La primera vez que fui a Paris era final del invierno o principios de primavera, como ahora. Todavía hacía mucho frío. Paris es la ciudad donde más frío he pasado nunca. No sé qué tiene el frío parisino que no tiene barreras y duele; es insolente. Será eso. La insolencia sacude y atrapa a la vez. Será por eso, que a Paris en invierno he vuelto muchas veces después.
Mi madre por aquel entonces tenía una tienda de ropa, una boutique, con una socia guapísima, que además se llamaba Juana (es un nombre que me encanta), que había sido maniquí de Pertegaz, y con eso basta para definirla porque Pertegaz fue un maníaco de la elegancia. Dos veces al año, las dos viajaban a Paris para comprar la ropa que se llevaría durante la temporada siguiente en Madrid, y una de esas veces, mi madre quiso que las acompañara.
Antes de que apareciera Zara, el prêt-à-porter no sé dónde se fabricaba, pero se vendía en Paris. Francia era la cuna de la moda, o al menos, yo lo recuerdo así. Durante la Semaine de la Mode aka Fashionweek, además de los desfiles, estaba el Salon du Prêt-à-Porter y un barrio bastante popular lleno de tiendas mayoristas.
—À la rue de ‘Laburquí’ —le pidió Juana al taxista con su francés españolizado que el hombre comprendió perfectamente.
Los parisinos tienen fama de antipáticos y aquel señor taxista no fue una excepción. Condujo todo el camino enfadado, despotricando, gruñendo, haciendo de la carrera un viaje insoportable.
—¿Te imaginas que a este le das la presidencia de un país? —me preguntó Juana mientras nos bajábamos del taxi— ¡un Franco! —contestó por mí, al ver que yo no sabía qué decir.
Y no lo dijo por la moneda, que entonces no era en euros sino en francos, lo dijo por Franco, nuestro dictador. Siempre que me encuentro con algún incompetente con ínfulas, me acuerdo de Juana, y de su aviso.
Yo me había quedado medio ensoñada, medio en Babia, con el nombre de ‘Laburquí’, que no entendí, hasta que lo vi escrito en la placa de la calle: Rue d’Aboukir. Aboukir, que dicho por Juana era El Aboukir, de inmediato me transportó a un lugar lejano, que hizo que me imaginara que entrábamos en un bazar, en la versión parisina de un bazar. En realidad lo era. Almacenes, talleres, tiendas de ropa, accesorios… había de todo. Además, ahí dentro, mi madre y Juana, regateaban los precios, en francés, y a mí me parecía divertidísimo. Fue un viaje inolvidable. Las dos se pusieron hasta las botas de ostras y champán, mientras que yo descubrí l’oeuf dur au comptoir, un huevo duro en vez de una tapa, que golpeabas primero sobre la encimera de estaño del bistrot de turno para después pelarlo, salpimentarlo y comértelo tal cual, algo que a mí entonces me pareció genial.
Muchos años después he descubierto el vin chaud, que es un vino tinto caliente con canela y naranja, absolutamente necesario en Paris para descongelarte el alma. Y los caracoles de Chez L’Ami Louis, restaurante que espero que no pierda la gracia, ya que ha cambiado de manos, se lo ha tragado un gigante, que también se llama Louis, pantagruélico, pero del lujo. No sé por qué, porque yo no fumo, pero una vez, me pasé un buen rato hablando fuera, en la puerta de L’Ami Louis, con un señor inglés que sí que fumaba, y que me contó que se había cogido un tren por la tarde, desde Londres, solamente para cenar ahí con su hijo. La anécdota me encantó y los caracoles me supieron mejor.
En otra ocasión, compartí mesa en un bistrot con una señora americana, que como Juana también había sido modelo, y que a sus casi ochenta y siete años seguía siendo una belleza. Pidió una mousse au chocolat como plato único. “Yo solo quiero el postre”, me dijo. Es la única persona a la que he visto hacer eso. Después, yo la he imitado alguna vez, pero por el soufflé de avellanas de Leña.
En Paris, he visto la torre Eiffel desde el Trocadero; me he mareado girando alrededor del beso de Rodin; descubierto que mi pintor favorito no es Renoir sino Manet; probablemente superado un récord mundial engordando dos o tres kilos diarios en cada almuerzo y soñado con ser una gata sobre sus tejados de zinc.
Me gusta Paris. En primavera, que está a la vuelta de la esquina, también.
Alex
P.D- Fotografié el reloj, como una visitante más, desde dentro del museo D’Orsay.
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