Se llenan los parterres de margaritas, rosas, tulipanes, y de abejitas, que van de flor en flor, polinizando, participando en el juego de la reproducción. Es primavera. La estación del amor.
Creo que mis hijos tendrían entre cinco y siete años cuando les compré la serie completa de Érase una vez el hombre, el box set de DVDs entero. Les gustó, y entonces, compré el de Érase una vez el cuerpo humano, que también les gustó. Así que cuando el mismo vendedor me ofreció una serie documental sobre el mundo animal, no lo dudé. Estaba organizada según el sistema jerárquico de la clasificación biológica. Invertebrados primero, que incluyen a los insectos, moluscos, gusanos, erizos, estrellas de mar, medusas y corales, y esponjas… Los vertebrados después: mamíferos, aves, reptiles, peces, anfibios… Os podéis imaginar la cantidad de boxes de DVDs que me llegaron. Porque llegaron por Correos. Cosas del siglo pasado.
Me sorprendió el interés con el que mis hijos se lo tomaron. Volvían del colegio, merendaban y pedían ver el documental. A mí, como eso me parecía bastante educativo, no me parecía mal. Un rato delante de la tele aprendiendo sobre el mundo animal, en vez de ver Shin-Chan alimentaba mi ego maternal. ‘Qué bien he hecho comprando esta tonelada de DVDs… Qué hijos más listos tengo…’ Hasta que un día, la autocrítica me dio un puntapié en toda mi autocomplacencia y me dijo que fuera a ver qué era lo tan fascinante del documental.
Me senté al lado de mis hijos, que todavía iban por los invertebrados, y me chupé el final de un episodio, que en ese momento mostraba y detallaba con precisión —el locutor en off— cómo se reproducen las lombrices. Al ratito, decidieron apagar el televisor y salieron a jugar al jardín. Al día siguiente, se repitió la misma acción. El nuevo episodio, esta vez, giraba en torno a la reproducción de la mantis religiosa. Un caso de canibalismo postcoital terrible, por cierto. Mi hijo Adrián, que era, y es, un experto en insectos, al ver mi interés por el documental, dijo:
—Mira, mamá. Te voy a poner mi episodio favorito.
—Claro —dije yo.
Esta vez, eran dos caballitos de mar los que hacían el amor, enroscando sus colas bajo el mar y cambiando de color. La yegüita embarazaba al pequeño semental acuático —bajo el mar, sucede al revés— y lo más bonito, la parejita era monógama, por lo menos hasta que nacían sus monstruitos.
Tardé tres episodios en comprender. Tres. A la tercera fue la vencida. Lo del refrán es una bendición. A la tercera, comprendí que le había regalado a mis hijos ¡el kamasutra completo del reino animal! Miré a la estantería para calcular cuánto les faltaba hasta llegar a los mamíferos, a los equinos… a las cebras, a las vacas, ¡a los monos! Y me pregunté si esta era la mejor educación sexual que podían recibir mis hijos o no. ¿Estaba siendo demasiado prematura? Dudé.
No sé cuánto tardó una madre en preguntar, en el grupo de Whatsapp de madres del cole, sobre el tema este de las abejitas, o de las cigüeñas —creo que lo de las abejitas es más actual— si ya estábamos hablándolo con nuestros hijos y cómo. Lo que sí sé es que los míos, mis hijos, para entonces, ya se habían terminado de ver todos los DVDs.
Mea culpa.
En primavera, hablar de amor es lo que toca. Aunque en ‘Hablamos del amor‘ con Juan José Candón se habla de amor cada semana. Os invito a escucharnos.
En iVoox (plataforma principal), Acast, Spotify, Podimo…
Alex
P.D. – Hubo otra vez en la que otra madre preguntó quién había sido la ‘iluminada’ que había dicho que las niñas pueden pegar, pero los niños, no. ¿Qué os pensáis? Claro que di la cara, pero esa es otra historia…
La foto está generada por la IA.
