El marzo de las lluvias

Prefiero los funerales a las bodas, pero solamente porque el programa musical es mucho mejor, y probablemente también, porque me gusta ir de negro total. Por cierto que conocí, hace años, a una diseñadora que quiso crear una marca ex profeso; no sé si lo consiguió. En el espacio de un mes, he tenido que asistir a dos funerales; la vida es así de cabrona. Ahí me he visto, conteniendo las lágrimas y disfrutando de la Lacrimosa de Mozart. Sin ningunas ganas de despedirme, rodeada de elegancia y de flores blancas, que son mis favoritas.

La homilía te recuerda lo de la vida eterna, pero creo que justamente en un funeral lo de la vida eterna te da completamente igual. La vida nos parece eterna cuando somos felices y breve cuando nos arrancan a aquellos que nos hacen felices. La eternidad, aquí o allá, por otro lado, imposible ni aquí ni allá de certificar, es insuficiente para ayudarnos a aceptar el adiós. Es como un desamor. No. El desamor es peor. El desamor es la muerte del amor y con la muerte, el amor no se muere nunca. La muerte no es el final cuando hay amor —esto suena a consuelo— aun así, el adiós no deja de ser una putada.

Bodas y funerales son esencialmente un tributo al amor. Al amor de toda una vida o al amor que se compromete ese día. Despedimos un amor y bienvenimos otro. Esta dualidad, el claroscuro de los días, duele y vibra. En las bodas mi cinismo recita: ojalá, ojalá. En los funerales, mi instinto me hace gritar: carpe diem. Además, en una boda, el amor solo les pertenece a los novios, lo nuestro son simples deseos de felicidad, pero en un funeral el amor es comunal y la tristeza es compartida. Parecería que tengo ganas de ir a mis iglesias favoritas para que me chive el cura el horario de funerales. No lo haré, pero creo que un personaje que sí que lo haga, ‘la loca de los difuntos’, pide estar en mi novela. Quien me la copie, se las verá conmigo. Aviso. Acabo de crear una leyenda casi sin darme cuenta; queda registrada.

Al funeral hay que llegar cargado de recuerdos, sobre todo al tuyo. No puedes dejar que tu vida sea un largo río tranquilo y pretender que sea un éxito. En la última función tienes que poder emocionar. Un problema retrospectivo, si no lo hiciste en vida. Si no has amado. Si no has regalado tu tiempo. Si no has ofrecido tu hombro. Si no has contado un chiste, un secreto, un acierto, una teoría… no vas a emocionar a tu público. A lo mejor no llegas ni a completar el aforo, y será tarde, irremediable. A la última función hay que llegar mucho antes del día señalado, y con la obra completa. Tanto si es un libreto, un panfleto, como si es un tocho. En esto sí que es all about calidad y no cantidad.

Mis queridos amigos se han ido demasiado pronto, con la vida en carne viva, con el funeral redondo. Cuajado de amor. Dejándonos sin palabras, pero llenos de recuerdos, de sonrisas, de risas, de agradecimiento, de luz. Con ganas de más. De un más que habrá que buscar en la memoria. En una memoria viva. En una memoria eterna. En la memoria del marzo de las lluvias.

Con ganas de más… sí; y de brindar. De emborracharnos. Y de brindar, otra vez. Hasta que llorar no te importe. Y volver a brindar. Por su genio y figura, hasta la sepultura.

Alex

P. D. Carpe Diem. Vive como si fuera tu último día. 

Foto by me: Madrid en primavera

Y la banda sonora 👇🏻