Me importa un comino lo que opinen de mí. Nunca me ha importado. No he hecho nada especial para conseguir que me resbale lo que piense la gente de mí. Me pongo por la mañana la ropa que me apetece. Miro el tiempo, me conjunto según la predicción, y lo que quiero es sentirme como en la canción First Be a Woman de Gloria Gaynor, como una mujer. Even though you’re wearing jeans, it’s important to be real… aunque lleve vaqueros es importante ser real… dice la letra, y: When you’re walking down the street, don’t forget your sex appeal… cuando camines por la calle, no te olvides de tu sex appeal. Buen consejo. El día que no sé qué ponerme, tiro de uniforme: mi vaquero favorito, una camiseta blanca, y según la estación: una rebeca, una blazer, un cuello alto (oriller, como dice mi amiga pamplonica)… lo que toque pero de color negro, y unos botines cowboy. Después, salgo tarareando la de Alaska: ¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así, así seguiré. Nunca cambiaré… Pensándolo mejor, la culpa de que me importe un bledo el juicio de los otros se lo debo a Alaska; a Gaynor, la motivación frente al espejo. La banda sonora es importante.
Cuando me siento a escribir me digo: “si te avergüenza, escríbelo”. Es la manera que tengo de intentar conectar con mi parte más auténtica. Y otras veces, con la parte menos yo, con mi “sombra” (según el concepto de Carl Jung). Parece una contradicción, pero yo (como Jung) convivo con los dos polos con tranquilidad. Cerebro y tripas. A eso me refiero, al constante dilema entre razón y pasión. Si cualquiera de los dos se ruboriza, o escandaliza, voy bien. La clave está en decidir por mí, sin que me importe en absoluto lo que pueda pensar nadie de mi decisión.
Ruborizarme es fácil. Con seis o siete años, por ejemplo, yo iba a clase de ballet (y de bailes regionales… aprendí a bailar hasta ¡Jotas!) y tenía que correr del Pegasín (el autobús del cole) a casa, para vestirme de ballet. Allí, me cambiaba y me ponía el uniforme otra vez encima, y volvía a correr, de casa a la academia de baile, donde me volvía a quitar el uniforme, y como debajo ahora ya llevaba el mallot y las medias, solo tenía que cambiar los mocasines por las bailarinas y entrar en la sala. Ignoro por qué no iba del Pegasín a la academia directamente; por qué me cambiaba en casa en vez de en el vestuario de la academia. A lo mejor era porque mi madre no quería que llevara la mochila pesada, cargada con lo de ballet al cole —yo qué sé— el caso es que la rutina era esa. Tenía que darme mucha prisa para no llegar tarde y por eso, en el vestuario, más de una vez, me quité el abrigo, el jersey, el polo, pero olvidé quitarme la falda del uniforme, y entré en clase de ‘regional’ con ella puesta. «Te has dejado la falda…» me señalaba la compañera de turno, para que me diera cuenta. Y esa tontería —yo con la falda escocesa encima del mallot color carne— me hacía pasar mucha vergüenza. Soñé con eso, con la pesadilla de dejarme puesta la falda del cole encima del mallot, muchas noches, y a medida que fui creciendo, enlacé con otra pesadilla: la de ir en camisón al colegio. Y no hace tanto, soñé que iba en ‘bolas’ por la calle Serrano, lo que seguramente sería un escándalo. La evolución es preocupante.
Siempre van a hablar de ti. Unas veces, bien y otras, no tanto. Hagas lo que hagas y digas lo que digas, siempre habrá alguien que tenga algo que opinar, que criticar o que cuestionar. Y está bien. No pasa nada. Porque no podemos gustarle a todo el mundo. Cada uno te juzga desde su propio punto de vista. Desde sus creencias, sus miedos o sus expectativas. Y muy probablemente, sus opiniones tendrán mucho más que ver con ellos que contigo. No puedes controlar lo que se dice o se opina de ti, pero lo que sí puedes hacer es construir un diálogo auténtico contigo mismo. Sé quién quieres ser, genuinamente. Hazlo todo a tu manera (añado a Sinatra a la banda sonora con su My way). No cargues con las palabras de los demás. Vive para ti, no para cumplir las expectativas de nadie. Ser tú mismo es tu mayor poder.
Las anécdotas escandalosas se las reservo a mis personajes de ficción que son mucho más divertidos que yo.
Alex
P.D- En la foto, con un look a mi manera.
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