A veces bueno, a veces malo, el humor, como el agua, cambia de estado; todo depende de la temperatura temperamental. Helada, hirviendo, templada… ¿A quién? A nadie se le ocurriría cuestionar la conveniencia ni del vapor ni de la nieve. Sin embargo, desde Confucio hasta Freud, mediante meditaciones o con una sertralina, la cuestión del encontrar el equilibrio emocional es invariable. Tiene sentido. Somos un porcentaje enorme de agua. Casi un setenta y cinco por ciento del cerebro es agua. Es un conductor excelente de electricidad, de sonido, de calor… pero solo en estado líquido. Congelados o evaporados no existimos. No es de extrañar que de ahí nos venga la obsesión por el control de nuestros estados. Yo también lo era, una obsesa. Tenía que serlo, estaba atrapada en una espiral de ira que había robado mi paz.
La ira, que también es un derecho, es peligrosa cuando hierve; te puede vaporizar. Necesitaba recuperar la fluidez. Los motivos ya no importan. La anécdota no interesa. Mis razones son iguales a las tuyas, el detonante es lo común. No es el origen sino el destino lo que nos diferencia. Por eso da igual, y por eso, no me interesa contarte el qué-pasó, si no a lo que me llevó. A volver al Tao.
Mi primer contacto con la filosofía china sucedió, más o menos, cuando yo terminaba el colegio. Tenía diecisiete o dieciocho años. Mi madre tenía dos amigos muy queridos con los que yo pasaba la mitad de mis veranos, o mis veranos enteros, navegando por la costa mediterránea en su barco, el Eolo. Yo me sentaba en la proa del guardián de los vientos, contra la que rompían las olas, esperando escuchar el canto de alguna sirena, mientras Manolo, que era muy guapo y muy Yin —morenazo, andaluz, terrenal— cocinaba. Además de sus patatitas suflé, que servía con una guarnición de albóndigas, preparaba la mejor mousse de chocolate que jamás se haya cocinado. Llenaba la balda de arriba de la nevera de tarritos con su mousse, y yo me los zampaba de postre, de desayuno y de cena. Siempre he sido una golosa. Rodrigo, su compañero, su lado Yang, gobernaba la nave, con la seguridad de encontrar siempre nuestra brisa a favor. Era chileno —elegante, rubio, delicado, intelectual— y fue mi primer maestro de Tao.
El arte culinario de Manolo creo que influía bastante en las enseñanzas de Rodrigo, porque una de las primeras cosas que recuerdo tiene que ver con los alimentos y con las estaciones. Por ejemplo, gracias a él, yo nunca como frutos secos en verano, ni sandía en invierno. Procuro que todo sea de temporada, y además, es importante que su origen sea local.
—Alejandra, el esquimal come oso polar porque allí no hay tomates, su organismo está en ese equilibrio, nosotros en otro.
Sin duda. Nosotros estábamos en el gazpacho, el boquerón, las suflé y la mousse. Pero la lección no estaba en el menú, estaba en entender que al Tao había que acceder desde el relativismo. Sin verdades absolutas, ni universales, ni dogmas.
Rodrigo me explicó cómo tenía que iniciarme en el camino, pero lo que no me dijo es que era un camino sin final. Yo lo asocié a Machado. Al poeta al que había llegado, algunos veranos antes, de la mano de Concha, la mujer de Jaime Campmany, un gran amigo de mis padres, periodista y novelista brillante.
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
Antonio Machado fue un gran taoísta y Concha una gran maestra.
El Tao es un camino, una rueda, y es cíclico. Por eso el Taijitu, el círculo que representa el Yin y el Yang tiene esa forma de gota, antiestática. Con su lado negro, el otro blanco, y los dos puntitos inversos dentro de cada uno, que son un auténtico enigma. El Tao es un baile constante entre opuestos. Tanto en lo micro como en lo macro. Interconectados por el Chi, que es la energía que está en todas las cosas. La fuerza… que diría un Jedi. La materia oscura… que estudia el científico. Por cierto que, recientemente, he aprendido que ‘oscura’ no es por su falta de luz sino por su misterio. A la kundalini… que diría una yoguini.
Yo no había salido de la adolescencia, y flotaba en medio de estos conceptos, sin todavía haber navegado dentro de una tormenta —el Eolo siempre las esquivó— cuando Rodrigo enfermó. Fue uno de los primeros en contagiarse del VIH y nos dejó, rodeado de amor y completamente protegido de prejuicios. Si Rodrigo fue un maestro de Tao, mi madre lo fue de compasión. La bondad y la humanidad eran sus materias. En aquella época, la enfermedad del Sida era una peste, y mi madre fue amiga de Rodrigo y ejerció como tal hasta el final.
Rodrigo se marchó demasiado joven, demasiado pronto, en primero de Tao. Y yo me quedé en los principios: cada lugar tiene su equilibrio, cada organismo tiene su contexto, cada camino su destino. Hasta que llegó el temporal.
Al caos no se llega preparado, ni aún sabiéndose la teoría. Se desatan las pasiones, pierdes el dominio de la racionalidad y cuanto más te esfuerzas por cazar tus escotas, más te escoras. Mi Chi estaba en ebullición, evaporándose.
—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó mi nuevo maestro cuando me abrió la puerta.
—He visto que el Chi, es el Kundalini para los hindús, y he practicado Tai Chi, pero creo que ahora necesito algo más para recuperar mi paz.
—¡Wahe Gurú! ¡Bienvenida! El Kundalini Yoga es el yoga de la conciencia.
Aquel primer día se convirtió en años de práctica. Mientras que el Tao me orientó hacia la búsqueda de la armonía con la naturaleza, el yoga me enseñó que la energía interior, la kundalini, fluye a través de los siete chakras —los siete centros de energía del cuerpo— asociados a las experiencias humanas (supervivencia, creatividad, amor, comunicación…) Y que la ira no era una emoción, era una reacción.
‘No reacciones, actúa’ dijo Vik antes del Asana.
Busqué desesperadamente un estado de calma, sin sobresaltos, sin reacción, durante mucho tiempo. Como si eso fuese la solución definitiva para recuperar mi paz, sin entender todavía que me faltaba la acción.
—Piensa en un velero —dijo un día otro gurú.
El camino está lleno de gurús, solo tienes que prestar un poco de atención y saber escucharlos.
—En equilibrio, sin viento, el barco no se mueve… para navegar hace falta que escore.
Por fin, lo entendí. El equilibrio absoluto, esa inmovilidad total que tanto anhelaba, no era el ideal sino la congelación. El Chi, la Kundalini, el Pneuma ho Theos, todo es energía y es movimiento. Es líquido. La tierra, la vida, nosotros, todos necesitamos nuestro desequilibrio para fluir. Tenía que buscar mis vientos que como en la navegación, me harían escorar sí, y avanzar. Dejé de luchar por encontrar la calma, dejé de resistirme a la emoción y me olvidé de mi ira. Cambié el foco. Volví al Eolo, que soy yo, a la unión con mi Mediterráneo, a cabalgar las olas, y a navegar. Como me enseñó Rodrigo. Aprovechando los vientos, que no vienen del sur, ni del norte, sino que son mis propias pasiones, que me desequilibran y me empujan.
‘No reacciones, actúa’ es uno de mis mantras favoritos.
Alex
P.D- Un gurú llamado Bruce Lee, dijo algo parecido usando solo dos palabras: ‘Be water…’ Admirado Bruce.
La foto está generada con IA
Si te gusta mi post, dale un Like y compártelo. Te lo agradezco muchísimo porque con eso me ayudas a que más gente vea mi contenido.
