Herminia, Ivo, Jana, Konrad, Laurence, Martinho, Nuria y la que nos espera en Semana Santa: Oliver. No sé si me gusta esta alternancia femenina y masculina —tan ‘comme il faut’— en la nomenclatura utilizada por las agencias de meteorología para elegir los nombres de las borrascas. Para mí, las tormentas son femeninas. Su naturaleza ingobernable, emocional, romántica, me parece fundamentalmente Yin. Son pasionales, admirables, inolvidables. Y aparecen de noche, ¿o no? Un temblor, un trueno, y te despiertas, en mitad de la noche. Es ella. Pasa por encima de los tejados, salpicando sobre los alfeizares los cristales de las ventanas. ¡Qué bien se oye! ¡Y qué bien huele! Pero es peligrosa. Será eso. Será que la cuestión peligro, destrucción, implacable —cruel— es muy Yang.
Oliver, el despiadado, nos va a fastidiar las procesiones, y por eso creo que me quedaré en Madrid y me perderé La Esperanza de Málaga. Tendré que conformarme con Proust. Está en el Thyssen, y en mi columna de libros, que esperan ser leídos y que cambian de posición según el humor del día. He prometido —no. Jurado— no comprar más libros hasta que me acabe la columna entera. Los japoneses tienen un nombre concreto para esta adicción, llámalo vicio, de comprar libros que te es imposible leer a la vez. Tsundoku que suena a Sudoku —otro vicio—. No me he podido resistir y sobre mis columnas —lo admito, tengo dos— que ahora tienen pinta de castillo de naipes o de torre de Pisa, en ambos casos peligrosamente frágiles y desequilibradas, me espera la reciente reedición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. ‘Es que está ilustrada’ me he dicho, pero y ¿La mujer carmesí de Izumi Kyoka? ‘Es que es un cuentito, que me leo en un pispás’. No me extraña que los japoneses tengan un nombre exacto para lo que nos pasa a algunos, teniendo estos cuentitos que parecen efímeros, como todo en Japón. Nunca he visitado Japón, pero me imagino que allí todo está en pergamino porque les resulta imposible competir con su monte Fuji, que no sé si es un volcán porque yo en geografía no doy una. Tampoco se enfrentaría el samurái a Oliver, antes a cien soldados, de barro o de humo.
En la fundación Mapfre, que primero fue un palacete que pertenecía a un marqués —¿o era un duque? Con los títulos tampoco doy una— muy elegante, pero venido a menos — por eso lo tuvo que vender— al que conocí porque rodé allí unas secuencias, en sus caballerizas —ahora son oficinas— para una película de terror, está la exposición de Sakiko Nomura, un descubrimiento. Fui a ver la otra, la importante, que ocupa las dos plantas principales, Otros surrealismos, porque los surrealistas son otro vicio, que comparto con mi amiga Luisa, quien me acompañó, y ya de paso, aprovechamos la entrada y nos pasamos por el sótano, ‘a ver qué hace el fotógrafo este cuya exposición se llama Tierna es la noche’. Era inevitable. La noche tierna me resulta irresistible, soy una exromántica y un ave nocturna, y en primavera, la noche tierna es mi pasión. La mirada tan íntima, profundamente íntima, no podía ser masculina y no lo era. Sakiko es una fotógrafa japonesa y es completamente Yin. Sentí casi vergüenza. Estaba allí, observada (deseada) por él hombre desnudo que devuelve la mirada y te desnuda.
Ni medio minuto más abajo me espera Proust. Me lo he guardado. Estará hasta junio y por eso no he tenido prisa sino ganas de recorrerlo con alguien que use perfume de vainilla. ¿Lo encontraré? Es una cuestión de sincronicidad. En mi torre de Pisa, en palacios travestidos de museos, en mi universo paralelo, en el que siempre todo es mejor.
¿Será Oliver la última borrasca antes de que florezca la primavera?
Alex
P.D – Naked Time_025 de Sakiko Nomura © Sakiko Nomura cortesía de Akio Nagasawa Gallery

Foto by me.
El ‘Teléfono afrodisiaco’ o ‘Teléfono langosta’. Hay once en el mundo, siete blancos. Se lo encargó Edward James a Dalí —era su mecenas y amigo— para inmortalizar un momento real y surreal al mismo tiempo. Durante una de las fiesta que daba James, alguien tiró una langosta al aire, que cayó sobre el teléfono; así quedó.
Edward James era un inglés que estudió en Suiza, en mi mismo colegio, al borde del Lemán y a los pies de los Diablerets. Compartimos caldera.
Os dejo con Chopin, un entendido en tormentas.
