Las sienes color plata de mi marido, que aparecieron incluso antes de que hubiera empezado a envejecer, le dieron un aire interesante a su rebeldía. Desde el primer momento me parecieron un símbolo de elegancia. Se han mantenido dentro de esos límites en su cabeza, de la oreja al temporal, y aunque la frente se le ha ido despejando —todavía no del todo— los signos de madurez le han sentado muy bien. Yo no he tenido esa suerte, pero tengo la suerte de ir (en mi opinión) a la mejor peluquería de Madrid donde me atiende la mejor peluquera del barrio. Lorena me tiene que esconder las canas cada dos semanas —me crece el pelo muchísimo— y me tiñe la raíz con cariño. Es un alivio. Entro en el salón desmoralizada y siempre salgo feliz.
Mi primera cana fue una sorpresa. Fue única. Y nació en un disgusto. La descubrí una mañana. Acababa de cumplir treinta años. Por la noche, un pelo, justo en el borde, en medio de la frente, decidió despigmentarse. Me dio los buenos días desde el otro lado del espejo y me miró desafiante. Cogí unas pinzas pero antes de arrancármela me acordé de María Antonieta, la reina francesa, que despertó el día de su ejecución en la guillotina con toda la cabeza blanca, y medí la categoría de mi conflicto; solo valía una cana. Me divirtió. Mi disgusto solamente era una cana solitaria, ni siquiera era un rasguño. Así que decidí dejármela y la bauticé. Le puse el nombre de la persona que me la había regalado. Le correspondí a mi enemigo con ese honor.
Tardé bastante en homenajear a otros tres enemigos más. Pero el último, en vez de un pelo, se cobró unos siete, y como no iba a enumerar el nombre, a no ser que le pusiera el apellido, estilo: Garcia I, Garcia II, García III y así hasta García VII (invento el apellido para desincentivar al curioso) abandoné la tradición de bautizarlas y decidí empezar a maquillármelas.
Hoy vuelvo de la peluquería, otra vez con mis canas camufladas, y me pregunto si dejármelas. Esta vez serían anónimas porque soy de olvido fácil cuando se trata de indeseables. Echaría de menos a Lorena, aunque iría a cortarme las puntas de vez en cuando. Liberaría mi agenda de ese tiempo al que me obliga la tintura, aunque lo aprovecho para leer. Ahorraría. Casi todo son ventajas. Sin embargo, en vez de sienes plateadas, como las de mi marido, yo lo que tendré es una especie de cresta blanca, nada lucida. No. No penséis que cuando digo cresta, imagino un mechón como el de Cruella De Vil. Ojalá. Ni tampoco una coreografía equilibrada como la que luce la reina Letizia, que parece que las lleva pintadas. Lo mío sería una ensalada muy mal salpimentada.
Envejecer con dignidad… unos pueden, ¿yo?, yo creo que no. No me siento rara, la enorme industria enfocada en conservar la lozanía, lo demuestra. Peluquerías, dermatólogos, cirujanos, endocrinos, ginecólogos, fármacos… es un ejército puesto a las órdenes del miedo a la vejez. En frente: la resistencia. Siempre hay alguien que resiste frente a las masas. Una de esas personas, una rebelde, es Pamela Anderson… ella puede. Pamela, con la que he descubierto recientemente que comparto la misma fascinación por Carl Jung, y que además es la culpable de que yo tenga un bañador rojo en el cajón, es un icono de belleza. No soy rubia, pero ¿quién no ha querido ser rubia alguna vez gracias a ella? Con o sin maquillaje es fabulosa.
“Voy a desafiar la belleza”, dijo la estrella, y también, que se siente más libre. La comprendo. En verano, a veces, casi todos los días, yo también me libero. Me gusta zambullirme en el mar, mojarme la cabeza, bucear, y para poder hacerlo, tengo que llevar la cara lavada. Los primeros días son un poco corte. Me miro en el espejo y solo veo mis ojeras, las manchas en mi piel, las pestañas ausentes. Tardo en reconciliarme con mi naturaleza. El sol me aclara las mechas y disimula a las albinas. Me permite alargar los tiempos entre tinte y tinte. Aprovecho para desnudar mis uñas del esmalte, que respiren, que se regeneren con el yodo y con las sales del agua mediterránea. ¿Libre? Sí, yo diría que durante los meses estivales soy un poco libre y otro poco hippie. Pero poco. Me cuesta revelar del todo mi cara cuando me cruzo con alguien. Es difícil que me quite las gafas de sol o que descubra mi cabeza de su sombrero de paja. Cuando lo hago, es verdad que como Anderson siento el desafío, y que como ella, pienso: «esta soy yo». Aunque lo primero que hago, en cuanto vuelvo a Madrid, es pedir cita con Lorena.
Dentro de dos semanas, con suerte tres, me vuelvo a teñir.
Alex
P.D – Foto de: THESTEWARTOFNY/GC IMAGES – 8 de enero de este año.
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