Ceguera del tiempo

No tengo absolutamente ninguna noción del tiempo, soy ciega total de tiempo. Desde siempre. Al parecer es común en personas con trastorno por déficit de atención con hiperactividad, pero a mí no me han diagnosticado nunca con TDAH.

Por culpa de mi ceguera, en el colegio llegaba siempre tarde a clase. El camino del dormitorio al aula, que se hacía a pie, atravesaba un campo donde según la estación se sembraba maíz, colza o remolacha, y otro de manzanos, que en otoño daban unas Granny Smith (las verdes) crujientes, acidas y extremadamente jugosas. Un día, el recorrido duraba diez minutos y otro, veinte. Lo sé por la modalidad de castigo. Si mi retraso superaba los cinco minutos significaba que me había distraído mirando una margarita silvestre y en consecuencia, una hora en la biblioteca. Si llegaba a los veinte de empezar la clase, me quedaba en el pasillo y el motivo era que me había comido una Granny Smith, me había chorreado todo su jugo por la barbilla, me había tenido que lavar la cara, y por lo tanto, el fin de semana entero encerrada. A mí no me importaba. Como no tengo sentido del tiempo, me daba completamente igual, para desesperación de mis educadores. Me he pasado media infancia castigada. A mí, una hora me dura lo mismo que un minuto, y además, los castigos sin salir, me permitían leer. Allí metida, absorbida por la lectura y el olor de los libros viejos, en la biblioteca, leí Anne of Green Gables de Lucy Maud Montgomery, que era una niña huérfana —la protagonista, no la autora— con la que yo me identificaba muchísimo. Será por eso que siempre comparo el internado a un orfanato.

Por cierto, han hecho la serie Anne with an E, basada en las novelas y es muy buena. Os la recomiendo.

‘Se distrae con una mosca’, añadía la directora al margen de mis notas. Pero no era porque fuera distraída, sino porque mi cerebro no mide cuánto tiempo estoy en lo que estoy. Podría parecer una ventaja, porque estar castigada me importaba un bledo, pero llegar tarde a una cena, perder un avión, encontrarme la farmacia cerrada, la película empezada, ese tipo de cosas, no dan igual. Así que, poco a poco, me fui disciplinando para mirar el reloj —cosa que a cualquiera le parecerá una chorrada— pero calcular el ritmo para echar una ojeada a mi muñeca, para mí, es todo un desafío. Por eso, en mi casa, tengo un reloj en el baño y otro en la cocina (y no tengo más por disimulo) que me ayudan a medir el tiempo. Intento ser puntual, pero aun así, fallo bastante. Pido perdón. Perdón a todos los que he hecho esperar alguna vez y perdón a los que todavía me esperarán otra vez más. Recordad mi ceguera y no os enfadéis.

El pasado verano hice un experimento absurdo: quitarme el reloj. De vez en cuando, y supongo que ‘de vez en cuando’ para mi, significa: una vez al año, o cada dos o tres… yo qué sé… cada x, me da por hacer experimentos. Por ejemplo, el experimento de desayunar en la cama, que duró un par de años; o el de vestirme siempre con vestido, o con falda, o no llevar maquillaje; o el de ¡no ponerme crema hidratante! Ese sí que fue absurdo, menos mal que creo que eso duró muy poco. En cuanto se me resecó la piel, terminó el experimento. Pues bien, el verano pasado fue el de ir sin reloj. Para ver qué pasaba. Era un plan perfecto. Treinta días sin conciencia ni medida de las horas, ni los minutos, y sin marcas de bronceado en la muñeca. Ya os lo he dicho, la motivación es siempre completamente absurda. El resultado fue terrible. Me perdí. No solo perdí el tiempo, pero es que me perdí en el espacio, mareada, incluso con vértigo, en el abismo.

Mi infancia, antes de que me regalaran mi primer reloj, debió de ser terrible.

Para mí, el tiempo sin mesura, sin poder saber si han pasado cinco minutos o cinco horas, me sumerge en un espacio continuo, sin pasado ni presente, donde todo sucede a la vez. Quizás por eso, yo nunca cierro del todo. Mis adioses son hastaluegos, y el pasado es un lugar no al que volver sino donde estar. Todo sigue existiendo de alguna manera, aunque sea en paralelo, sin distancias, ni caducidad, en un ahora extendido. Sin Cronos. Quizás ese es mi Kairós. Mi ceguera me mantiene en suspensión; asomada al precipicio del espacio atemporal donde convive lo que ha sido, lo que podría haber sido con lo que podría ser.

Dicen que los ciegos desarrollan otros sentidos, no sé cuál habré desarrollado yo.

Alex

P.D.- Los castigos por las Granny Smith merecieron todos la pena. Jamás he vuelto a probar unas manzanas como esas. La foto es del pasado verano, sin maquillaje y de vuelta con mi reloj. Puede que repita experimento… no lo sé.

Y la banda sonora 👇🏻