La bruma del halago

Me abruman los halagos. Hacen que me sienta pequeña, enana, minúscula. Sobre todo si van acompañados de una comparación. “Me recuerdas a Gabriel García Márquez… a uno de los heterónimos de Pessoa… a Woody Allen…” —este último, “Woody Allen”, no sé si es un halago o un diagnóstico. Da igual, me abruma igual. 

Mi madre decía que los halagos se tienen que agradecer, y que por lo tanto, a cualquiera de ellos, yo solo debía de contestar: gracias. Y, lo hago. Lo cumplo a rajatabla. Los agradezco y mi agradecimiento es sincero, pero no los digiero. Me asustan, me obligan, me aterrorizan. Automáticamente me llevan a Dickens y a su “Great expectations” y a Pip. ¡Qué gran nombre!, es como Oso, o como Radar… y como Amor, que es como Roma, o Zorra, que es como Arroz, aunque estos son anagramas y lo otro son no sé qué… ya veis, el halago a lo que me lleva es a huir de él, y a perderme en un hilo de palabras, nunca en una cuenta de números, porque creo que a partir del ocho, no sé contar. Me doy a la fuga, pero en vez de libertad encuentro bruma. Una bruma que me marea, y que me produce mucho vértigo. A Pip no le pasaba eso. Pip se perdía dentro de la casa de la Señorita Havisham, pero encontraba su camino en Estella. Pip, el aprendiz de herrero aspirante a caballero, enamorado de la bella Estella. Una pareja que me recuerda a Hefesto y a Afrodita, a poeta y a musa. Mis pensamientos divagan, siempre divagan, para acabar por escupirme en una orilla. El efecto de un cumplido me zarandea, me lleva a la búsqueda de una musa, que finalmente acaba en una playa. Bajo mi sombrilla de rayas, donde me gusta tanto saborear un helado como pringar las páginas de una novela. Este efecto no me sucede con un piropo.

El piropo es diferente al halago. Para mi un piropo es algo eventual, mientras que el halago es permanente —fijaos, que esta cuestión, la del ser y el estar, es algo sobre lo que a menudo delibero—, por eso lo acepto mejor. Me considero un proyecto, una aspirante, un proceso, lo que se alinea con la fugacidad del piropo, mientras que el halago va asociado a mis ídolos, que son solidos, inmortales, absolutos, dignos de elogio y de admiración.

No me gusta que me admiren, a mi lo que me gusta es que me quieran. La admiración es un detector de defectos, pero el amor es ciego. Dicen que al hombre, el masculino, lo que le gusta es que lo admiren, en cambio yo, en eso, soy muy femenina. Prefiero ser querida a ser admirada, ni siquiera reconocida. Quizás por eso, el piropo me divierte, pero el halago me bloquea. 

Esto del piropo, lo digo, porque en el fondo, no quiero dejar de recibir halagos, ya sean comparativos —haciendo de la frase: las comparaciones son odiosas, una verdad— o incluso a modo de diagnóstico —convirtiendo un halago en una crítica—; la atención me gusta igual. Es una paradoja, la mía, entre el miedo a no estar a la altura y el placer de ser vista; el querer gustar, pero sin sentir el peso —aplastante— de la expectativa. 

Ahora ya sabéis —si lo veis— de donde viene mi parálisis, cuando no sé qué contestar, me quedo en blanco, balbuceo, hasta tartamudeo, eso cuando no se me traba la lengua o me sonrojo, o me río. Es la bruma de tu halago. Es tu poder. ¡Gracias! 

Alex

P.D- La de la foto soy yo. Creo que ahí tenía dos años. Es mi yo pequeñita.