Maneras de amar

Co-dependientes, tóxicos, intensos… “mujeres que aman demasiado”… la idea de que la felicidad la tienes que encontrar en ti, casarte contigo mismo… es una tendencia o creencia que ha ido calando en nuestra sociedad hasta el punto de enaltecer al independiente, el lobo solitario, como figura aspiracional. Como si la necesidad de encontrar un compañero, un amor, un alma gemela fuera un trastorno de la personalidad. Nada más lejos de la realidad. Lejos de ser una disfuncionalidad, la necesidad de amar y de querer ser amado es lo más natural. Somos seres sociales y estamos biológicamente programados para depender del otro, igual que un niño depende de su madre. 

Tuve la suerte de acertar con la compra del libro de Amir Levin y Rachel Heller, Maneras de Amar, y descubrir la teoría del apego para comprender que el comportamiento del otro influye en el mío, y que eso es lo normal. Está bien que así sea.  

Habría tres tipos de apego: el seguro, que es el mejor porque el que lo ha desarrollado está disponible emocionalmente para el otro; el evitativo, que en cambio huye cuando la emoción del otro requiere su presencia; y el ansioso, que persigue y se desencaja cuando lo abandonan. Lo resumo mucho, pero básicamente estos son los tres patrones que desarrollamos durante nuestra infancia. Averiguar qué tipo de apego es el tuyo y transformarlo en seguro sería la clave para tener una relación sana.

Parece evidente, pero no lo es tanto. Nuestro mecanismo mental y nuestras dinámicas nos hacen funcionar más o menos bien, y no somos demasiado conscientes de cómo nuestros pensamientos automáticos nos dirigen, hasta que surge el conflicto. Nada mejor que un conflicto para comprenderse a uno mismo y al que tienes en frente. Es en el conflicto donde uno puede ver lo que tiene que cambiar y reparar. El conflicto lo tiene todo. Es el desencadenante de la emoción que te secuestra, que anula la razón y que te conecta directamente con tu clase de apego. El flight or fight que dicen los anglos, la respuesta fisiológica automática ante la amenaza percibida: o te enfrentas (ansioso) o huyes (evitativo).

El ansioso lucha, no sabe cuándo parar. Exige explicaciones, te arrincona con preguntas. No soporta el silencio, ni la incertidumbre. Necesita resolver de inmediato, y en caliente. Invade, no suelta. Al evitativo, el conflicto le obliga a desnudarse, a afrontar la cuestión sin coraza. No huye porque no le gusten los dramas, huye porque no soporta enfrentarse a la verdad. El seguro no ve al otro como una amenaza, ve a un humano con un problema, lo comprende, empatiza y encima sabe poner límites sanos… el seguro es una joya, (no sé dónde estará). Dicen que tu compañero es tu espejo, pero yo creo que el conflicto es un espejo mucho mejor.

Un evitativo con otro evitativo, difícilmente se encontrarán; un ansioso con otro ansioso, ¿hay alguien que aguante tanta intensidad? Esto parece un juego de parejas, pero en seguida me entenderéis. Tanto un ansioso como un evitativo funcionan bien con un seguro. El seguro entiende la necesidad de conexión del uno y la de espacio del otro. Cuando hay roces, discusiones, enfados —el conflicto, que no lo he dicho antes pero que también es algo normal— no huye, no persigue, no activa el bucle de toxicidad. Escucha, pide, no saca las cosas de quicio. Se toma el problema como lo que es. No necesita ganar. El asunto suele degenerar cuando se junta un ansioso con un evitativo, juntos son la pareja tóxica.

Para poder cambiar tu comportamiento evitativo o ansioso a seguro no hay milagros, hay que ir a terapia. El problema es que el evitativo no sabe que tiene un problema. Él piensa que el otro es el intenso, el co-dependiente, el acosador… Y la sociedad lo corrobora: el ansioso no tiene autoestima, necesita al otro para vivir —como si esto fuera un defecto—, y el que tiene que ir a terapia es él, no el evitativo, porque el ansioso es el disfuncional y el evitativo, la victima de su acoso.

A terapia llega el ansioso, con la autoestima por los suelos, después de haber sufrido el rechazo, el abandono y el desprecio (de la persona que quiere y de la sociedad que lo juzga como débil mental), donde superará el desamor y, con suerte, donde aprenderá a no volverse a enamorar de alguien que no le ofrezca equidad y reciprocidad. ¿Pero, y qué pasa con el evitativo? Si no ha huido al Polo Norte, sentirá alivio por haberse librado del ansioso, el loco, paranoico… pero no irá a terapia. Muy probablemente, no es consciente de lo disfuncional de su comportamiento. Pero percibir la necesidad natural de conexión, intimidad y amor como una amenaza o huir del conflicto es un problema. 

Yo no digo que no haya ansiosos patológicos. Y tampoco que todos los evitativos sean unos psicópatas. Lo que digo, es que el evitativo no es la víctima del ansioso sino que también puede ser el desencadenante del problema.

Me importa esta distinción. Porque el evitativo también es responsable de sostener, de estar disponible, de ser empático, de dar. Y de cambiar. Cuando las cosas se ponen demasiado emocionales, si no sabe gestionar un conflicto, en vez de irse a Tombuctú, lo que tiene que hacer es ir también a terapia.

Yo entiendo que no es el paciente perfecto. No llega con la autoestima por los suelos sino todo lo contrario con un subidón de ego: le persiguen, le adoran, le suplican… No tiene depresión, ni ansiedad, así que no se tiene que medicar… No necesita a nadie… Ni tan siquiera un libro de autoayuda. A lo mejor tampoco tiene mucho que contar. 

Visto así, mira, si no quiere ir a terapia ¡qué se vaya a Marte! Pero, por favor, que no vaya de víctima. Es un narcisista en potencia.

Volviendo a la seriedad. Si quieres sanar tu relación puedes encontrar ayuda, pero quizás la pregunta sea ¿te haces cargo de cómo impacta tu comportamiento en la persona que quieres?

Alex

P.D. – En Hablamos del amor con Juan José Candón justo hemos analizado este tema. Escucha el episodio completo en Ivoox o en tu plataforma favorita. Todos los links aquí