De lo cortés y lo valiente

Si hay algo que se olvida con facilidad, eso son los modales. Hace poco me invitó a cenar un caballero muy educado. Nada más acercarnos a la mesa, cuando le pregunté que cómo nos sentábamos, me contestó que como yo quisiera. Le dije que él se pusiera en el sitio desde donde poder dominar la sala, pero entonces me cedió el puesto a mí, acompañándome a mi silla. Hice el más absoluto ridículo. Pensé que no me había entendido y que el sitio, finalmente, se lo cogía él. Pero lo que mi querido amigo quería, era ayudarme con la silla. Mi risa arregló la metedura de pata. La apartó, me coloqué, y empujó la silla para que me sentara. Se lo agradecí. Una vez que él también se había sentado, me justifiqué.

—Perdón… es que una ya no está acostumbrada a la buena educación.

Sonrió halagado y nada sorprendido, sabiéndose una especie en extinción. 

—Lo peor es que ya no se puede esperar que alguien sea educado —proseguí— porque de pronto, si esperas que te sujeten la puerta, y no lo hacen…

—Te la comes… —dijimos a la vez.

Además de cortés, empático.

La cena, deliciosa —entre otros platos, nos dieron una tostadita de brioche con anchoa, salmón, un bonito en escabeche… una exquisitez, que no he encontrado en el menú de su web para copiar la receta; debe de ser un secreto bien guardado—, fue divertida, agradable e interesante. Además de educado, mi amigo es un hombre culto. Román no habla de gente, habla de ideas. El tiempo se nos pasó volando. Al acabar, me ayudó con el abrigo, me abrió la puerta del coche, me llevó a casa, sacó del maletero su libro —también es empresario y periodista, y escritor—y, del bolsillo interno de su blazer, sacó un bolígrafo elegante, me lo dedicó (el libro), lo firmó y me lo regaló. Sus acciones le definen mejor que mis palabras.

Me acuerdo cuando mi hermano volvió de hacer la mili. Llegó a casa con hambre de doce meses, se sentó a comer, y se zampó un cocido madrileño, con su bola y su todo, como si fuera un galo de la aldea de Asterix y Obelix. En casa, cuando regaño a alguno de mis hijos en la mesa, lo hago diciendo: “parece que acabas de volver de la mili”. Y ellos lo comprenden —aunque ellos no han hecho el servicio militar, pero conocen la anécdota de su tío— y rectifican. 

Este tema, el de las buenas maneras, es recurrente. En un almuerzo con otros amigos, nos trajeron una degustación de caviar, que nos sirvieron en el triangulito del dorso de la mano que se forma entre los tendones de los dedos pulgar e índice, para que directamente nos lo comiéramos de ahí. Lo inusual del chupetón nos llevó a enumerar las formas de comer caviar. Que si a cucharadas —de nácar—, que si en un blini, que si en un consomé gelée… La conversación derivó a lo que se puede, o no, comer con las manos: las patatas fritas; las chuletitas de cordero; las alitas y los muslitos de pollo y de perdiz; los espárragos blancos… los espárragos no es que se puedan, es que es obligado… Y así, elaboramos una segunda listita, que nos aburrió en seguida, por lo que me encomendaron ampliarla en este blog, y yo pensé que el tema no estaba mal y accedí. Espero no aburrir.

—Lo buscaré en Google —dije. Por si me equivoco; la culpa se la echaré al buscador.

Salvo sándwiches, bocadillos, hamburguesas, tacos, pizza… con las manos se puede comer, solamente, usando dos dedos: el índice y el pulgar. Esto no es que lo diga google, lo manda la norma. Lo que no puedas coger con esa pinza, estás obligado a pincharlo con el tenedor. Aunque sea un muslito de pollo. Si tiene el tamaño de un pavo, lo desmenuzas con los cubiertos y te lo llevas a la boca con el tenedor. 

A los ya mencionados antes, se debe añadir: el jamón, embutidos, tapas, canapés…; las aceitunas y los frutos secos, solo si se sirven como aperitivo, dentro de la ensalada, no; y el marisco, pero lo que no se pueda pelar con los dedos, se pela con los cubiertos de marisco. Las conchas –berberechos, almejas, ostras…— las que te puedas comer sin sorber. Si tienes que hacer algún esfuerzo, usa el tenedor. Ya está, la lista es corta. No he encontrado nada más que añadir en Google. Bueno, sí; las alcachofas, pero es que solo se comen con la mano las que tienen todas sus hojas, cocinadas al vapor o hervidas, que vas deshojando y mojando en una vinagreta. 

Me importan los buenos modales, pero no por elitistas. De hecho, me he encontrado tanto con personas educadísimas de recursos limitados como con millonarios espantosamente maleducados. La cosa no va de clases. Una vez, vi a una neoyorquina riquísima, podrida, chuparse los dedos después de comerse unas costillas de cerdo a la barbacoa. (Incluid las costillas a la lista ¡se me habían olvidado!) Creo que disfrutó tanto rechupeteando la salsa dulzona pegada a sus dedos que me pareció sexy y hasta chic. Confieso, que aunque es de pésima educación, la imito de vez en cuando. Supongo que hay excepciones para todo, hasta para el protocolo. 

Finalmente, todo se reduce a una cosa: aparentar ningún esfuerzo. Los ingleses usan un adjetivo para eso: effortless. Sin-esfuerzo. Effortless es igual a: elegante. 

Las buenas maneras son una expresión de elegancia, de estilo, incluso de belleza, pero sobre todo de aprecio. Siento que son un ritual que transforma lo corriente en importante. Son el lenguaje mudo del respeto y de la gratitud. Abrir una puerta, esperar a la anfitriona para empezar a comer, levantarse cuando se levanta una señora, ayudarla con la maleta —sin esfuerzos— recibir un agradecimiento; es un diálogo que se dice con gestos. Es bonito. Tiene significado. El lenguaje de la cortesía —de la caballerosidad— empieza con un por favor y con un gracias, pero tiene más palabras: te valoro, te respeto, te aprecio, estoy aquí…

Me gustan esas palabras. 

Alex

P.D- La foto la he sacado de la web del Restaurante Amparito Roca, casa a la que ya me he aficionado. Creo que este año, voy a ir a por mi tostadita de brioche, día sí y día también.

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