El amor en tiempos de un match

Tres salones se suceden flanqueados por nueve balcones altos —de más de dos metros— y amplios —metro y medio de ancho cada uno—; la luz los atraviesa y se desparrama por encima de la marquetería de roble a través de las contraventanas semiplegadas y de los visillos de hilo natural. Los techos se han cubierto con cuarterones sencillos, en blanco, crema, gris; el color depende de sus sombras, y están divididos por paredes paralelas, estucadas, abiertas, encadenadas mediante arcos adintelados, que parecen encajar los unos dentro de los otros gracias a la perspectiva. Los colores son sabrosos: limón, pistacho, violeta, frambuesa.

Let’s fall in love for the night and forget in the morning…

El eco de quien tararea reverbera por ahí; rebota ligeramente como una pelota de ping-pong, contra los murales, los angelitos, las nubes renacentistas y los corazones y las flechas pop. Huele a jazmín, a gardenia, a higos. Si no fuera porque estamos en el Olimpo, nos parecería que hemos entrado en un palacio siciliano. La curiosidad nos guía. Quienquiera que sea que canta la canción de Finneas es bueno. 

Se asoma por el balcón del salón pistacho. De su espalda nacen dos alas perfectas, níveas, de cisne. Los brazos definidos, la cintura flexible, el perfil greco-romano, el cabello flotando. Eros para los griegos, Cupido para los romanos, no es infantil; es seductor. El dios del amor y del deseo es etéreo, sin edad, alto, fuerte, guerrero, sobrenatural. Todos aspiran a mirarle a los ojos para perderse eternamente dentro de su córnea pícara y caprichosa. No les deja. Los oculta debajo de unas gafas de sol. Esta mañana, se ha puesto unas ovaladas, de pasta gruesa, verdes, a juego con su salón pistacho, su favorito. Pero las lentes no protegen; no son suficientes, su presencia es magnética e inevitable, aunque no para todos. Solo para sus devotos; los que todavía creen en el amor.

—Ven —le pide el dios a Psique.

La diosa, que un día fue humana, se levanta. Entre todos los cojines del diván parecía camuflada. Es ágil. Vibra. Sigue enamorada. Se acerca, le quita las gafas, relaja los hombros, hunde sus manos entre su pelo, acaricia su mandíbula y su boca, le besa.

—Me gusta esa canción… sigue cantándola —ruega la diosa.

—¿Tú te podrías desenamorar por la mañana?

—Claro que sí. 

—¿Sí?

—Sí, pero solamente si vuelvo a ser humana. Ahora no podría.

La diosa intenta volver a besarle, pero Eros quiere hablar.

—¿Te gustaría venir conmigo a la tierra y volver a sentir la experiencia humana? ¿Enamorarte esta noche y olvidarlo por la mañana?

—No. Yo ya no puedo ser otra diferente a la que soy contigo. ¿Tú?

“¿A qué ha venido esa pregunta?”, Psique se ha inquietado y Eros lo ha intuido. 

—El deseo de una noche es la especialidad de Baco, querida —dice para tranquilizarla—. Él puede disfrutar de las pasiones efímeras, pero yo ya tampoco. Mi placer encontró su significado dentro de tu racionalidad.

La respuesta la transporta a otro momento.

—¿Te acuerdas cuando no me dejabas mirarte?

El dios asiente. 

—Desconfiaste. 

—Y tú de mí.

Psique decide abandonar los recelos y se centra en la cuestión.

—Algunos humanos superan las pruebas, como por ejemplo, la desconfianza… que, como nosotros, hemos tenido que superar en el amor. Otros no. Creo que los que no lo intentan, o los que fracasan, encuentran consuelo en el olvidar de la mañana.

»Cada atardecer se convierte en una oportunidad y cada amanecer en un recuerdo.

»Hay algo hermoso en las noches insignificantes. Hacer el amor siendo consciente de su final; eso hace que los amantes fugaces se sientan especiales. A lo mejor por eso me gusta esa canción —reflexiona Psique.

—También es hermosa la imposibilidad —dice Eros. 

—Sí. Cuando no puedes tener lo que quieres, quizás lo deseas más.

—¿Merece la pena?

—¿Enamorarse?

—Sí. 

—¿Te refieres a enamorarte por una noche y a olvidar por la mañana?

—Sí.

—Por supuesto. Tus flechazos son primordiales.

—Hoy en día, querida, al flechazo se le llama match

—No seas irónico… Claro que no. Un match es simplemente una invitación. No se parece en nada a un flechazo, que es amor; amor a primera vista.

—Ven, mi Psique querida. Ayúdame a cargar mis flechas con un poco de tu inteligencia.

—Eros, yo no tengo ese poder. Yo soy diosa solo por ser tuya. No puedo cargar tus flechas de nada que no tengan ya todos los humanos.

»Todos tienen uso de razón.

—¿Todos?

De nuevo, la ironía de Eros hace que Psique sonría. Ignora la broma y explica:

—Tú eres el deseo, divino, e impulsivo. Yo soy la razón sin pasión. Sin ti, solo soy pensamiento, vacío.

—Sin ti, solo soy placer, vacío. 

—Juntos somos el amor en su totalidad.

—Razón y pasión…

Eco, la ninfa invisible que lo ha observado todo, repite: razón, razón, razón y después, la razón se silencia, y Eco repite: pasión, pasión, pasión, pasión. La pasión gira como las notas de un gong. Envuelve a los dioses dentro de su sonido. Pasión, pasión, pasión.

Merece la pena.

Alex

P.D- ¡Feliz San Valentín! El amor vale la pena, ya sea efímero o eterno.

En la foto, la escultura de Antonio Canova Psique revivida por el beso del amor.

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