Me encantan las primeras veces. Saborear un nuevo bocado, descubrir un paisaje inesperado, conocer personas diferentes. Lo desconocido, siempre, me atrae. Tárraco, a la que le pongo tilde por ser esdrújula —así me lo han indicado—, es Tarragona, mi nuevo hallazgo.
Fui convocada a Tarragona. A casa de unos amigos a los que no se les puede rechazar una invitación. Un almuerzo, un paseo, un momento… estar con ellos siempre es enriquecedor. Su hospitalidad, generosidad, curiosidad, y genuino interés por… todo, hace que estar con ellos no solo sea un placer, sino un regalo. Incluso un privilegio.
Yo no madrugo. Mi ciclo vital es más nocturno. La noche me despierta y es de noche cuando soy más creativa. Así que cogí el tren de las once y media, que no es tempranero, pero que te permite llegar, justo a tiempo: a la hora de comer. Iba relajada, porque me acompañaba mi co-invitada en la que delegué las indicaciones del itinerario. “¿Hemos llegado?”, pregunté en Zaragoza… “No. Nosotras vamos a Tarragona”, me aclaró. Se me habían cruzado las sílabas. Za-ra-go-za – Tar-ra-go-na. El ritmo… el eco de la a, y de la g con la o… y de Roma. Si no es gracias a ella, me hubiese quedado en ese otro andén. Marta es una de las mujeres más fuertes, elegantes, simpáticas e inteligentes que conozco. Con ella, un viaje dura lo mismo que un teletransporte; te das cuenta del tiempo solamente cuando has empezado a tener hambre.
“Marta, he visto la previsión del tiempo y me parece que no nos vamos a poder bañar, por eso no me he traído el bañador”, le dije. “Yo, sí”, contestó ella; Marta es piscis. Como también lo es Chon, nuestra anfitriona. Comparten el mismo amor por sumergirse en el agua —y en las profundidades del alma— y también esa misma determinación. Son de esas personas, capaces de hacer todo lo que se proponen bien, y que además no se dejan intimidar por nada, ni por nadie. Ignacio, nuestro otro anfitrión, es acuario, y aunque parecería que también es un signo de agua, no lo es; él es de aire, como yo. Viento y mar. Entre nosotros no podría existir la calma chicha.
El camino de entrada a la casa está rodeado de pinos mediterráneos, tan enormes como los romanos, y de un jardín, impecablemente asilvestrado, que ofrece una bienvenida serena y amable. Al bajar del coche, el ruido de las pisadas sobre la gravilla me recordó a mi infancia y de inmediato me sentí feliz. Dentro, el pasillo que sirve como galería de arte, me dirigió hacia la obra central: un enorme ventanal que enmarca las vistas a un paisaje sensacional. El horizonte en el mar, la costa a nuestros pies.
Nos estaban esperando. Chon había ordenado que se sirviera el aperitivo mientras llegábamos, y por eso, nadie sentía prisa. ¡Qué agradable compañía! Éramos doce. Pasamos al comedor y nos sentamos en la mesa —larga, de caoba inglesa, espectacular— según nos asignó Chon el lugar. La variedad de opiniones, la confianza recién estrenada, la sal y el azúcar, todo estaba delicioso. Marta y yo, las únicas forasteras, recibimos las noticias: efectivamente, el plan de playa se cancelaba, pero la alternativa no decepcionó.
Dentro de la Bóveda del Pallol, vestigio de la antigua Tárraco, descubrí la historia de la ciudad. Lo confieso, la ignoraba, pero gracias al Mapping —una proyección que crea una experiencia completamente inmersiva— hoy, soy un poco menos cateta. Alrededor de una maqueta de la Tarragona romana, y guiados por una joven esclava, viajamos al pasado y comprendí mejor el trazado de la ciudad, que durante siglos se ha ido reinventando y reciclando.
“Estoy entrando en el paraíso”, dijo Marta, asombrada y divertida, cuando visitamos el Claustro de la Catedral. No solo por su belleza, sino, también, porque el diseño del jardín representa al del Edén.
Yo, en cambio, solo pude exclamar: “¡Increíble!” —me quedé sin palabras— en el puerto. Lugar donde descansan los yates más in-cre-i-bles y lujosos del mundo. ¡Están todos ahí! Y nadie lo sabe.
Andando llegaba Chon, cuando era niña, a merendar bajo la sombra del coloso. El Puente del Diablo, llamado así porque la leyenda cuenta, que una joven doncella sacrificó su alma allí, a cambio de que el diablo hiciera llegar el agua a la ciudad, es en realidad el acueducto romano. Construido en el siglo I por el emperador Augusto, perfectamente conservado, no tiene edad. Testigo de tantas épocas. Te transporta, tanto a la infancia de mi anfitriona, como a la Tárraco imperial. Y, no solo por sí mismo, sino sobre todo, por estar rodeado de naturaleza y aislado de cualquier otra construcción.
Tarragona es así; sabia, imponente, discreta, generosa. Como mis anfitriones, y como los que nos la han enseñado y a los que les prometimos volver.
Podría seguir hablándoos… de cuando Pajarito, el gorrión domesticado que comparte hogar con Vico, el schauzer sal y pimienta, se posó encima de mi cabeza. O de las gallinas, que parecen pavos, y ponen unos huevos que de desayuno son una delicia. De la huerta del jardín, el suflé de Jefferson, la lubina al pan… os moriréis de envidia —por eso— no lo haré.
Alex
P.D- ¡Gracias! A Chon e Ignacio por invitarme, y a todos los que me habéis regalado un trocito de vuestro tiempo para que yo conozca Tarragona. Y, ¡gracias Marta! por ser una co-invitada perfecta.
