Yo no me pongo a dieta nunca porque estoy a dieta siempre. Mi dieta puede pasarse de casi cualquier alimento menos dos; uno es la patata. Aunque solo pueda comerla una vez a la semana (y haga trampas casi siempre) los jueves como patatas. Es un día especial porque además, publico, y me leéis, y recibo comentarios —que me encantan— y apoyo, y cariño. Los jueves son como un abrazo de ocho segundos; me suben la oxitocina, me bajan el cortisol, y a la hora de comer, tengo premio extra: patatas.
Las fritas son mis favoritas. Me gustan muy crujientes y no muy gordas; tamaño meñique de bebé. Las gallegas, que te venden para cachelos, cuando se fríen quedan así, como deliciosos (para mi paladar) palitos secos. Las de no sé dónde, para freír, quedan más blanditas por dentro y son las preferidas de los hombres de mi casa (en mi casa solo hay hombres, soy la única mujer). Voy turnándolas en el carrito de la compra, y en el plato, para felicidad de todos. Y a esta rotación añado las pequeñas, las de guarnición, que primero se hierven y luego, cortadas por la mitad, se terminan de hacer en el horno, aliñadas con kilos de mantequilla, un chorrito de aceite de oliva y unas ramitas de romero fresco. De vez en cuando, también acompañan el principal en forma de puré —que algunos llaman parmentier—, o gratinadas con nata y cheddar, o simplemente al vapor y raramente en papillote. ¡Qué maravilla de tubérculo! Fritas, refritas, ¡en bolsa!, hervidas, asadas, suflés… Se me hace la boca agua. La patata es un manjar.
Un truco que uso bastante me lo regaló Nicolás, el cocinero malagueño que trabajaba en casa de mi madre, y que a las patatas les decía papas (y a la papilla: pape). Además de trucos de cocina, de Nicolás aprendí vocabulario; mi gratitud es doble. “¡Adrián… cómete el pape!”, le pedía a mi hijo para que no me escupiera el puré de verduras con pollo, que le había preparado con todo el amor del mundo. El truco —por fin llega— consiste en sustituir el pan mojado en leche por patata rallada, como aglutinante, para añadir a la mezcla de la carne picada, con el ajo, perejil y la cebolla, de las albóndigas.
La patata es casi mágica y sirve igual como aglutinante que como espesante; tanto para una crema como para una salsa. Y otra cosa ¡prodigiosa! —esto me lo enseñó mi abuela— es que te puede ayudar a desalar un caldo, o cualquier plato de cuchara. Si te has pasado con la sal, metes media patata cruda (o patata entera según la cantidad), dejas que se haga, y listo. Los andaluces cuando dicen ‘listo’ también quieren decir: terminado, acabado, kaputt (caput) en referencia a un humano; cosa que siempre me hace mucha gracia. La cuestión no es ser listo sino estar listo; lo especifico para evitar una tonta confusión.
Cuando era pequeña, en mi casa, no se guardaban las patatas en la nevera —ahora que lo pienso, a lo mejor nadie las guarda en la nevera; yo sí—. A mí me gustaba ver qué se cocinaba y qué se cocía, y quienquiera que fuera el cocinero —mi madre, mi abuela o un profesional— aprovechaba mi presencia para utilizarme como pinche y pedirme cualquier cosa: limpiar guisantes, darle vueltas a una salsa (siempre en la misma dirección), separar las piedrecitas de las lentejas (de pequeña venían con piedrecitas, ya no) o recolectar ingredientes y acercarlos a los fogones. Una vez, obediente, fui a la fresquera, que era donde estaban las patatas, y descubrí una, con unos cuernos muy feos que me parecieron terroríficos. Pegué un grito y la cocinera (ese día cocinaba una cocinera) vino corriendo, muy asustada, pensando que me había pasado algo. Señalé a aquella patata mutante con los ojos abiertos de par en par y sin poder articular una palabra. La cocinera la cogió, la tiró a la basura y me explicó que no era una patata mutante sino una patata vieja.
El segundo alimento que soy incapaz de eliminar de mi dieta es el huevo.
Si tengo muchísima hambre, revuelto; si puedo esperar, frito. Si tengo paciencia, relleno. El huevo es otro manjar que sirve para todo. Ya sea para hacer una mayonesa como una bernesa. Deshilachado en una sopa o hilado con azúcar. Imprescindible en un bizcocho y claro está en el merengue. Por cierto que mi abuela, a montar claras a punto de nieve, me enseñó a hacerlo con tenedor.
Ahora casi siempre son morenos, pero cuando yo era pequeña era al revés y casi siempre tocaban blancos. Tiene que ver con el color de la gallina y no con el sabor, pero yo echo de menos los blancos. Supongo que el truco para saber si son frescos os lo sabéis, y además ahora vienen con la fecha tatuada en la cáscara, con lo cual, no hace falta.
Un dicho que me asombraba, cuando todavía mi estatura no llegaba ni a la altura de la encimera, era lo del huevo de Colón. No recuerdo a quién le oí decir ‘eso es como el huevo de Colón’. ‘¿El huevo de Colón…?’ Cuando pregunté, recuerdo que me contaron que el descubridor de América, además de la hazaña de dar con un nuevo continente y cruzar el océano, había conseguido poner un huevo de pie (omitiendo la parte en la que Colón rompía el huevo y que el dicho no era literal sino una ironía). Mi tierna edad hizo que creyera que Colón era un genio porque yo fui incapaz de colocar el huevo en equilibrio. Lo intenté. Me dieron un huevo duro para que probara. Y me entretuve intentándolo un buen rato, para pitorreo de los mayores. Entonces, esas pequeñas crueldades se permitía hacérselas a los niños.
Los dos juntos —patata y huevo— son la pareja perfecta; podría comerlos cada día.
Alex
P.D- He hecho un poco trampa en este post porque tampoco puedo vivir sin chocolate. La foto es de una escultura de unos niños jugando al ‘corro de la patata’ que está en Mairena del Aljarafe.
