Zeitgeist. Es una palabra alemana que me encanta. El alemán tiene estas palabras fabulosas que encierran y definen conceptos complicados que nosotros necesitamos expresar usando una o varias frases. Como Schadenfreude, que es la alegría por el daño ajeno, o Kitsch, que es una mezcla de hortera y chulo a la vez. No hablo alemán. Apenas lo chapurreo un poco. Lo estudié cuando era niña, pero no lo suficiente; lo que aprendí, prácticamente todo, se me ha olvidado. Pero algunas de estas palabras son conocidas porque se han internacionalizado, y se usan bastante en inglés. Zeitgeist, que se pronuncia saitgaist —ya sabéis, tampoco es Einstein, es ainstain y franquenstain… y Calvin clain— es una de ellas y significa: el espíritu del tiempo. Un término que yo descubrí gracias a Google —lo que ahora es Google Trends, antes se llamaba Google Zeitgeist— y creo que por eso se popularizó. Sin embargo, el zeitgeist no es simplemente una tendencia —quizás por eso los de Google le cambiaron el nombre—, no es algo fútil. El zeitgeist define el espíritu, el estado cultural e intelectual del momento, hasta que este cambia (si acaso lo hace); es algo mucho más interno que una tendencia.
He visto dos series de televisión seguidas, que acabo de terminar. Il Gattopardo, que está basada en la novela homónima de Lampedusa, y La Emperatriz, que cuenta la historia de la emperatriz Sissi (Isabel). Ambas historias suceden más o menos en la misma época y en ambas su zeitgeist está en la tensión que existe entre el pasado, que se resiste a desaparecer, y el presente, que lucha por que el futuro sea diferente. Me han entrado muchas ganas de leer la novela Il Gattopardo. Conocía la famosa frase que pronuncia el personaje de Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, pero supongo que como no la he leído, nunca he llegado a comprender esa frase bien del todo. Me resultan mucho más fáciles los refranes, como: “adaptarse o morir”. Aunque creo que esto no es un refrán popular y que tiene como autor a Darwin, y hace referencia a la selección natural (algo políticamente muy incorrecto hoy en día). El caso es que ambas series me han devuelto la curiosidad por comprender cuál es el espíritu de nuestro tiempo. ¿Cuál es nuestro zeitgeist? ¿Qué es lo que hay que cambiar? ¿Qué es lo que se resiste al cambio? ¿Qué es lo que queremos que siga igual?
Primero he intentado contestarme a esas preguntas, pero después, me he dado cuenta de que la duda, la tensión entre lo viejo y lo nuevo, la resistencia de lo que quiere persistir frente a lo que clama cambiar, es lo que define el espíritu del tiempo, y es una constante en permanente movimiento. Es Yin y Yang. Unos en una zona, otros en otra, todos en el perpetuo desequilibrio que permite el movimiento, muy pocos en el lugar del observador, el que más me interesa (al menos hoy). Porque el observador es quien dirige la mirada hacia lo que no debería cambiar para que todo cambie. Es una mirada, como la del Príncipe Salina de Lampedusa y la de Jep Gambardella de Sorrentino, irónica, perspicaz, libre y enfocada al amor, a la belleza, al alma.
El observador es ese testigo lúcido, a veces desencantado, incluso cínico, cuya inteligencia le permite mantenerse al margen, tanto del entusiasmo como de la nostalgia. Se conmueve pero no se indigna. Ve más allá. Por eso su mirada es irónica, elegante y tiene un punto de crueldad, pero nunca es egocéntrica. No necesita que lo admiren sino ser fiel a él mismo. No necesita poseer para amar.
El observador ha perdido la fe en el sistema, reconoce la farsa, pero elige quedarse dentro del teatro. No desprecia el mundo. Ve el encanto en su decadencia, y la ingenuidad en su futuro, con ternura y distancia a la vez. Es alguien que lo ha tenido todo pero que no lucha por recuperarlo sino por comprender qué es lo que hizo que se perdiera.
El observador es el único capaz de vivir en equilibrio, en el umbral, en un estado liminal que le permite ver el zeitgeist sin formar parte de él. En un mundo polarizado, supongo que esta es la postura más radical. Creo que por eso me fascina.
Me siento como la observadora del observador, y me asombra.
Alex
P.D.- En la foto, el cuadro de Caspar Friedrich Caminante sobre mar de nubes, uno de los favoritos de mi hijo Adrián, que también es un observador. El cuadro está en la Kunsthalle de Hamburgo y fuimos juntos a verlo.
Y la banda sonora 👇🏻
