Mira que es difícil, normalmente sé por dónde empezar, pero en este post se me atropella el agradecimiento. No he podido tener más suerte en la vida. He podido compartir horas de (llámalo) trabajo con Juan Eslava Galán y con Rafael Azcona. Creo que nadie en este mundo ha podido codearse con estos dos gigantes a la vez. Aunque, francamente, no recuerdo haberlos juntado en la misma mesa —el cerebro es así de cabrón— se acuerda de lo que ha capturado para sí, y no de lo que se llevaron los demás. Yo me llevé lecciones, y a cambio, solo correspondí con unas cuantas comidas y otras tantas botellas de rioja. Me emociono, porque los dos han sido muy importantes para mí, y generosos. Todo lo que me han enseñado, me lo han regalado.
Su tiempo, su fe en mí, su sentido del humor, técnica y mirada.
Azcona me habló de la guerra, de la pobreza, ‘acuérdate, Alejandra: el dinero deslumbra’. Del hambre, ‘yo tengo hambre retrasada ¡desde la postguerra!’. Y, de la mirada masculina, del deseo, del detalle, ‘vi una figura femenina… (el resto me lo guardo)’ De los finales, ‘que son lo más importante’, de los diálogos, ‘que mejor que digan lo contrario de lo que piensan los personajes’, y del gag ‘sácale jugo, repítelo’, y… y…
Me contó un montón de historias. Sinceramente, creo que le gustaban nuestras reuniones, siempre en un bar. Con Azcona no se trabajaba en la oficina y, yo eso, se lo copié. Yo le conté que, a los seis o siete años, había aprendido a leer sus guiones del revés. Las páginas de los guiones se imprimen a una cara, y como se hacen muchas versiones, mi padre, que para quien no lo sepa es un productor de cine importante, me los daba para que yo los usara como cuadernos de dibujo, pero del revés, y con una condición: no leerlos. Le dije a Azcona, que sus guiones fueron para mí, una cerradura por la cual mirar para espiar el mundo de los adultos.
Era muy pequeña —si no recuerdo si algún día llegué a almorzar con Juan y Azcona a la vez, tampoco soy capaz de recordar el mundo de los mayores que yo podía imaginar con esa edad— pero supongo que lo que se veía era un mundo compasivo con las flaquezas humanas, incluso las de los más mezquinos.
No pienso comparar, las comparaciones son odiosas.
Juan Eslava Galán es un gigante, un maestro, y he compartido con él mucho más que un proyecto, en fin, he compartido una guerra. Es mi amigo. Me enseñó humildad, creo que de Juan, además de regalarme mil lecciones sobre cultura, religión, respeto y rigor histórico, conocimiento sobre el ser humano, atención al detalle, humor por supuesto… me enseñó humildad.
Juan es un hombre bueno, compasivo y paciente. Generoso, espléndido con su tiempo y con sus consejos. Rodeado de mujeres que le aman con todo nuestro amor femenino, y creo que eso es su debilidad.
Juan es uno de mis nombres favoritos y Juan es una de mis personas favoritas.
Mira que es difícil, normalmente sé por dónde acabar, que ya decía Azcona que ‘si el final es malo, arruina toda la película’.
Mejor dejemos este post sin terminar.
Alex
P.D. – La de la foto soy yo… ¿qué habría leído?
