Hacía años que Gabriela no volvía a su ciudad. Le ofrecieron un trabajo en la otra punta del continente e hizo la maleta. Metió su jersey favorito, el vaquero roto para el fin de semana, los traje-chaqueta recién comprados, con sus camisas nuevas, las cosas del baño, y embarcó en el vuelo de las diez de la mañana, con el estómago apretado, su billete de ida, y otro de vuelta, que fue retrasando, hasta ayer.
Tenía planes. Recién aterrizada, dejaría la maleta en su habitación, en casa de sus padres, un almuerzo breve y reunirse con su amiga. Sofía la esperaría en el café Sissi que hace esquina con la calle Libertad.
Se terminó la milanesa, que le había preparado su madre ya que era su comida favorita, y sin postre ni café, se excusó por las prisas, se puso el abrigo y salió. Recorrió los tres kilómetros y medio a paso ligero, con cientos de pensamientos alborotados en la cabeza. Sintió que los minutos la perseguían pero que no la alcanzaban. No, en realidad, no sintió el tiempo en absoluto. Cerró la puerta de su casa, y un instante después, tiró de la puerta de la cafetería, ejerciendo toda su fuerza opositora sobre la pletina de bronce que ordenaba en infinitivo: ‘tirar’. Obedeció, y en cuanto hubo suficiente espacio para que pudiera pasar el perfil de su menudo cuerpo, se coló dentro del Sissi. Barrió con la mirada el espacio y la vio.
Sofía también la vio. Estaba pendiente de la puerta, y vio cómo Gabriela cruzaba el umbral, y la buscaba con la mirada. Primero, echó un vistazo hacia la barra, que estaba a la izquierda, después sobrevoló los canapés resecos del mostrador, y por fin la encontró, sentada en una thonet, con la mano izquierda relajada sobre el mármol de la mesa y la derecha elegante, en el aire, gritando: ¡presente!
Solo un poco más, cuatro zancadas más, y se abrazaron, y se envolvieron en sus risas, y en su pasado. El murmullo de las otras conversaciones —sí, había mucha gente en el Sissi— se quedó suspendido en otro espacio, en otro ahora. ‘¿Qué tal?, ‘¿Qué tal?, ‘¿Qué tal?, ‘¿Qué tal?’ y así, unas quinientas veces cada una. Sin darse cuenta de que estaban atrapadas dentro de una pregunta. Así, hasta que los pensamientos pudieron escapar y volver a arrancar para poner en marcha la conversación —nada original—. ‘Dime la verdad, ¿me ves más gorda? ¿me ves más mayor?’ ‘No, ¿tú?’, ‘No, ¿tú?’ , ‘No, ¿tú?’ Por fin, un camarero se acercó con una libretita blanca y un bolígrafo —que no utilizó— interrumpió los cumplidos, las mentiras, las verdades, las preguntas… Y volvió el murmullo de la gente, del mundo, y pidieron, cada una un café vienés y un vasito de agua, y empezaron a hablar.
El Café Sissi lo fundó una señora muy elegante, que después de un viaje para asistir a un concierto en Viena se quiso traer las tartas Sacher y el café con chantilly a Madrid. Le puso Sissi porque ella, como la emperatriz, también se llamaba Isabel y era una romántica.
Isabel estaba ahí, detrás de la caja, sentada en una silla, otra thonet que, a diferencia de las de la sala, sobre el asiento de rejilla, tenía puesto un cojín de otomán rojo, raído, invisible, escondido bajo la falda plisada, chic, de franela gris de su dueña. Sofía la reconoció, nada más entrar, y la saludó. La hostelera había cambiado de señora a vieja. Ahora era una vieja igual de elegante o incluso más elegante todavía, con la melena blanca, larga, ondulada, sofisticada. Llevaba puestas unas gafas de pasta, imitación carey, enormes, con las patillas sujetas a una cadena de eslabones rojos aframbuesados, gigantes, que destacaban y desviaban la atención hacia su camisa de raso beige.
—Madre mía, cómo ha envejecido Isabel… —dijo Gabriela— Es increíble cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando veníamos aquí con Juan, ¿te acuerdas?
—Claro, ¿cómo me voy a olvidar?, ¿sabes algo de él?
—Nada. No te lo vas a creer, pero es que no tengo ni su teléfono. No sé ni siquiera si seguirá en Madrid.
—¿Y eso?
—Perdí mi teléfono. Perdí casi toda mi agenda. Solo tengo los números de las personas con las que siempre he estado en contacto. Pero Juan y yo, cuando lo dejamos, dejamos de hablar.
—¿No tienes el teléfono de Luis? ¿Era su mejor amigo, no?
—Sí, pero tampoco lo tengo.
—¿No te gustaría verle?
—Me encantaría…
La nostalgia contagia la playlist que se resetea. Suena una canción sensual, onírica, hipnótica, que lo colorea todo de azul pálido y gris nube.
—Hacíais muy buena una pareja —suspira Sofía—. Era muy guapo. A mí me hubiese encantado tener un amor así.
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo tuyo con Juan era pura pasión…
—Tengo una idea, ¿tienes un bolígrafo?
—No.
Gabriela busca al camarero con su mirada voladora. El hombre intenta esquivarla, hacerse el sueco, pero a la quinta no le queda otra más que rendirse y atender a la llamada.
—¿Me podrías prestar tu bolígrafo? Te lo devuelvo enseguida.
Aunque un poco reticente, el camarero se lo deja. Y Gabriela escribe en una servilleta:
Estoy en Madrid, mi tf: 678990123
Me marcho el 26
Gabriela
—¿Qué vas a hacer? —Sofía no adivina las intenciones de Gabriela.
—Se lo voy a dar a Isabel, por si Juan pasa por aquí.
Sofía observa. Gabriela, alegre, ágil, meneando con gracia su cola de caballo castaña, se acerca a Isabel. Isabel, de primeras, no la reconoce. Por los gestos, Sofía adivina que Gabriela le está diciendo quién es. Algo parece que despierta la memoria de Isabel porque asiente, varias veces, sonriendo. Es auténtico. Se dan dos besos. Intercambian más palabras. Más sonrisas auténticas. La mirada de Isabel se abre. Gabriela le está describiendo a Juan. Levanta el brazo, para indicar la altura, imita su postura y el gesto serio. Se ríen. A Gabriela parece que se le ocurre otra idea. Saca el móvil, busca la foto, se la enseña. Isabel reconoce a Juan. Entonces, Gabriela le da la servilleta. Isabel lee el mensaje, se enternece, sonríe y sonríe, coloca la servilleta, en vertical, contra la lamparita de la repisa. Gabriela se lo agradece y le vuelve a dar dos besos, y un abrazo. Vuelve a la mesa caminando como una gacela, triunfante.
—Le he enseñado una foto que tengo con Juan y me ha dicho que hace mucho que no le ve, pero que si vuelve, que le dará mi nota.
—¿Te imaginas que viene?
—Sí.
‘Juan’. A Gabriela siempre le había gustado su nombre. Imaginó su vida con él; muchas veces. El amanecer iluminando su cara, el olor en las sábanas, sus abrazos asegurando el calor de su alma. Hasta que llegó el olvido. Gabriela hacía la maleta, otra vez, estirando bien la ropa para que cupiera todo cuando vibró el móvil.
En la pantalla: un número.
—¿Gabriela?
—Noooo….
—Sí. Soy Juan. Tu paloma mensajera me ha entregado tu mensaje.
—Me voy mañana…
—Lo sé. Me lo acaba de dar. Estoy aquí, en nuestro café, en el Sissi. Ven.
Cerrar la puerta de casa. Tirar de la puerta del Sissi. Un vienés, dos vinos, siete kilómetros, el ascensor. Volver. El mismo sabor, la misma piel, la misma pasión. Volver. Volver a Juan. Al amor. A sus besos, a la piel de gallina, a temblar.
Volver.
Alex
P.D- La foto es generada con IA
