Una vez —bueno, una no, varias veces— en mi colegio, los chicos hicieron una lista de las más guapas. Esas cosas estúpidas se hacían antes, ignoro si se seguirán haciendo hoy en día. Solo con las féminas, los chicos, entonces, como los osos: cuanto más feos, más hermosos. También valía: cuanto más peludos, más hermosos… O: más vale feo y bueno, que guapo y perverso…. El caso es que en esa lista, la de las guapas, mi aparición fue motivo de controversia. A algunos les parecía que debía de entrar en ella, pero a un chico, bajito y con lo que hoy se llama ‘vigorexia’, no. A él —curiosamente— mis piernas le parecían demasiado musculosas. A él, que era un fan del culturismo. Recuerdo que cuando me lo dijeron, me sorprendió y no me lo creí, yo soy así de creída. Deduje que en realidad estaba enamorado de mí, y que al ser inalcanzable para él, me tenía que poner alguna pega, y lo pagaron mis piernas. Esta mañana me he puesto unos shorts, he pasado delante de un espejo y me las he visto. Las sigo teniendo tonificadas. He distinguido bien mis femorales y mis aductores, y he pensado: “qué buenas piernas tengo todavía”. Como mi cerebro, que es igual al de cualquier otra mujer, asocia ideas a emociones, emociones a recuerdos, y recuerdos a conclusiones, me he acordado de aquel chico —ha sido breve, lo suficientemente breve como para dedicarle esta introducción— y he concluido escribir este post. No tanto para hablar de mis piernas, sino para hablar de belleza.
Tengo en mi librería Historia de la belleza de Umberto Eco porque en un momento dado me interesó su ensayo. Sobre la belleza hay kilómetros de palabras escritas. Una vez, una mujer cultísima me lo recordó. Me dijo: “lo de ‘sobre gustos no hay nada escrito’ es mentira. Hay cientos, miles, millones, de libros que hablan sobre la belleza”. Obviamente tenía toda la razón, es verdad, como también lo es, que no todos los refranes son de fiar.
La belleza nunca me ha dejado de interesar, la belleza me fascina, soy una ávida buscadora de belleza. Soy una fan. La belleza está en lo obvio y también en lo oculto, por eso la puedo buscar e intentar capturar. Dentro de una palabra, una frase, en eso además de fan, soy ambiciosa. La belleza emociona y siempre me asombra. Me estoy desviando y voy divagando…
Los cánones de belleza, tal y como analiza detalladamente Eco en su libro, nunca han sido ni fijos, ni universales. Lo bello es efímero, sí, y universalmente heterogéneo; se ha entendido de formas muy variadas según el lugar, y el tiempo. Lo que en una época (o sociedad) ha sido hermoso, en otra, grotesco. Sin embargo, fueran como fueran, los cánones siempre han sido estrictos. Si no encajabas dentro de los ideales de turno, no eras bella. En mi época —para las demás ya está Eco— por ejemplo, o te parecías a Cindy Crawford, Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Christy Turlington, Naomi Campbell o Kate Moss, o eras fea. Diréis que el surtido es variado: rubias, castañas, negras (curiosamente no hubo una supermodel asiática)… con alguna se te podría identificar, pero no, el surtido es limitado. He sido consciente de esa insuficiencia en el gimnasio. No hay cara, ni cuerpo igual. Todos son diferentes, y realmente, yo veo belleza en cada uno de ellos. Es curioso porque esto no me sucedía cuando era jovencita. Me costaba ver la multiplicidad de la belleza; el canon me limitaba. Pero, la democratización (de la belleza) me ha salvado de mi estrechez y me ha acercado a la realidad.
La culpa la tuvo Dove. Es la primera campaña que recuerdo que decidió cargarse el canon. Para su campaña “Real Beauty”, Dove decidió usar modelos de diferentes edades, cuerpos, colores de piel… mujeres que no se ajustaban a los estándares de las supermodels. Mujeres imperfectas, normales y corrientes, y maravillosamente bellas. Si el bikini y la minifalda nos liberó, Dove nos democratizó.
Aquella campaña publicitaria marcó un antes y un después. Muchas otras marcas siguieron su ejemplo, y poco a poco, niñas, adolescentes y maduritas, de todo el mundo, que no sabían que eran guapas empezaron a sentirse bellas. Hoy en día, la belleza ha dejado de ser un privilegio, una aspiración a lo sublime, que solo los artistas son capaces de capturar. La belleza está al alcance de cualquiera; se ha escapado de los templos y se ha mezclado con lo cotidiano. Afrodita desde el Olimpo estará feliz. Todas nos hemos convertido en sus fieles devotas.
La belleza contemporánea es un mosaico, un caleidoscopio, libre, singular, imperfecta. Ni siquiera es subjetiva, también ha dejado de serlo. Y, de paso, se ha cargado otro refrán: “La belleza está en el ojo del que mira” (“beauty is in the eye of the beholder”). Porque la belleza, hoy, está en ti, y no en el ojo del voyeur. Tampoco en un like.
Ya no hay listas, y puedo decir sin sentir vergüenza que me gustan mis piernas. ¡Gracias, Dove!
Alex
P.D- Ilustro este post con mis piernas, fotografiadas por mí desde arriba. La foto no les hace justicia…
