Una vez, en un restaurante, coincidí con una chica que, al ser presentadas, me dijo: “Sí. Yo te conozco. Vas a Karen Taft. Me he fijado en ti”. Karen Taft era la escuela de danza más antigua de España, y estaba en la calle Libertad de Madrid. La fundó una famosa bailarina danesa, y le puso su nombre. Allí, se formaban muchísimas bailarinas y actrices del momento. Yo iba casi todas las tardes, aunque nunca he sido actriz, ni he bailado profesionalmente. Daba jazz, clásico y contemporáneo. Me encanta bailar. Cuando salía, ya era de noche, y volvía caminando sola a casa. Cogía el camino largo, dando un rodeo para ir por calles más anchas y más concurridas; entonces, una chica sola, no debía callejear por Madrid pasado el atardecer, y mucho menos por esa zona: Chueca y alrededores. Casi siempre, estaba un drogodependiente en la puerta, que se ofrecía a acompañarme desde el portal hasta el cruce con Gran Vía, ya que él mismo me advertía del peligro que era andar sola por ahí. Y, yo le dejaba que me custodiara hasta la esquina. Jamás me molestó. No es muy prudente. No os aconsejo a ninguna que dejéis a un drogata hacer de guardaespaldas, pero a veces, la cotidianidad hace que se den extrañas parejas como la nuestra: la de la bailarina y el indigente. Entonces, yo ya tenía una clara vocación literaria. El recorrido no sumaba más de cien metros, pero daba para mantener una pequeña conversación, siempre para arreglar el mundo infructuosamente. Un día se lo conté a un amigo, que me dijo que estaba cometiendo una temeridad, y que decidió ser él, quien me esperaría cada tarde a la salida de las clases para espantar a mi vagabundo. Los hombres tienen ese sexto sentido, aunque a veces pienso que no es intuición, que es una proyección. Y, son competitivos; acabé bajo la protección del más fuerte. Lo agradecí, aunque el indigente nunca me habría hecho daño. Y, le dolió la desconfianza, y ser reemplazado. Lo vi en su mirada. Pero, fue inevitable.
Sigo yendo y volviendo a pie a mis clases de baile. Hoy en día, sin temor, ni acompañantes; Madrid es mucho más seguro ahora, por lo menos en la calle. En la intimidad es donde se cometen los horrores. Practico en un gimnasio, y comparto entrenos y danza con Beatriz. Y, yo también, como mi antigua compañera en mí, me fijé en ella. Las bailarinas nos fijamos las unas en las otras. Buscamos un punto de referencia para poder sincronizarnos, o por si perdemos el paso, o simplemente porque admiramos la belleza. Beatriz es bella, ágil, fuerte, disciplinada, perfeccionista, elegante, tiene sentido del ritmo, y además creció oliendo a pan.
Beatriz es hija de panaderos y se nota. Es irresistible. Deliciosa. Rubia como una baguette, y buena. Tan buena como una hogaza recién horneada. No es la única, mis compis de clase son todas buenas, y bellas, también me fijo en ellas, pero es que hoy, el foco le ha tocado a Bea. Me perdonaréis las demás (les digo, porque sé que me leen).
Beatriz es anestesista, y para colmo, pediátrica. Es una doctora del sueño infantil. Si yo fuera J.M Barrie (autor de Peter Pan, que, para mí, es una historia de sueños), Beatriz sería mi musa, y sin ser Barrie, Beatriz ya lo es; es una musa real. Una vez, me contó que, mientras acompañaba al quirófano a sus pequeños pacientes, les bailaba nuestras coreografías “porque eso les quita el miedo”. Le dio al verbo bailar una nueva dimensión, un propósito mejor. Es una heroína. Y, el otro día, me comentó, que tuvo un paciente bebé, un recién nacido, de tan solo días. “Los cálculos para anestesiar un bebé de menos de tres kilos son milimétricos”, me dijo. Pensé en lo milimétricas que son las recetas en una panadería, pero ella, que seguía con su relato sin que yo la interrumpiese, no me habló de pan, sino de agradecimiento. “Yo soy capaz de hacer este trabajo tan preciso, gracias al esfuerzo de mis padres, que me lo han dado todo, y me han permitido estudiar una carrera para poder hacer lo que más me gusta. Lo mío es pura vocación. Desde muy pequeñita, siempre he querido ser médico. Y, mientras anestesiaba a ese bebé tan chiquitito, pensaba en mis padres y en la suerte que he tenido teniéndolos a ellos”. Ella es así. Capaz de cuidar de una vida, agradeciendo a los que le han dado la suya.
Bea destaca. Bailar es un cruce de destinos.
Alex
P.D- La foto es de una clase en Karen Taft. La he encontrado en un antiguo blog del centro de danza.
