Toros

1 de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio ¡San Fermín! A Pamplona hemos de ir. 

No he estado nunca en los Sanfermines, pero me gustan los toros. Yo no veo un sacrificio, veo vida. Para mí la vida no es solo vida, también es muerte, es supervivencia, es lucha, es honor, es humildad, es belleza, es arte, es dignidad, es economía, es cruel, es coraje y es lo que todos queremos: emoción.

En un mundo en el que todo está enfocado a anestesiar la emoción, la Fiesta es lo más cercano a la verdad. Ilusos los que se creen que cegando lo incómodo no van a anular todo lo demás. Como si uno pudiera apagar unas neuronas y dejar encendidas otras. Todo se apaga. Es como bajar el volumen del instinto al completo. No es solo cambiar de canal. Cuando uno se desconecta del miedo, también se desconecta de la pasión. Por eso existe el cine de terror. Para servir sensaciones en paquetitos tragables con palomitas que el cerebro no distingue si son de verdad o de mentira y proporcionan emoción. Alimentamos nuestra pasión con temor. De hecho, el miedo es un potente afrodisiaco.

El cine y la Fiesta. La farsa frente a la vida. En la película Avatar cuando matan un animal y le dan las gracias, todo el mundo lo llama espiritualidad. En la plaza, el mismo rito también es sagrado, pero de verdad. 

Yo amo el cine porque ha sido mi modo de vida, nací en él. Sé lo que quiere el público y por qué lo necesita. Los cineastas no siempre hacemos buen cine, no es fácil, y es caro, pero todos los que nos dedicamos a esto sabemos para qué y para quién lo hacemos. Tampoco en cada lidia hay arte, pero sí hay un elemento invariable: vida. 

Amo la vida. 

Y amo el toro. El animal más noble y valiente del planeta, que aún herido embiste; él es el gladiador. No siento pena. Es un animal bautizado, respetado, criado, en el que se invierte mucho esfuerzo y mucho dinero, para nuestro consumo, como una ternera, un cerdo —me ahorro seguir mencionando la cadena proteica entera— pero con otro final más digno y más humano. Nos lo comemos igual, pero está consagrado, es sagrado, es el toro bravo con toda su fiereza el elegido para representar el ritual divino en honor a la vida. El rito es lo humano. 

Admiro al Matador. El Matador de toros, el héroe real, no el de la pantalla, el de carne y hueso, el que no interpreta un papel sino que lo encarna, el que ocupa su lugar en su fatalidad. El hombre que por la tarde decide jugarse la vida porque entiende que la vida es sublime, confía en su destino y eleva su danza y su existencia a los altares de la belleza. Admiro al torero y me conmueve su arte, su miedo y su pasión. Solo él es capaz de transformar la espiritualidad en arte, el miedo en pasión, delante de todos, y hacernos vibrar; la plaza entera vibra y se llena de emoción. No hay una comunión igual en ningún otro teatro.

Yo no quiero que me amputen ese trozo de vida, de realidad que me confronta con lo más profundo de mi existencia. No es solo espectáculo, no es solo alimento, no es solo belleza, es una experiencia que trasciende y que me conecta con mi esencia, con lo más profundo de lo que soy. Sangre y supervivencia. Miedo, pasión, compasión y sentido. Porque en la arena, la puta vida cruel que necesita matar para vivir, que compite, se traiciona, es cobarde, hipócrita o ciega, se transforma en arte, en honor, en verdad, se honra. Me siento partícipe de una estirpe de guerreros que no piden perdón y que quieren mirarle a la vida de frente, sublimar la levedad del ser, hacer de la vida algo más que en voracidad. Quiero comer, pero yo necesito amar.

Además, no se puede vivir negando la muerte. Memento mori. Solo somos hombres. No somos inmortales. Solo quien acepta lo efímero siente urgencia por cuidar del instante; solo quien se juega la vida sabe lo que significa amarla; solo quien ama la vida respeta la del animal. 

Que se quede quien quiera con sus neuronas anestesiadas, que no lo haga quien no sepa mirar a la efímera vida a la cara, que pase de largo quien ignore que a lo mejor no estará aquí mañana. A mí no me van a prohibir comulgar. No me van a prohibir temblar.

Y después, en el calor de una tarde de verano, con la brisa que levanta la muleta y complica la faena, me dirá el entendido, ‘mira cómo se arrima’, ‘mira con qué música danza’, ‘mira qué temple tiene’. 

¡Pobre de mí!

Alex

P.D.- La foto es del maestro Morante de la Puebla, que protagonizó una histórica puerta grande en Madrid. Tal fue la pasión con la que se sacó a hombros al genio sevillano, que fue llevado a hombros desde la plaza hasta el hotel Wellington. Un momento para no olvidar jamás.

Y la banda sonora 👇🏻 La Saeta de Tangana.