Café frío y una beluga

Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto. La beluga me ha mirado. Su ojo en mi ojo. Buscó la superficie. Emergió desde ahí abajo, del oscuro, frío, negro azulado, sobrio y elegante mar; rodeada de merengue helado, blanco, dulce, iluminado. Yo sabía que me buscaba a mí, ¿por qué a mí? Pues porque sí. Porque los sueños son así de absurdos. Te crees que los comprendes. Estás a punto de anotarlo todo. Todo tiene sentido en el duermevela; hasta tú. Sin embargo, la tarea te despierta y te deja sin una mísera conclusión. ‘Es cristalino, es cristalino’, repitió mi mente, y lo anotó. Es cristalino… ¿y? La bella sirenita blanca con el ojo cristalino que se clava en el mío pardo, castaño, banalmente marrón, se esfuma, se diluye en el café. Volverá, cualquier noche de estas, o cualquier mañana; yo no madrugo, no se me escapará. La próxima vez me meteré en el agua. Iré tras ella. Da igual cuanto me duela; los cristalitos, triangulitos, de hidrógenos y oxigeno, que se clavan, helados, punzantes, activarán mi corriente sanguínea, para protestar contra la del líquido infinito. Es la vida frente al suspense. Pienso ganar la batalla. Tengo que bucear para escuchar su canto. No temo a la locura. Mi Leucosia vuelve para enseñarme otro lenguaje. Y yo quiero aprender a hablar como ella.

La cocina, y el salón, y seguro que en el descansillo también, huele a café. Ya se habrá enterado hasta el portero de que me he despertado. Mis perras, desde luego, sí. En el instante mismo en el que han oído que he levantado la persiana. Se han puesto a mover el rabo, girado alrededor de la mesa y arañado mi puerta. Saben que me levanto, abro el armario de las cosas de limpieza, que es donde también guardo las suyas: las correas para el paseo, el abrigo chic de la mestiza, el cepillo de la de pedigrí, y los palitos limpiadientes, que son la alegría mañanera de las dos: un premio, una delicia y una perdición.

Mojo la galleta en el café con leche —frío— porque sonó el despertador y me volví a dormir, y la cafetera, programada la noche anterior, lleva esperando más de una hora a que yo aparezca. Abro la aplicación en el móvil para leer el periódico, olvidada la beluga, que en realidad es la sirena Leucosia, y que tengo que hundirme en el abismo si quiero escuchar su canto. Olvidado digo y creo.

Ayer, no, no fue ayer; el otro día. La actualidad se ha vuelto divertida manejada por, ciertamente, unos soberbios. Parece una ficción. Así nos la venden. Desvergonzada, amoral, anti-heroica, que es lo que se puso de moda. El antagonista devenido protagonista trasladado al relato cotidiano, a esta función. No estamos perdidos, estamos en el teatro. La política nos ha robado los cuentos a los titiriteros. La economía lo domina todo; el one-man-show es barato. Mi carrusel de Apps —aplicaciones— me ofrece unas cuantas instantáneas. Me conformo con eso este ratito, pero no me da la gana conformarme con tan poco para siempre. 

Algunas veces, la intuición vence. La racionalidad baja la guardia. Es un momento fabuloso. La intuición guía y te dice que cruces sin mirar. Hay que tomar una maldita decisión.

Cuando no pensaba en mi tiempo, el riesgo era oportunidad, sin miedo; a la encrucijada se podía volver con algún rasguño pero con la experiencia ganada. Con lo bailado que no te quita nadie. Y, ‘si no funciona, lo solucionaré’. Maldición. Ya no sé si tengo tiempo para soluciones. Acertar ahora es imperante.

Tengo que luchar contra esa idea. La del acierto. Rendirme a la incertidumbre como el que se rinde a un amante. El placer de lo desconocido, de lo imposible, del error; la fuerza del destino me guiará. Mis felices perritas mastican con los incisivos. Sujetan con una pata el palito y cierran los ojos, saboreando. Como me gustaría tener su certeza tan clara. Mientras yo me siga levantando, ya sea tarde como temprano, sus dientes estarán cuidados.

Espabilada por fin. Un día más. Entonces: el apagón.

Me lo contaron. A uno le tocó en clase, al otro en la tienda. Uno dijo que era el comienzo de la guerra, el otro que si estaba ‘hasta el coño de los eventos históricos’. Mi marido se puso a hacer la lista de materiales para el kit de supervivencia, porque no tenemos uno; somos así. Una barbacoa. Aprovechó porque yo odio las barbacoas y él, que es inglés, es un inglés sin barbacoa; trágico. Y un hacha. Para talar ramas, de los árboles, de la calle, para cuando se quedara sin carbón, o sin lo que sea que use una barbacoa como combustible. El tirachinas fue mi aportación, porque algo tendría que poder cazar, para poder comer; palomas, por ejemplo. Y una escopeta. Se puso muy drástico a la hora de evaluar nuestra seguridad. También: una lupa. Pensó que cuando se quedara sin cerillas, o sin mechero, con eso haría fuego. Wishful thinking le llaman a eso los ingleses; ilusión es más bien como lo llamo yo. Quise añadir un transistor al kit, pero mi marido me dijo que las pilas caducan y que habría que estar comprando pilas periódicamente, que se nos olvidaría la tarea, que mejor pensar en cosas sin fecha de caducidad. Me hizo gracia su pragmatismo y su excusa para convencerme de pasar del transistor. Cedí. A lo peor, me informaría de la actualidad mi amigo el frutero. ‘Acabamos de retroceder al siglo pasado’ dijo mi hijo Gustavo, después de hablar por teléfono con Adrián, su hermano, que vive en otro país, y antes de que se cortara la señal. Le llamamos para comunicarle nuestra situación y, de paso, le preguntamos por el alcance de los afectados. España, Portugal… ¿alguno más? A Adrián le pilló conduciendo la llamada y no nos pudo aclarar nada. ‘Habrá que esperar’ dijo Gus, y se puso muy contento porque tenemos en casa algo que dedujo que se revalorizaría sin duda: libros. Entonces, los tres —Gus, mi marido y yo— nos abrimos un paquetito de frutos secos naturales, que son antioxidantes, para no tener hambre a la hora de comer. Después, ellos dos bajaron al mercado, a por alimentos para nuestra supervivencia, y volvieron con tres sobres envasados al vacío —dos de lomo y uno de cecina de wagyu—, una bolsa de picos, y… nada más. Les fiaron en el colmado porque tampoco teníamos ninguno de los tres efectivo en casa; somos así. Optimistas.

Leímos. Dormimos la siesta. Sacamos a pasear a nuestras perras ¡unas cuantas veces! Charlamos. Imaginamos. La distancia con las personas queridas nos pareció enorme. ¿Cuánto tardaría una carta en llegar a su destinatario? El atardecer estaba al caer, los comercios habían despejado los escaparates por miedo a los saqueos; alrededor de un coche, un grupito de personas escuchaba la radio que tampoco emitía ninguna certeza; los de la tienda de enfrente, agobiados, luchaban para bajar la persiana eléctrica y en la frutería se hacía cola, cuando apareció un señor bien trajeado que nos dijo que había conseguido cobertura, en una esquinita, tres manzanas más abajo, y que había hablado con su mujer, y que se había enterado de que en Valdemoro —a pocos kilómetros, quizás veinte— ya había vuelto la luz. El bien iluminaba, triunfaba, otra vez frente al acecho del mal. 

Mañana no pienso programar la cafetera una hora más tarde, si el insomnio me domina, si me levanto tarde, me volveré a tomar el café frío. Eso sí, esta vez habré atrapado en la memoria el canto de Leucosia, mi beluga blanca. 

Alex

P.D. – Mi querido amigo Juan Luis me pidió que escribiera este post. ¡Va por ti! 

La imagen está creada con IA

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