No soy experta en meter patas. He de reconocer que soy bastante prudente; en general. La experiencia me ha enseñado a evitar contar si estoy invitada a un plan u a otro; a cotillear lo mínimo posible (y solamente con quien tengo absoluta confianza); o a asegurarme de que el hombre del traje azul es efectivamente el dependiente antes de preguntarle por la sección de perfumería o por la caja. He aprendido que después de que te digan ‘no estoy invitada, no es su marido o no trabajo aquí’, poco puedes hacer para reparar el desatino. No tiene remedio.
Sin embargo, la cautela no siempre me salva.
La metedura de pata más leve es llamar a mi perra con el nombre de mi hijo, o eso me parece a mí. No sé si mi hijo opina lo mismo o si a él le parece igual de intranscendente. Tampoco sé en qué neurona mi cerebro se confunde. Puede ser cuando la regaño por no dejar de ladrar cuando suena el timbre, o cuando la premio por recibirme al volver a casa con una fiesta (a diario). Estas asociaciones espejo —o estúpidas— son muy peligrosas. De pronto estás escribiendo un WhatsApp, contándole a tu mejor amiga lo que te ha hecho tu peor amiga, y resulta que se lo mandas a esta última. Pasa. Es una metedura de pata infalible a la hora de solucionar el problema para siempre o para nunca. Y qué decir de confundir el nombre de la nueva novia de tu amigo con el de su ex; otro clásico imperdonable. Eso que yo le perdoné a mi marido, una vez, cuando prácticamente nos acabamos de conocer, que me presentara a un colega de trabajo bautizándome con otro nombre. ‘Te presento a…’ y dijo: ¡Almudena! Al hombrecito, que era francés, le hizo mucha gracia —a los franceses les hace gracia este tipo de cosas— a mí ninguna. Yo perdono rápido y mal. A pesar de su terrible equivocación, unos años más tarde, me casé con él, y aquí estoy, de paso, reprochándoselo.
Si estás con gente que no conoces, lo de ‘odio los médicos, abogados, taxistas…’, la profesión de turno según tengas el día, es una invitación a que alguien te conteste: soy médico, abogado, taxista… No falla. Es casi como la ley de Murphy.
Otro, que no fue un faux pas del todo, tuvo el mismo efecto. Resulta que me encontré en la calle con un señor que confundí con un amigo y yo, tan cariñosa, me abalancé sobre él para saludarlo.
—¡David! ¡Qué alegría! —y le plantifiqué dos besos.
—No me llamo David…
—Ah, perdón… te he confundido… perdón…
—Hola, Alejandra —interrumpió mis disculpas la mujer que le acompañaba, que resultó ser su mujer.
—Soy Isabel… Soy amiga de Luisa, y Miguel es mi marido.
Y lo dijo con ese tono como diciendo ‘es mío’ y yo pensé algo como ‘claro, ¿qué se habrá creído?’
—¡Andá! ¡Isabel! Perdona… He confundido a tu marido con un amigo mío —’solo amigo, que yo paso de mi amigo… ¿eh?’, pensé pero callé—. ¡Perdona! Y a ti no te había reconocido. ¡Perdón! ¡Perdón! Me alegro de verte…
Salir huyendo.
Escribir, dejar las gafas sobre la mesa, coger un taxi, y que llueva a cántaros, es la secuencia perfecta para caer en otra parecida. Entre la vista cansada y la tormenta, no se veía un pimiento a las ocho de la tarde en Madrid. El mundo entero era gris. Pagué, me bajé del taxi, salté sobre la acera para evitar el charco y me fundí en un caluroso abrazo con el hombre que me esperaba, de pie, bajo la marquesina del restaurante para no calarse.
—¡Hola, amor!
Mi amigo es homosexual por eso puedo expresarle mi amor sin pudor. A un amigo hetero jamás le diría ‘amor’. Aun queriéndole; a un hetero le dices que le quieres y es él quien sale corriendo. La aclaración no viene a cuento, pero aún así lo cuento.
—¡Hola! —dijo él tan contento. Incluso feliz.
Me aparté y ¡sorpresa! No era mi amigo Alberto, con el que había quedado.
—¡¡¡No eres tú!!!
—¿Ah, no? —dijo él, decepcionado.
—Noooo.
Salir huyendo.
—Habrá quedado con una de Tinder y habrá pensado: ¡qué bien! ¡Me ha tocado la simpática! —dedujo Alberto entre carcajadas.
Estoy pensando en operarme de la vista.
‘¿Estás embarazada?’ es otra mítica… embarazosa… pero esta no es mía. La pregunta iba dirigida a mí. Sí, cuando me enfermé de la tiroides y me engordé diez kilos —un embarazo entero—. Contesté, obviamente, que sí, que estaba embarazadísima. Si alguien te pregunta eso, hay que mentir. A cualquier edad. Hoy en día con las clínicas de fertilidad, todo puede pasar.
En cambio, la de ‘¿es tu hijo?’ sí que es mía. Y es reciente. Y creo que es mi peor metedura de pata. Es la peor. Y encima, de lo más absurda.
—Mira, te presento a Luis.
—¿Es tu hijo?
Luis llevaba una bufanda verde manzana, el pelo (medio) largo, la barba de dos días, las gafas de intelectual; toda la pinta de ser un artista. Pero no, no lo era. Es arquitecto, y no es su hijo.
—Es mi novio.
¡Tierra, trágame!
Alex
P.D- Fue lamentable. Y absurdo cuando no ridículo. Lo normal es que tus amigas tengan novios con los que se lleven más de diez años, sobre todo a partir de los cincuenta, que son los nuevos cuarenta (y ¡zas! los años cenit de la mujer). A partir de esa edad (si no antes), la diferencia a favor probablemente sea tuya.
Definitivamente, he de operarme de la vista.
Foto by me: Mi perra después de meter la pata.
