La rutina es todo eso que pasa entre la primera y la última vez. Muchas veces trato de memorizar momentos cotidianos, sencillos, en los que todo tiene una sensación de perfección. Necesito anclarlos a algo. A la hora del día, a la temperatura del ambiente, a la luz, al olor, o a algo que esté fuera de su lugar… a cosas concretas. Sé que si no me fijo en el detalle, los olvidaré. No es necesario ese esfuerzo cuando son primeros o últimos momentos. Su cualidad temporal es suficiente para fijarlos en la memoria. Todo queda impreso minuciosamente sin necesidad de hacer ningún esfuerzo. Incluso si no son tan perfectos.
La primera vez que vi una lluvia de estrellas, creo que la soñé. Iba medio dormida tumbada en el asiento de atrás del coche de mi padre. Abrí los ojos y las vi caer a través de la ventana. “¿Qué es eso?”, exclamé. Mi madre, que iba de copiloto, me tranquilizó. Dijo que era una lluvia de estrellas. A mí me parecía un bombardeo de meteoritos. Cerré los ojos asustada, pero pronto sentí la calma y los volví a abrir. Esta vez para disfrutar del espectáculo. Me pareció largo. Claro que cuando eres una niña los minutos parecen horas. El tiempo se hace fugaz, como los meteoritos cuando se desintegran contra nuestra atmósfera, pasados los cuarenta. No he vuelto a ver unas perseidas, ni tan grandes ni tan veloces, nunca. Aquella fue una primera y una última vez.
En mi último sueño —hace tres semanas más o menos— aparecía una ballena albina; era una beluga. Me miraba. Hicimos, como dicen los ingleses, eye contact, contacto ocular. Conectamos. Me sorprendió. Sobre todo porque no tenía ni idea de qué me quería decir esa beluga, ni qué significaba su mirada que me hablaba en un idioma desconocido para mí. He buscado la interpretación en el diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant —que compré para comprender la poesía de Mallarmé— y dice algo así: la ballena se asocia con el inconsciente, las profundidades del ser, la transformación espiritual y los misterios profundos de la existencia. He deducido que tengo que escuchar mi voz interior y seguir mi intuición. La primera vez que vi una beluga fue en el Oceanografic de Valencia. Me impresionó su belleza real, encerrada en aquella pecera de cristal. Mi primer viaje al Polo Norte todavía no ha llegado. Allí puedes ver belugas en libertad.
El último regalo que di fueron unos guantes. Por algún motivo extraño me gusta regalar guantes. Quizás no sea tan extraño porque la primera vez que entré en la tienda de guantes olía a cuero sin estrenar, como a coche nuevo sin usar. La primera vez que conduje, recién estrenado el carnet, me pitaron durante todo el camino de mi casa a la universidad. Crucé la rotonda de Moncloa por arriba, por la zona peatonal. Los peatones se mondaban de la risa al ver mi coche pasar. Tuve la suerte de que no hubiera ningún guardia por ahí. Me hubiese retirado el carnet de un día, que no sé cómo lo pude aprobar. No temáis (solo un poco), he aprendido a conducir (un poco mejor).
La última vez que bailé más que pasada la media noche fue la última del año pasado; espero que la primera de este cuarto de siglo suceda pronto porque todavía no ha llegado.
La primera vez que monté a caballo me caí, y la última también. No fue la misma, pero la última fue la vencida. No fue culpa del caballo, sino de mi equilibrio. En el fondo siempre busco la escora. La última vez que esquié, también me pegué una buena torta. Posiblemente me dejó las mismas agujetas que me dejó la primera. Parece que este tipo de deportes termina igual que empieza; con un buen porrazo.
¿La primera vez que probé el chocolate? No me acuerdo. Sí que recuerdo el primer empacho de lenguas de gato; me dolió la tripa una noche entera hasta el amanecer. También recuerdo la vez que el cacao me dio alergia. Me salió un sarpullido escarlata por toda la piel. Picaba muchísimo y me tuvieron que poner una inyección con un antihistamínico. Después, tuve que hacer dos años de abstinencia, hasta que mi cuerpo se olvidó de reaccionar y lo pude volver a tomar. Si algún día me vuelve a pasar y no puedo comer chocolate, será una tragedia. Sin duda, la última, no se me olvidará.
La última película que me ha impactado ha sido Parthenope. La primera que me marcó, creo que fue Tiburón. Todavía tarareo los compases amenazadores de la música cuando quiero bucear deprisa dentro de la piscina, en el mar no me atrevería. Recuerdo las colas para comprar las entradas de Tiburón, daban la vuelta a la manzana. Dudo de que algunos de los de la cola fueran ‘propios’ de la distribuidora. Esas cosas se hacían entonces; poner gente a hacer la cola para incentivar las ventas. Todo el mundo quería ver Tiburón. Entonces las entradas solo se compraban en la taquilla. También podías llamar al cine y reservarlas por teléfono, pero no era lo habitual. La ponían en mi cine favorito, el Lope de Vega. Me encantaba, me parecía monumental, con sus butacas de terciopelo rojo, los acomodadores uniformados y el bar durante el intermedio. Mi madre pedía las entradas y, con la mano derecha, soltaba el importe, mientras que con la izquierda daba la propina. Así se aseguraba que la taquillera nos diera los mejores sitios. Las entradas eran de papel gordito, o de cartulina fina, no sé. Te las tenían que romper al entrar, era la manera que tenían los distribuidores de asegurarse que la entrada se había vendido y recaudar lo justo. Como veis, todos estos detalles, tan elaborados, son agregados a segundas, terceras, miles de otras veces, que quise atrapar el ir al cine en mis recuerdos.
En cambio, el recuerdo de mi primer día en mi segundo colegio, del primero no me acuerdo, que empezó bien entrado el curso, es más breve. Tuve que esperar en el hall porque las clases aquella mañana helada ya habían comenzado. Mi madre me dijo que me sentara en un banco que estaba pegado a la escalera de mármol y me dejó ahí, sola y expectante. El espacio era gigante. El suelo era de mármol. Se me congeló el pensamiento. El último día, en mi último colegio —otro—, lloré. La última vez que lloré, pero de risa, fue ayer.
La primera vez que le vi. De esa no te hablo porque es igual que la primera que le viste tú. La última ha sido hace un rato aunque no será la última.
Alex
P.D- La foto es del hoy Teatro Lope de Vega. La reforma ha respetado su interior. Ahí es donde se representa el musical El Rey León.
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