Europa

Estamos lejos del frente oriental, el Dombás, donde se libra la batalla. Desde Madrid, se puede volar, por ejemplo, a Varsovia, —son casi cuatro horas— y desde ahí, coger un tren o un autobús —otras diez horas más— hasta Kiev. Y, de Kiev a la guerra. El viaje, extremadamente peligroso, si en condiciones normales se haría en un día de carretera, con los ataques a las infraestructuras, la duración se duplica. Si no fuera por los medios de comunicación, la guerra nos pilla muy lejos.

Hace mucho que no voy a Varsovia, con lo que me gusta, sobre todo por el restaurante que tiene el mejor steak tartar del mundo y, en general, porque me gusta la Europa Central, que para mí no es tan lejana. Entre otras cosas porque he crecido escuchando a mi abuela relatarme cuentos populares de la Selva Negra, y siempre he querido conocer ese gran bosque con nombre de tarta de chocolate y chantilly. Algún día iré. 

Me he acordado de Varsovia, estos días que he pasado en Praga. Me pasa. Viajo a Praga y me acuerdo de Varsovia. Voy a Varsovia y me acuerdo de Hamburgo. Voy a Hamburgo y me acuerdo de Berlín. Nada tienen que ver las unas con las otras, pero me pasa. Será porque son centroeuropeas.

En Praga, aún estando lejos de Kiev, estás más cerca del conflicto que estando en Madrid. Aquí, lo del kit de supervivencia parece surrealista; allí no. Allí, pasas por debajo de un puente y lees en una pintada: ‘burn Putin, burn’ (arde Putin, arde). Con la coma y todo. Aquí, no. ¿O sí? ¿Será que yo aquí ya no me fijo en las pintadas? La ciudad conocida se borra. Lejos de casa los sentidos se activan solos; lo menos conocido te pone en alerta y la amenaza soviética se hace evidente. Allí, es algo que no se puede ignorar. 

Cruzas una placita, sin intención de encontrarte con una exposición al aire libre sobre arquitectura, con maquetas de edificios brutalistas. Una de ellas la del Hotel Praha, construido entre 1975 y 1981, para alojar a miembros de la elite comunista —elite y comunista, deberían ser dos palabras imposibles de asociar, pero lo están, están intrínsecamente asociadas— demolido en el 2014. El hotel, como recuerdo del símbolo comunista, era insoportable. Haber sufrido el comunismo no se olvida. El odio es palpable.

La Unión Soviética se disolvió en el 91 y Checoslovaquia se dividió en República Checa y en Eslovaquia en el 93 —antes de ayer—. La amenaza liderada por Putin está cerca, temporalmente también. 

Los checos son gente muy amable y también son curiosos. En la cima de las Rocas de Prachov, que es un lugar mágico —y por eso unos cineastas decidieron que ahí vivirían las hadas de su serie— un checo muy amable me pregunta de donde soy. 

—De Madrid, España.

—¿En España hay lugares así?

—No. Como este, no. 

—¿Y qué te parece? ¿Te parece espectacular?

—Sí. Sin duda es espectacular. 

La historia centroeuropea es una historia de alianzas y hostilidades entre poderosos y de un pueblo que ama sus rocas y su cultura.

A mí siempre me ha costado comprender que antes casi todo eso era Imperio Austrohúngaro, y cómo el asesinato de Francisco Fernando de Austria fue el detonante de la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. En el colegio la explicación era que Los Balcanes siempre han sido un polvorín. 

Chequia no forma parte de Los Balcanes pero la caída del imperio llevó a la creación de Checoslovaquia, invadida por los nazis primero y por los comunistas después. Y, tras la Caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, se divorció — aterciopeladamente— de Eslovaquia y se convirtió, en 1993, en lo que es hoy: la República Checa. 

España existe desde los Reyes Católicos, por lo menos. Nuestra historia cuenta más de quinientos años, la de ellos treinta y pico. ¿Treinta y pico? 

Treinta y pico años de independencia, pero siglos de historia, de cultura, de invasiones, de supervivencia. Los checos, los eslovacos, los bosnios, los ucranianos no son nuevos, son antiguos. Lo nuevo es que son libres desde hace tan solo treinta y pico años. 

La historia de Europa (la del ser humano) es una historia de libertad y de identidad. ¿Acaso son sinónimos? Podrán golpear con palos y piedras a una persona, pero jamás romperán su esencia. Todos los pueblos ya sean oprimidos, conquistados, sometidos… siguen hablando su lengua, celebrando sus fiestas, comiendo su comida y contando sus historias. Es bellísimo.

Comunismo o libertad, fascismo o libertad, putismo o libertad, wokismo o libertad, trumpismo o libertad, sanchismo o libertad…. 

Individualismo y libertad. 

No estamos tan lejos del frente. Lo tenemos bajo nuestras propias narices. Es una amenaza constante, irremediable. Nos estructuramos jerárquicamente. Por eso siempre hay un ‘listo’ que se cree muy listo y (es) más fuerte. Pero… como dice el refrán: la unión hace la fuerza.

La identidad, la libertad, la soberanía de los pueblos, paradójicamente, solo se garantiza cuando está dentro de un grupo más grande, democrático, que la blinde de autoritarismos, de pensamientos únicos; bajo una bandera. Y esa bandera para nosotros (es España y) es Europa. 

Donde los checos y eslovacos tienen voz, Ucrania quiere estar, Escocia quiere volver… Lo que cualquier tirano teme. Porque una Europa democrática unida garantiza la libertad y protege las identidades.

Al menos esa es la idea. La que hay que defender. Y luego ya discutiremos todo lo demás.

Alex

P.D- La foto la hice yo, justo antes de que el señor checo me preguntara por mi identidad. No le hace justicia al lugar.

En esta otra se ve mejor la altura y espectacularidad.

Y la banda sonora. Un ruso magnífico.