me saluda con tanto entusiasmo?”, “es tu hija”, dijo una mujer, pero yo lo negué, “yo no tengo hijas”, y me negué a ir hacia ella y abrazarla. Me concentré en respirar y respirar, pensé que si no dejaba de respirar no cruzaría el umbral, y puse en práctica mi pranayama, el arte de controlar la energía vital a través de la respiración, porque (para colmo) soy una yoguini. Lo conseguí, a pesar de sentir la fuerza del amor más trascendental, y de perderle el miedo a la muerte, me resistí, no solté la vida y aquí sigo.

Una vez, se lo conté a mi amiga María V-N, y ella me preguntó: “¿Has tenido algún aborto?” A lo que contesté que no, que yo supiera. Y entonces me dijo que era posible que sí, que hubiera podido tener un aborto sin saberlo, y que sí, que esa niña podría ser mi hija. María no cuestionó mi relato, me creyó, y lo más importante, me indicó qué es lo que tenía que hacer: bautizar a esa niña. Y lo hice, me fui a una iglesia, siguiendo las instrucciones de María, le pedí a Jesús que la bautizara, y a la Virgen que la protegiera. Mi hija, que está en el cielo, se llama María, como mi amiga. Rezo por ella cada noche, y por todos los que a lo largo de mi vida se han marchado al más-allá. Y, esto no hay teoría de cuerdas que lo explique.

Hoy, en Halloween, All Hallows’ Eve, durante la noche de Samhain, velo entre el mundo de los vivos y de los muertos, Dios permite que los espíritus nos visiten. Yo no lo celebro ni disfrazada, ni atiborrándome de chuches, pero creo. Y, es muy probable que mañana me compre una cajita de huesos-de-santo, o me zampe unos buñuelos para liberar algún alma del purgatorio; que busque en la cartelera de teatros a ver si se representa el Tenorio en algún lado, o que vaya a misa, al cementerio, no (mis ancestros descansan en el fondo del mar); encienda una velita… porque estas son mis costumbres, aunque el cómo no tiene ninguna importancia. Lo importante es acordamos de mantener vivos a nuestros queridos muertos.

Alex

P.D- La fotografía es de mi marido, Bruce St.Clair. La tomó durante uno de sus rodajes (él es director), recreando el Día de los Muertos mexicano.