Soy de esas personas a las que les gusta despedir el año en casa. Para mí es la noche con el pijama de cuadros, las uvas peladas, el especial nochevieja y las campanadas en la tele. Mis mejores fines de año siempre los he pasado así, o con jet lag en un hotel; los peores, de fiesta en fiesta por ahí.
Uno de mis favoritos terminó en el salón de casa de mis padres, viendo Grease con mi mejor amiga. Bailando y cantando cada una de las canciones. Yo chillando, porque yo, aunque me he empeñado, no canto. Los edredones y las almohadas en el suelo, Travolta en la pantalla, felices. Aquel fue mi mejor visionado, y eso que habré visto la película un millón, o un trillón de veces, pero sí, creo que esa vez fue la mejor. Otro año especial fue el de 1999 porque terminó con el suspense del siglo. Esperábamos que el mundo se quedara en blanco. Nos habían dicho que no se había programado el año cero, y no sabíamos cómo iba a ser el reseteo. Nada. No pasó nada. Después de las uvas, mi ordenador marcó 2.000, sin más. Sin cuelgues, ni ceguera digital. En Sol siguieron tal cual, engancharon con el programa enlatado como si nada y no hubo ni apagón, ni semáforos caóticos, ni alarmas saltando, ni distopía. Fue un alivio, aunque en el fondo, puede que también fuera una decepción. El año del Covid, consensué con mi marido y con mis hijos cambiar la tradición de ‘domingo-pizza-y-champán’ por ‘nochevieja-pizza-y-champán’. Lo de la pizza es un lujo, sobre todo cuando te pasas la semana cuidando la dieta, y separados forzosamente de amigos y familiares, nos pareció que tenía mucho más sentido que la típica comilona navideña solo para cuatro, aunque al final fuimos tres. El cuarto lo compartió por zoom call, coronado, en Londres. Lo pasamos bien. Todavía estamos valorando si repetir la experiencia o recuperar el ‘domingo-pizza-y-champán’.
En cambio, una de mis peores nocheviejas fue una de las primeras en salir de fiesta. Después de suplicar a mis padres que me dejaran ir —yo entonces no era ni mayor de edad— acabé pasándola dando vueltas por la carretera, a las afueras de Madrid, perdida. Yo de coches no entiendo nada, pero creo que era un VWGolf, porque no era muy grande y era gris. Tan gris como la niebla que lo camuflaba, convirtiendo el vehículo en un vector de luz, el único. No había nadie ahí afuera, y volaba bajito nuestro faro antiniebla; podía haberse confundido con una estrella a la fuga, o incluso, en ese espacio sin horizonte, con la de Belén. Conducía un chico que no era ni de Madrid, ni español, y que no se cansaba de buscar y de equivocarse de camino. Tenéis que tener en cuenta que entonces no había ni navegador, ni móviles. Nos guiábamos por las indicaciones y nos fijábamos en las señales. Además de ese hándicap, el extranjero también era un poco despistado; jamás llegamos a la fiesta. Me tuvo hablando toda la noche, dándole palique como Scheherezade —creo que yo también puedo pasarme mil y una noches contando historias para no dormir— hasta que, por fin, amaneció y al extranjero no le quedó más remedio que desistir, dar media vuelta e invitarme a desayunar churros con chocolate en San Ginés. El recuerdo me lleva a otro chico y a otra nochevieja, aunque esta es de las buenas.
Yo iba con una amiga, estábamos en Gstaad, el pueblecito suizo, muy famoso, en el que he pasado todos los inviernos de mi adolescencia, la mitad de los de mi infancia y otros cuantos de mi juventud; nevaba. Íbamos andando —es un pueblo que te recorres entero a pie, en un santiamén— hacia el Greengo, la discoteca donde se celebraba la fiesta. Yo llevaba un vestidito de lentejuelas y unos taconazos negros de ante, y andaba con cuidado para no resbalar. Un todoterreno nos alcanzó y empezó a pisarnos los talones, iluminando el camino. A través de la cortina blanca de luz y de nieve, agitamos los brazos pidiéndole al conductor que nos llevara, pero no frenó. Nos obligó a seguir andando delante de él unos cuantos metros más, hasta que por fin sonó el claxon y se abrieron las puertas. Nos resistimos a subir dignamente —pero poco—, y llegados al local, entre canción y canción, el chico en cuestión, que resultó ser un amigo de mi exnovio, me confesó el motivo por el cual nos estuvo siguiendo sin querer detenerse antes. Quería mirar. Se había enamorado de mi manera de caminar. Creo que nos metimos debajo de un tipi, pero a lo mejor era su blazer, o ¿era una burbuja que se escapó del Taittinger? El caso es que ahí dentro, aislados del resto del mundo, me quiso besar. Me arrepiento de no haberle dejado hacerlo. Me gustaba. Era guapo, alto y tenía labia convenciéndome de que la culpa de su flechazo la tenía mi pas de bourrée; y yo, yo era demasiado leal, incluso sin tener que serlo. Pensé que a mi ex le llegaría la noticia del arrebato en forma también de beso, pero envenenado; rechacé la tentación. Es un drama. Aquella nochevieja hubiese quedado redonda con ese beso nunca dado; más cuando una pretende hacer literatura. Aunque la incertidumbre de los ‘¿y sí…?’ tiene esta cualidad de convertir momentos efímeros en literarios.
Pensándolo mejor, aquella noche equilibra la balanza entre las mejores y las peores nocheviejas; hay empate, y además, cuestiona mi resistencia a las fiestas de fin de año.
La San Silvestre pasada, crucé la Castellana con una amiga, en diagonal, uniéndonos las dos a la carrera durante unos minutos. Fue uno de los momentos más memorables del día. Aunque me parece que un corredor con malas pulgas me insultó. En casa estaban todos con trancazo menos yo. A mí me lo trajeron los Reyes. Lo pasamos en pijama, pero sin pizza, con un consomé y unos langostinos. Nos perdimos la fiesta. Yo iba a estrenar un vestido increíble que se quedó colgado en el armario. Creo que he engordado. Espero que aún me cierre.
Este año no sé qué pasará.
Alex
P.D- ¡Feliz año 2025! La foto me la hizo mi marido. Es en Megève, justo antes de salir a cenar en nochevieja.
