No sé a qué escritor le he oído decir que es más difícil escribir de amor que de tragedia. A mí me parece que me pasa lo contrario. Me quedo sin palabras ante el dolor, y tampoco está tan mal, no me avergüenza mi impotencia, porque ante el sufrimiento sobran los discursos, faltan las acciones. Un arrimar el hombro, un achicar el agua, un llevar alimentos, donar… si una imagen vale más que mil palabras, un abrazo vale más que mil ‘lo sientos’.
Tengo una amiga, trabaja en el turno de noche de una fabrica de productos de belleza, y cada vez que me unto con sus cremas, recuerdo su sonrisa y su energía. Me ha ayudado, no una, varias veces, y sin pedirme nada a cambio. Ella abraza. Siempre. Su amistad y su cariño son incondicionales. Es así. Generosa, valiente, y fuerte. Está ahí. Es valenciana. Es una de las miles de voluntarias anónimas. Y, yo tengo la suerte de conocerla. De saber quién es. Sé que su sonrisa es un consuelo; que nada la detiene; que es inteligente, cabal, optimista. Irradia bondad. Imaginarla allí, me acerca a Valencia. Y, hace que la vida tenga sentido, porque las tragedias nunca lo tienen. Ni sentido, ni explicación. La tragedia es incompresible e inesperada. Lo esperado es un drama.
Sin dramas, pero con propósito, mi amiga se enfrentó a la tragedia de manera ejemplar. “Aquí estamos ayudando en lo que podemos. Esto es desolador”, me dijo. Con la fortaleza y la claridad de que eso era lo que había que hacer.
Lo mío no es la política, pero vuelve a ser inevitable que hable de política. La actuación de mi amiga, de los miles de voluntarios, y de los donantes, de todos los que han aportado algo para ayudar… la actuación del pueblo, frente a la ineficiencia de los gobernantes, ha sido increíble, y heroica; una lección de honor y de dignidad.
Esta tragedia, que no es la primera, me parece que es primaria evidenciando el enorme contraste entre la realidad política y la realidad del pueblo.
A Valencia, el gobierno de Sánchez la abandonó, de manera infame, miserable, como dijo Pérez Reverte (no estoy de acuerdo con todo lo que dice, pero en esto sí): “ha sido una incompetencia criminal”. Y, después, ante la indignación, el gobierno ha tachado al pueblo de ultraderechistas, tirando del manual del político amoral, llamando facha al objetor. Es infame. Es miserable.
Inventar un enemigo (etiquetando como extrema derecha, fachas, a cualquiera que los critique) es una estrategia política infame, miserable, que hasta ahora les ha resultado eficaz: crea un sentido de urgencia y moviliza a la ciudadanía, atrayendo el voto hacia quien promete “proteger” del enemigo, aunque no sea real. Al identificar a un supuesto enemigo, los políticos simplifican la realidad y apelan a nuestras emociones más viscerales. Generar una narrativa, en la que posicionarse como defensor, funciona. Así, logran presentarse como la única opción capaz de hacer frente a la presunta amenaza. Captan la atención y dividen al electorado, ya que muchos ciudadanos se sienten obligados a elegir “un bando” ante el peligro fabricado.
Pero, la tragedia ha evidenciado la realidad. La DANA ha sido el monstruo real, y el gobierno ni ha protegido, ni ha actuado.
El pueblo ha salvado al pueblo. Esta ha sido la frase que mejor ha definido la verdad. Los españoles hemos reaccionado, como siempre hacemos, unidos. Somos un pueblo solidario y unido, bajo una misma identidad. La española. Somos valencianos y españoles, madrileños y españoles, andaluces y españoles, catalanes y españoles, vascos y españoles, gallegos, extremeños, asturianos, murcianos y españoles… así todos. Y, bien mezclados. Esta es la realidad. Somos una sociedad diferente. Formada por personas diferentes que abrazamos y valoramos nuestras diferencias, y que amamos todo lo que nos une. No hay una tercera España, hay España. La confrontación no está en la calle. Su mentira es flagrante.
El teatro de la confrontación, constante e inútil, está en el congreso. Es una estrategia de polarización, que comenzó con Zapatero y que ha continuado con Sánchez; una distracción efectiva. Una estrategia de antagonismo intencionada y amoral.
Sí, inventar un enemigo para obtener rédito político no solo es amoral, también es inmoral, infame y miserable. Es una estrategia basada en manipular los miedos, para dividir a la sociedad, simplificar los problemas y desviar la atención.
Cuando los políticos se aprovechan de nuestras emociones, fomentando una visión del mundo llena de falso antagonismo y falso conflicto, están poniendo en marcha una táctica que desvirtúa su función. No solo porque su intento de fragmentar a la sociedad es inmoral, amoral, infame y miserable, sino porque además les permite alejarse de sus obligaciones. Los políticos están obligados a servir al pueblo, a encontrar soluciones —reales— para mejorar la vida de los ciudadanos. Para eso les pagamos. En lugar de construir diálogo y progreso, seguridad y protección, lo que hacen es intentar distraernos, para que no veamos su incompetencia (criminal), su ineficacia (criminal), su corrupción (criminal).
La tragedia es inesperada, incomprensible, pero este gobierno es un drama. Un drama persistente.
P.D – He intentado averiguar de quien es la viñeta, pero no lo he conseguido. Que me perdone el autor por publicarla sin nombrarle.
