Katia

Katia entró en clase sin mirar a nadie. Se sentó en primera fila, puso encima del pupitre su carpeta y su estuche, apoyó la cabeza sobre su mano, en plan meditabunda, y esperó a que llegara el profesor. Llevaba un pantalón vaquero y un peacoat azul marino, que es un clásico chaquetón marinero; debajo, no sé. No nos quitábamos el abrigo porque en Suiza hace mucho frío y dentro del aula también lo hacía. Me pareció alta y guapa, como una gacela; unas pocas clases más tarde, inteligente; hacía preguntas interesantes y sin timidez, con curiosidad. Siempre he pensado que la curiosidad es un síntoma de inteligencia. Nos hicimos amigas poco a poco, no fue inmediato. Fue casi sin querer. Hablamos. Con ella hablar es fácil y largo. Después de arreglar y desarreglar el mundo durante miles de horas, nos dimos cuenta un día, que nos habíamos convertido en inseparables.

Somos almas gemelas y cuerpos opuestos. Por ejemplo, ella es desordenada y yo todo lo contrario. Es salvaje, yo urbana. Me gusta nadar en agua fría, a ella nada. Sin embargo, a las dos nos encanta diseccionar el alma humana, la literatura y a los hombres. Me pongo a escribir sobre ella y me mondo; yo creo que me va a matar. Katia no es tímida, pero es reservada. Entre nosotras hay un mundo entero que solo es nuestro, lleno de carcajadas, de aventuras y de secretos. (Tranquila, querida amiga, no desvelaré más de la cuenta, le digo). 

En el internado, compartíamos habitación y la dividimos con una línea virtual que separaba su zona de la mía. Lo pactamos así, para que su desorden no invadiera mi orden ¿o al revés? Cada lado tenía, por supuesto, su cama, con un cabecero que también funcionaba como mesa de estudio, una lamparita, una silla, y su pared, donde podíamos poner pósters, fotos… la miscelánea que quisiéramos. Con echarle un vistazo a aquel mural, uno podía ver la radiografía de nuestras jóvenes vidas. En el suyo: la foto de su perro, un pastor alemán precioso, que no recuerdo cómo se llamaba; otra de sus caballos y la de la Sabana. Katia añoraba África. Es de allí, y durante todos los años de colegio, y de universidad, lo que más deseó fue volver a su hogar.

Volvió, y han pasado más de veintisiete años (creo) desde entonces. Los primeros años separadas fueron difíciles, pero somos resilientes. Es consecuencia de haber crecido en un internado. Solo pude ir una vez a verla; tampoco podía llamarla frecuentemente, las comunicaciones eran carísimas, así que, cuando hablaba con ella, tenía que aprovechar para poder contarle, lo más rápidamente posible, todo lo que no le podía contar a nadie. Después llegó Internet y, con esa revolución, pudimos volver a explayarnos en nuestras conversaciones. Luego, el trabajo, los hijos, los maridos, los obstáculos del día a día e incluso la rutina fueron ahogando nuestras charlas en silencios prolongados. Es comprensible. Mientras yo producía una película y, después, luchaba contra un gobierno que me aplicó su censura, Katia salvaba animales salvajes, y lo mismo conducía de Kenya a Uganda, cruzando fronteras peligrosas, con su león en el asiento de atrás y su mono en el del copiloto, que gestionaba una empresa de infraestructuras.

El verano pasado, me llamó y me dijo: ‘Alex, ¿te puedo ir a ver?’

Tres días más tarde, la esperaba en la zona de llegadas del aeropuerto de Málaga. Salieron los de Londres y los de París, y por fin los de Francoforte (lo escribo en italiano porque lo prefiero a Fráncfort). La reconocí de inmediato. La misma forma de andar, la misma silueta de gacela. Cuando se acercó, nos abrazamos, casi sin poder hablar, pero riéndonos, hasta que le dije: ‘Espera, déjame verte’. 

Me fijé en su cara, buscando a mi amiga, borré el tiempo, y la vi. Era ella, la misma, exactamente igual que siempre. Su elegancia salvaje, su calidez, su ternura, su fuerza indomable, y su risa generosa. ‘Ya. Ahora sí. Estás igual’, le dije. Y, muy en mi línea, empecé a hablar con ella como si la hubiera visto ayer.

El tiempo voló tranquilo. Su presencia siempre curiosa, el afecto en sus palabras, disfrutar de su esencia sin artificios, volver a ser yo. Y, otra vez, la despedida, como las de siempre, como si fuera a verla mañana. 

Me cuesta la distancia. La echo mucho de menos, pero lo acepto. Es el mecanismo de defensa que he desarrollado. Acepto la situación sin estridencias, ignorando la angustia, porque no sé cuándo la volveré a ver en persona. Katia también. En eso somos iguales. Las dos hemos tenido una infancia llena de adioses.

Hemos crecido juntas, nuestra personalidad se ha formado la una influencia de la otra. Un trocito de quiénes somos existe el uno fruto de la otra. Otro trocito es compartido y funciona como una brújula; es parte de nuestra conciencia. Ella me ve tal y como soy, y yo a ella. Sin máscaras. La adolescencia es sincera, y nosotras la hemos compartido. Sin filtros. A veces incluso con brutal honestidad. Lo hemos cuestionado todo: las normas, la autoridad, las tradiciones. Fuimos terribles buscando un horizonte o un ideal, definiéndonos. No hemos cambiado mucho. Nos hemos caído muchas veces, pero nos hemos vuelto a levantar. Nadie nos ha podido robar la rebeldía.

Katia es esencial en mi vida. Es mi guerrera de luz. Y además, cuando me olvido, ella me recuerda quién soy.

Alex

P.D.- La foto fue capturada por la cámara espía de mi marido; las dos en nuestro mundo.

La banda sonora 👇🏻 una de las canciones de mi playlist del verano pasado.