Los Reyes Magos y Peter Pan

El gran observatorio astronómico de Oriente Muy Lejano —lejanísimo, porque está mucho más allá del lejano Oriente— tiene forma de torre, un poco chaparrita para ser una torre, y de su cúpula sobresale un enorme telescopio que desequilibra aún más su peculiar estructura. Está construido sobre un enorme zigurat, gemelo a la torre de Babel, pero sin el problema de comunicación, porque en él, todo el mundo habla español. Y por dentro, no es un templo sino un palacio dividido en tres; uno para cada rey. Todas sus fachadas son de piedra caliza, adornadas con mosaicos en perpetua creación, que cuentan historias heroicas de aquí y de más allá. Rosa, salmón, amarillo pálido y celeste son los únicos colores permitidos por la embajadora de estética, que tiene absolutamente prohibida la vulgaridad. De vez en cuando se cuela en la plantilla de artistas algún rebelde hiperrealista que pinta los besos de carmín. Ella, que en el fondo es una romántica, hace la vista gorda y no los manda quitar. Menos mal, eso les da un aire de realidad. A ras del suelo se adivinan las cuadras, porque las sombras de los camellos se proyectan sobre la arena extendiéndose cientos de kilómetros. Desde la luna, parecen gigantes a cuatro patas, camuflados y rebozados en arena de duna, tomándo el sol. A medida que uno se va acercando, va comprendiendo el tamaño descomunal del edificio. Sus siete plantas multiplican por cien el tamaño de las palmeras que hay en el jardín y la lente del telescopio es tan grande como el ojo de Moby-Dick. De vez en cuando, el viento arroja alguna mota dentro de la enorme pupila de cristal alemán, y entonces, tienen que colocar una escalera de un millón de peldaños para limpiarla. Los pajes se echan a suertes la tarea, ninguno quiere subir, aunque es su deber hacerlo. La estrella de Belén apareció después de dos mil años, por sorpresa. Ahora, hay que permanecer atentos al cosmos; turnarse, vigilar, no perderse un solo movimiento porque bien entrado el cuarto de siglo del tercer milenio, puede que vuelva. Puede que esté al caer. De lejos, es imposible imaginar la proporción de la envergadura, ni distinguir al mago que observa las estrellas por el ocular de ese alucinante aparato. Hace falta colarse dentro del objetivo para entrar. Dejarse caer por él como por un tobogán. Darse de bruces contra el travertino y rodar, como un ovillo, por las alfombras de seda que tapizan el interior para por fin distinguir las lustrosas botas del rey Baltasar.

—Ha llegado la carta de Peter —dice Melchor, con su acento gabacho, mientras entra en la cúpula, conocida como ‘la sala de las constelaciones’, interrumpiéndole la contemplación a su homólogo africano.

Su larga capa de terciopelo rojo con bordados de oro rematada en armiño blanco —imitada hasta por Bonaparte— le sigue y persigue dos pasos por detrás. El anciano rey europeo mago tiene prisa. Tanto su larga túnica como su fiel paje tratan de apresurarse sin perder la compostura, pero el sequito se destartala llegando al centro de la sala.

—¿Baltasar? ¿Has oído lo que te he dicho?

—¡¿No?! —contesta con incredulidad el joven rey negro, despegando el ojo del visor y colocándose el turbante—. Un año más y ¿todavía no ha madurado? 

Peter firma con sus iniciales P.P., y todos saben quién es. Envía su carta puntual, cada año con una nueva excentricidad. 

Melchor suspira y se quita la pesada corona de la cabeza, la posa sobre una mesa de ónix, y con un gesto cansado ordena al paje que la lea. 

—Queridos Reyes Magos…

—¿Qué está pasando aquí?

El rey Gaspar sale de su nube de incienso visiblemente contrariado y detiene la lectura. 

—¡Alto! ¿Cómo se os ocurre leer la carta de Peter Pan sin que yo esté presente?

—Cáspita Gaspar! —dice Melchor— La culpa es mía… Te pido disculpas. Me he precipitado. 

—Disculpas aceptadas, Melchor. Y ahora, continúa, continúa…

—Queridos Reyes Magos… —comienza el paje otra vez— Este año en el país de Nunca Jamás nos hemos quedado sin hadas. Se han extinguido. Ha sido inevitable. Nadie cree en la magia. No puedo volar. Era una tragedia hasta que Garfio me habló de una máquina que dice que es mejor que el polvo de Campanilla. Se llama Ferrari, me ha dicho. Como me he portado muy bien, quiero que me traigáis uno. Un Ferrari. Gracias P.P.

—No tenemos Ferraris. Habrá que reenviarle la carta a la Befana, que es italiana, y tendrá mano con la escudería —dice Baltasar desconcertado.

—Bien pensado, Baltasar. La Befana nos debe mucho… si no le llegamos a pedir, a ella, las señas del portal de Belén, no es nadie —apunta Gaspar. 

—Anda que… Peter Pan se lo podía haber pedido a San Nicolás, ¿no? Seguro que Ferrari le patrocina el trineo; va a juego con su traje de Coca-Cola… —agrega Melchor.

—Y con la nariz de Rudolf… —añade el paje.

Baltasar camina, va y viene, de aquí para allá, dando vueltas bajo la cúpula.   

—Papá Noel no da abasto… —dice, pensando en voz alta— menos mal que los hispanos tienen mucha paciencia, porque el mundo entero quiere recibir sus regalos el veinticinco. Ya casi nadie nos espera… 

­—Nosotros también acabaremos por desaparecer… la globalización… maldita globalización… Papá Noel se ha hecho con el monopolio de la Navidad… —se queja Gaspar, antes de volver al tema y ordenarle al paje: —Avisa al carbonero de que este año prepare el carbón de Garfio, pero sin azúcar. ¿Cómo se le habrá ocurrido decirle a Peter que un Ferrari es mejor que el polvo de hadas?

—Creo que lo mejor será llamar a Wendy —propone Baltasar—, que deje de hacer de mamá para que Peter pueda madurar. 

Melchor y Gaspar se quedan callados, meditando la propuesta. 

—Majestad…. —dice tímidamente el paje— si me permite, Señor, creo que nos queda uno, un Ferrari, en la cámara acorazada. 

—¿Un Ferrari? —preguntan los tres al unísono.

El buen paje saca el móvil y con un golpecito sobre la pantalla táctil inicia la llamada. 

—Buenas… llamo de la sala de las constelaciones… ¿os queda algún Ferrari por ahí? —el paje tapa con la mano el micrófono y traslada la respuesta a sus majestades— dice que sí. 

—Que nos lo suban, que nos lo suban… —pide Baltasar.

Gaspar y Melchor asienten. 

No tarda mucho en aparecer el encargado de logística con el Ferrari 330 P4. Es una auténtica obra maestra: faros cuádruples, dirección y suspensión funcionales, cuentarrevoluciones y velocímetro retroiluminados, carrocería metálica, efectos de luz y sonido de motor con activación contactless, neumáticos de goma, hasta luces de freno. Es una reproducción magnífica a escala 1:8. Veintitrés centímetros de ancho por cincuenta y cuatro de largo y doce coma seis de altura.

Los tres reyes giran alrededor del cochecito para observarlo desde todos los ángulos.

—¿Quién ha pedido semejante virguería? —pregunta Gaspar. 

—Estaba a la última en el 97, pero como al año siguiente ya no lo estaba tanto, nos sobró uno, majestad ­—explica el encargado.

—¿Puede volar? —se inquieta Melchor. 

—No, majestad. Esta máquina llega a alcanzar los diez kilómetros por hora, pero no puede volar. 

—Queridos… —sigue Melchor, que sabe más por viejo que por sabio— sin duda Garfio es un gran pillo y casi, hasta a nosotros, nos consigue obnubilar… pero de esto no trata la Navidad. Este cochazo es un sustituto; nada más. Tenemos que despertar a las hadas para que Peter pueda volver a volar.

—¡Caramba! ¿Cómo no me he dado cuenta? —dice Gaspar.

—Toda la razón, Melchor —también concede Baltasar—. Las hadas no se extinguen, duermen el sueño de los descreídos. Pero si ya nadie cree, ¿qué hacemos?

Melchor extiende su brazo con la palma de su mano bocarriba. Su paje, de inmediato, comprende y le da el móvil.

—Buenas noches, señorita. ¿Estoy hablando con Cuatro, el canal de televisión?… sí, sí… muy bien… póngame con Iker Jiménez, por favor… Ya lo sé que está en directo. Dígale que soy el rey Melchor… ¡Me ha colgado!

—Pues es verdad que ya nadie cree en nada. Ni en los Reyes Magos… —se extraña el paje. 

Melchor vuelve a llamar.

—Hola, señorita. Era broma… sí, sí… me hago cargo… ya sé que a Cuarto Milenio llaman muchos locos… sí, sí… páseme con Iker por favor… ¿que cómo me llamo? Me llamo Melchor… ¿Miralles? Sí, sí… Miralles, Miralles.

El cosmos, ¿qué digo?, el universo entero se ha quedado callado, a la expectativa. Son solo unos instantes. Al otro lado del teléfono contesta el periodista. 

—Iker, lo primero, no soy Miralles, pero no me cuelgues, por favor… Lo que te voy a decir te va a parecer muy raro, pero si hay alguien capaz de escucharnos, ese eres tú… Sí, sí… No, no… No somos del gobierno… Sí, sí… más o menos… —Melchor mira para consultar a los otros— Dice, ¿que si puede grabar la conversación?… —y obtiene su consentimiento— Vale, vale… puedes grabar. Te pongo en manos libres… 

Melchor activa el altavoz.

—Somos los Reyes Magos, y yo soy el rey Melchor…

—Quiero pruebas —dice Iker. 

—A ver, pídele a documentación que saque el archivo de Iker Jiménez y que nos diga qué nos pidió el año pasado —solicita Baltasar al paje—. ¿Puedes esperar unos segundos, Iker?

­—Sí, sí. Me espero. 

El paje desaparece y reaparece con la información apuntada en un Post-it amarillo. Melchor se pone las gafas de leer y lee: 

—Entrevistar a un… ¿marciano…? Y a mí, va y me cuelga la telefonista por loco… —dice por lo bajinis— Iker, el año pasado, pediste entrevistar a un marciano —repite en voz alta.

—¡Pero, Iker! Hola… Por cierto, soy Baltasar. Eso no nos lo puedes pedir a nosotros…

—Hola… ¿hola?… ¿Iker? Yo soy Gaspar… —mirando a los otros— Se ha quedado mudo. 

—No. No estoy mudo, majestades… pero es que esto no me lo esperaba… siento la desconfianza… 

—No te preocupes, hombre. Es natural que te sorprenda… —dice Gaspar.

­—Mira, te hemos llamado porque necesitamos tu ayuda ­—sigue Melchor.

—¿Y qué puedo hacer yo por ustedes?

—A ver si puedo hacerte la historia corta. Peter Pan nos ha pedido un Ferrari porque ya no puede volar. Se ha quedado sin polvo de hada porque se cree que las hadas se han extinguido en Nunca Jamás. Pero no están extinguidas, están dormidas…

—Comprendo… ­—dice Iker Jiménez que es muy listo— Tenemos que hacer un llamamiento para que se despierten. 

—Para que la gente vuelva a creer en ellas, Iker —puntualiza Baltasar.

—Me van a dar pa’l pelo, majestades… todo sea por una buena causa y por ayudar al bueno de Peter…

—Gracias, Iker… tienes que pedirle a todos los adultos, a los que no han madurado del todo, claro, los otros no te harán ni caso, que antes de acostarse la noche de Reyes, que brinden por las hadas, en especial, por Campanilla, y que digan: ¡Por las hadas!, para que despierten del sueño de los descreídos y que no se extingan nunca jamás. ¿Lo has oído bien? 

—Sí, majestad. Alto y claro.

—Ah, Iker… —dice Gaspar— recuérdales, por favor, que nos pongan un poco más de turrón, que últimamente se están estirando muy poco…

—De acuerdo, majestad. Se lo recordaré a la audiencia. 

El cinco de enero llegará y antes de que marquen las doce, en todas las casas, se escuchará: por las hadas, por las hadas… “Por las hadas” cruzará el gran mar, Campanilla se despertará y Peter Pan volverá a volar. 

—Los humanos son así… —le dirá Melchor a Baltasar y a Gaspar— Se creen que los magos somos nosotros, cuando la magia está en ellos. 

FIN

¡Felices Reyes!

Alex

P.D- Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. La ilustración es generada con IA.

P.D 2- “Todo lo que necesitas para lograr tus sueños es confianza, fe y un poco de polvo de hadas.” Peter Pan