La loca de los difuntos, que era como se la conocía en el barrio y en las iglesias, las basílicas, los monasterios, las capillas… de Madrid, abrió el periódico, que cada mañana le llegaba a casa en edición impresa, por el final. Pasó de la crónica social, del horóscopo y de los deportes ni digamos, y buscó las esquelas. Dos publicadas, y los dos funerales anunciados se celebrarían en Santa María de Caná, en Pozuelo; demasiado lejos. No los quiso apuntar. A Marta Swann últimamente le costaba encontrar una misa. Entre que los faire-part casi ya no se imprimen para nada, prácticamente todos los comunicados se envían por Whatsapp, y que tenía el carnet de conducir caducado, llevaba tres días sin poder escuchar un réquiem. Y eso, a la loca de los difuntos, que llevaba más de siete años aferrada a los funerales como aquel que se aferra a su último amor, le parecía un tormento.
Marta Swann no estaba loca, solamente era una excéntrica, una melómana con abono en el Real y un armario chic y perfecto para ir siempre de luto. También era una romántica, y le encantaban las flores y el olor a incienso, y las perlas, que dicen que hacen llorar, y había desarrollado una teoría, después de ver Love Actually, la película británica que más le gustaba ver en Navidad, en la que deducía que el amor no está en las llegadas de los aeropuertos sino a los pies de cualquier altar. Además, Marta, que nunca tuvo suerte en el amor, era prodigiosamente afortunada con todo lo demás. Jamás un resfriado, ni siquiera el Covid se pilló, y eso que durante el confinamiento, había seguido acudiendo a misa; jamás pidió un plato que estuviera agotado en ninguno de sus restaurantes favoritos; jamás perdió la pareja de ningún calcetín en la colada. Realmente era una mujer que había nacido de pie. Por eso confiaba en el destino y de vez en cuando se decía: ‘los dioses me protegen’. Abrió una de sus redes sociales y lo encontró, y obviamente no le extrañó. Leyó:
Adiós a Esteban Villalta Marzi, genio y superhéroe de la Movida madrileña
‘La Movida, cuando Madrid fue pequeño porque todo el mundo se conocía; un mini Nueva York, que no dormía’, pensó. Y anotó la fecha del funeral en su calendario.
Y llegado el día, ahí estaba ella, como una más, rodeada de amor en una despedida.
Terminada la misa, el cura dio paso con un gesto a una joven que se levantó del banco y se acercó al atril situado a la izquierda del altar. Sacó unos folios y empezó a leer en voz alta. Y a la loca le pareció que no leía, que recitaba, porque tenía la voz dulce, serena y la dicción perfecta.
“Papá hermoso, papá querido,
tú siempre has sido mi don Quijote. Ibas por la vida con el pincel en la
mano, tu arma de fantasía para enfrentar al mundo.
Usabas la paleta y mezclabas los colores y entonces lo que era gris y
oscuro para los demás, en la sociedad exterior, se convertía en verde
naranja rosado para ti. Para nosotros.
Los objetos cobraban vida. Las manos paradas se volvían arte en movi-
miento. Las caras serias de los extraños que cruzábamos en la calle ex-
presiones feroces de héroes cotidianos. Los ladrillos flores. Las olas del
mar tsunamis para cabalgar con una tabla de surf. Donde no había sonri-
sas tú las ponías, donde las cosas no crecían tú las hacías rascacielos.
Tú papá hermoso, para querido, siempre has sido mi don Quijote.
Con tu pincel pintabas el mundo y luego me enseñabas a hacer lo mismo
pero con los ojos: “lo que ves Lulú” – decías- “es lo que te muestran. Pero
lo que miras, eso solo tú sabes lo que es. Y eso es el tesoro más gran-
de”.
Nuestra canción favorita era el mundo al revés, recuerdas? Desde que
era una bebé en la cuna me la cantabas. Todas las noches. Y en los días,
porque eso que las nanas se cantan solo para dormir también es una re-
gla de los demás. Un estándar para mantener el orden.
Pero a nosotros nos encantaban el desorden y el caos papá. Por esto
crecíamos juntos de la mano, y veíamos al príncipe malo, la bruja hermo-
sa, el pirata honrado mientras jugábamos, o pintábamos en el estudio, o
simplemente paseábamos por el Trastevere o nos bañábamos en Illetas.
Porque para ti papá siempre todos merecían una oportunidad. El mundo
estaba hecho de esto, el tuyo, el mío. De oportunidades. De piratas
honrados. De brujas hermosas. De darle la vuelta a las etiquetas y
mezclarlas, como con la paleta de colores, exactamente así, tú, mi papá,
mi don Quijote querido, me has enseñado a amar el mundo.
Y a sentirlo. Sonriendo. Riendo. Sacando fuerzas de adentro. Con esa
pasión que fluía en tus venas y que fluye en las mías. Y en las de mis
hijos, tus nietos. Papá hermoso, papá querido,
Todos los días los niños me piden llamar al abuelo Esteban y eso me
llena el corazón y los ojos de lágrimas. Lo sé que esas lágrimas no te
gustan y que si fueran uno de tus cuadros las estarías pintando de dia-
mantes y purpurina. Algo que brilla de felicidad y fuerza, que no se cae,
que resiste. Que recuerda lo bueno, todo lo bueno y lo vital de la vida.
La vida si, porque aquí tú estás.
Estás en nosotros siempre, estás en la creatividad de Teodora que cuan-
do sale del cole se pone a pintar, y como le encanta, quiere ser pintora
como el abuelo Esteban, eso ella dice.
Estás en la sonrisa de Tancredi que es la tuya – eso no es misterio para
ti, lo sé, pues siempre decias que era igual que tú , “como se me parece
mi nieto”, cantabas por las calles de Roma con la voz llena de orgullo.
Tu nieto, que ahora ha aprendido a hacer corazón con las manos, las
mismas manos que tú pintabas siempre, a la flamenca, en movimiento,
expresivas y que ahora el mueve en el aire como si estuvieran sujetando
una rosa. Tu rosa.
Y ha nacido Clemente Esteban papá. Y tiene tus ojos. Tus mismos ojos.
Y sé que has sido tú sabes a enviarlo? Que le has dicho que llegara
pronto para tomarme la mano, para sujetármela en esta distancia devas-
tadora que no nos ha permitido hacerlo a ti y a mí. Tomarnos las manos
fuerte. Una vez todas las veces hasta que hubiéramos podido. Papá.
Porque los ojos de Clemente Esteban son tus ojos, los míos, los nues-
tros. Ahora empieza a abrirlos y a ver el mundo, lo contempla, se queda
minutos a observar detalles que los demás no entendemos, y eso es por-
que justamente él el mundo no lo ve sino lo mira, como dirías tú. Como
harías tú.
Clemente Esteban llegó exactamente el día que tu papá saludabas a la
tierra, que hacías con tu cuerpo físico una última danza, en ese mismo
momento – eso no puede ser coincidencia, no?- el nacía. Y me agarraba
la mano. Y mientras nacía papá, tú estabas allí. Y yo gritaba fuerte “es
para ti papá, para ti papá”. Y no te paraste ahí. Papito. Seguiste. Porque me hiciste un regalo
increíble. Unos días después, estos días, encontré tu voz registrada.
Un mensaje en el que decías lo orgulloso y feliz y emocionado que
estabas porque había nacido tu nieto hombre. Te referías a Tancredi pero
la tecnología y la vida tienen ese poder de ser infinitas, no decías el
nombre, solo decías “mi nieto” con la voz cortada de la felicidad.
Y todas las mañanas,en el aquí y ahora, yo escucho esa voz papá,
tu voz, y sé que es tu regalo, es el jodete a la distancia a los océanos a
las cadenas que nos han tenido atrapados yo aquí y tú allí, es la
magia de mi don Quijote, su mundo al revés, nuestros colores. Es tu ma-
gia papá. Mi papá hermoso, mi papá querido.
En nuestra última conversación me dijiste que estabas muy cansado. Yo
te contesté que descansaras todo lo que pudieras, que estuvieras tran-
quilo. Y así has hecho.
Pero aquí papá no descansas. Aquí sigues danzando. Con nosotros.
En la creatividad de Teodora, en la sonrisa de Tancredi, en los ojos de
Clemente Esteban.
Porque tu mundo de fantasía mi don Quijote querido, amado papá, es
nuestro mundo de verdad. Es tu legado. Tu risa. Tu baile. Tu fuerza. Tu
pasión.
Es el amor.
Tu amor para nosotros papá, nuestro amor para ti.
Es la vida, cuando se queda. Cuando fluye. Cuándo como en un mundo
al revés cambia y sigue.
Y entonces papá no hay adiós ni ciao. No hay cadenas ni distancia.
Estamos en un cuadro vivo colorado y juntos. Con piratas honrados y
brujas hermosas.
Porque aquí donde está nuestro amor, donde estamos nosotros, están tu
creatividad, tu sonrisa y tus ojos. Aquí donde está nuestro amor estás tú papá,
Lulú”
Y a la loca, que trataba de contener la emoción, se le escurrieron las lágrimas, se le corrió el rímel, se le metió el corazón en el puño, y bendijo al destino por el privilegio de haber podido escuchar aquella carta, en voz de una sirena, de amor sublime. De amor.
Alex
P.D. – Con todo el cariño para Lucrezia, hija de Esteban Villalta, que me ha permitido compartiros su bellísima carta; y para mi amiga Patricia, su esposa viuda ❤️
A Esteban, allá en el cielo, con mi profunda admiración.
La foto está sacada de su web: https://estebanvillaltamarzi.com
Y la banda sonora 👇🏻 Sildavia, de La Unión.
Y El mundo al revés 👇🏻
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