Cada año, Esther esperaba la llegada de la noche más corta, umbral que precedía a su nueva temporada de amor de verano. Nunca el mismo, jamás duraderos, siempre recordados. La colección de amores tresmesinos no era extensa, pero sí que era intensa.
El primero no fue premeditado. Esther llevaba tiempo con el duelo superado por el desamor de su quinto o séptimo novio, y prácticamente había tirado la toalla. “No me pienso volver a enamorar”, pronunció la frase mágica, la que abre la puerta otra vez, la que te señala como disponible, en el mercado, como dicen los menos sofisticados. Es curioso cómo, en el amor, todo funciona al revés. En cuanto uno deja de querer enamorarse, el amor se rebela, sin embargo, del romántico que lo desea, huye. Se había pasado mil años, Esther, autoanalizando su ruptura, hasta que finalmente llegó a la deducción de que todo fue producto de sus hormonas, “el amor no existe; luego, el desamor tampoco; soy libre”, algo así era su mantra. Mantra que se repitió mentalmente, para distraerse, durante todo el tiempo que duró el vuelo de Madrid a Mykonos. Iba contenta. Con la maleta perfectamente pensada: sus tres vestidos recién comprados en el mercadillo hippie, sus cuatro bikinis ideales, las sandalias griegas de cuero natural, un montón de potingues y, en fin, todo lo demás. Solo tuvo que pagar un ojo de la cara por el exceso de equipaje y parece que al taxista que la llevó al hotel hubo que sobornarlo con otras cuantas dracmas, que entonces era la moneda que se usaba. Llegó a la recepción, entregó el pasaporte, preguntó por su amiga y el conserje dijo que Susana todavía no había llegado. Desde Galicia, su vuelo aterrizaría un poco más tarde.
A la hora de la cena, las dos por fin reunidas compartían una musaca, un tomate con queso feta y una botella de vino rosado. Una rubia y una morena, una soltera y la otra casada, una profesora de Pilates, la otra de Piano. No tardó ni un milisegundo Eros en detectar a Esther, con su vestidito blanco de broderie anglaise, su melena recogida, como una ensaimada dorada sobre la nuca, y sus alpargatas. “¡Una descreída del amor!”, dijo Eros con ironía, y soltó una carcajada que reverberó tanto que sacudió a Dimitri, en la otra punta de la terraza, para que se fijara en ella.
Dimitri olía a piña, a cardamomo y café, y a canela. Abrió la veda. El resto es historia. Esther volvió al amor, pero al amor efímero, incontrolable, inolvidable, acotado. Y eso, a Eros, por séptimo año consecutivo, le traía de cabeza.
A punto de iniciar la nueva temporada, el nuevo San Juan, esta vez, Esther lo pasaría en Madrid. Ni hogueras, ni quemaduras, ni baños en el mar. En Madrid, en vez del clásico San Juan, lo que Esther esperaba encontrar era un nuevo Don Juan.
“Madrid… una oportunidad”, se dijo Eros. Porque Esther era gata y vivía en Madrid. ¿Y si su nuevo Juan también viviera allí? A Esther le costaría el doble despedirse de él. Y del roce repetido podría nacer el amor, el verdadero amor. No solo el de la oxitocina, la adrenalina y la piel; el de Eros. El A.M.O.R… Algo así deduzco yo que pensó el dios, pero esto es completamente indemostrable.
Los dioses no hacen planes, improvisan. Observan y, según te comportes, reaccionan. De eso trata el destino, de complacerlos o de cabrearlos, para que con sus risas, o de sus enfados, cambie toda la energía. Pero Esther, aquel día, iba un poco desganada. El asfalto madrileño abrasaba, y en el callejón, la competencia por los favores de Eros era impresionantemente feroz. Por eso, la falta de ánimo de Esther, por primera vez, hizo que el dios del amor la ignorara.
—Este verano no me apetece tener ninguna historia con nadie —le confesó a Ricardo, su mejor amigo, nada más llegar.
—Con lo divertidas que son tus aventuras… ¡No me digas eso!
—Ya. Me paso el año preparándome para el verano. A dieta y en el gimnasio. Es un curro. Todo para estar a tope y hacer que sea memorable.
—Hija… ahora lo entiendo. Si solo te lo planteas en plan físico, no me extraña que te hartes.
—Oficialmente, el verano no ha empezado… Todavía tengo unos días para mentalizarme, pero creo que me he cansado de coleccionar amores de verano.
—¿Sabes qué me parece a mí?
—¿Qué?
—Todo esto de tus ligues de verano, en realidad, empezó cuando habías decidido no volver a enamorarte, ¿te acuerdas?
—Es verdad…
—Y luego, lo has convertido en una especie de objetivo, ya ni siquiera es un ritual, es como un deber. Le has quitado toda la magia, Esther.
—Qué razón tienes, Ricardo. Yo me pongo el disfraz de seductora en verano y me lo quito en cuanto llega el otoño. Era más auténtico al principio, creo, pero ahora ya es puro teatro.
»Lo que no ha cambiado es lo de no volver a enamorarme. En eso estoy igual.
—Mira, darling —Ricardo en vez de ‘querida’ decía ‘darling’ porque era costarricense—, lo de ‘no me quiero enamorar’ te lo he recordado porque justamente cuando uno dice eso, es porque está listo para volver a caer, hasta… como dicen acá: hasta las trancas. De hecho, el primero después del innombrable, el griego aquel… ¿cómo se llamaba? El que olía a piña-colada…
—Dimitri…
—Eso, Dimitri… Dimitri te volvió loca… Era muy romántico verte tan enamorada.
—¿Enamorada?
—Pues claro. Lo que pasa es que te empeñaste en negarlo y después en buscarte amores imposibles… con vidas incompatibles con la tuya. Eres como una náufraga del amor, cada verano en una isla.
—Rescatada por los largos inviernos.
Esther había dejado de creer en el amor, pero no por culpa de un desamor, por culpa de fingir que no creía en él, fake it ‘til you make it, hasta que lo consiguió.
—No lo llames amor de verano, llámalo sexo de verano… y eso, darling, puedes tenerlo todo el año.
Esther llegó a casa, encendió el aire acondicionado y canceló su billete a Ibiza.
“Creo en el amor; he superado el desamor; ahora soy libre”, o algo así fue su mantra, que repitió con la cabeza apoyada en las plumas de su almohada.
Qué corto se hace el verano.
Alex
P.D. – La foto es de una hoguera de San Juan en Málaga. Y aquí el último episodio de la temporada de Hablamos del amor con Juan José Candón. Amor y verano , en IVOOX o en tu plataforma favorita. Todos los links aquí
¡Feliz solsticio de verano y feliz San Juan!
Y la banda sonora 👇🏻
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