Chris

Antes de existir los móviles, llamábamos a las casas. Cogía el teléfono el que se encontrara cerca del aparato y contestaba: ‘un momento, por favor’, y añadía: ‘¿de parte de quién?, y te avisaba: ‘te llaman por teléfono’. ‘¿Quién es?’, preguntabas tú, porque según fuera la persona, podías decir: ‘dile que he salido’, o ‘dile que luego le llamo’, ‘estoy ocupada’. Y el correveidile, aunque refunfuñando, volvía al teléfono y trasladaba el mensaje: ‘acaba de salir’, o ‘no se puede poner, ¿le dejo algún recado?’ Y todavía volvía con el recado: ‘ha dicho que le llames’, ‘que te volverá a llamar’, ‘que ya está listo el encargo para recoger’, cosas así. Pero, cuando me decían: ‘es Cristóbal’, mi reacción siempre era la misma: salir corriendo a coger el teléfono, porque mi amigo Cristóbal-Christopher era mi amigo más querido y encima ¡me llamaba desde Nueva York!, cuando las llamadas costaban un ojo de la cara. 

Chris —que es como le llamo yo (y todos)— es mi mejor amigo. Una vez, un novio que tuve, me dijo que yo solo tenía un verdadero amigo, y se refería a él. El único, según aquel ex, sin ideas románticas conmigo. Fue un comentario intencionadamente halagador pero que a mí no me hizo ninguna gracia, porque hizo que me cuestionara a algunos de mis otros amigos; nunca a Chris.

Le conozco desde los doce años. Llegó al colegio siendo el único americano que hablaba francés. Algo que entonces (como ahora) era extraordinario, rarísimo, porque a los anglo(parlante)s les cuesta mucho hablar en otro idioma que no sea el suyo, y encima, hablarlo bien es casi un imposible. Solo conozco a dos anglos que dominen otros idiomas, y uno es él. Claro que Chris venía del Liceo Francés de Nueva York y tenía un francés perfecto. Un mix que me fascinaba (y me fascina). Mi amigo americano, francófono y francófilo, es la primera persona que me ha parecido verdaderamente cosmopolita. Sí, Chris es como el Cosmopolitan que Carrie Bradshaw (Sex and the city) encontró en Big.

Una vez, su hermano, que jugaba al hockey sobre hielo como el protagonista de Love Story —otro icónico neoyorquino—, me contó una historia que me divirtió muchísimo. Resulta que en verano, su familia pasaba las vacaciones en Los Hamptons, en una casa que tenía dos escaleras: la principal y la de (supongo) servicio. Y a los niños solamente se les permitía usar esta última. Chris, ignorando las reglas, fue pillado bajando por la de los mayores. “¡Chris! That’s only for adults”, dijo quien le llamó la atención, pero Chris, con toda la convicción del mundo, contestó que él era un adulto.

Adulto. Imagino que para él, de niño, ser adulto significaba ser alguien. Y, efectivamente, Chris siempre ha sido alguien. Desde luego lo es para mí, y además de ser alguien, es uno de los hombres más inteligentes que conozco. Es un financiero que ha hecho la carrera de filosofía, ¿acaso esto no lo dice todo?

Recuerdo que el segundo septiembre de nuestras vidas llegó con sorpresa. Si con doce, más o menos medíamos lo mismo, a los trece, de repente, Chris volvió de Los Hamptons sacándome una cabeza. Y cambió su voz. Se metamorfoseó en un joven adulto, con derecho a usar la escalera principal, y muy guapo. El resto siempre ha permanecido intacto: su buen humor guasón, su curiosidad extrema, su perspicacia, su verborrea y su innato sentido de la justicia. Chris es brillante y también es un glotón. Le gusta comer bien, reír hasta llorar y cuidar de los que quiere. A mí, incluso me ha salvado la vida.

Estábamos en clase de dibujo, todos concentrados y en silencio, satisfechos cada uno con nuestras obras de arte. Era un día de febrero magnífico, el sol encendía los diamantitos de la nieve para que brillaran como vías lácteas con sabor a vainilla, reflejaba la luz en amarillo, convirtiendo el manto helado en una duna y el invierno en primavera. Al piano, Bach. El gouache en las narices. Y Chris y yo, el uno sentado al lado del otro. Se abrió la puerta sin pedir permiso y, de un salto, se paró —y digo ‘paró’ a lo latinoamericano porque quiere decir que estaba de pie frente a nosotros— mi novio del colegio.

—Esto se ha acabado —creo recordar que fueron las palabras que dijo irrumpiendo en nuestro espacio callado.

Y sacó un revólver con el que me apuntó. 

Mi buen amigo no lo dudó. Se precipitó instintivamente sobre él, le agarró del brazo para dirigir el tiro hacia el techo, forcejearon, el otro cedió y huyó mientras gritaba:

—¡Era una broma!

El arma era una réplica inofensiva, pero la broma le costó la expulsión durante un trimestre entero. Nos lo echó en cara. Por no haber entendido su sentido del humor.

—Si tú no llegas a poner cara de susto y Chris no se me abalanza, no me hubieran expulsado. ¿Cómo habéis podido pensar que yo sería capaz de apuntarte con una pistola de verdad? —dijo y repitió, hasta que un día, al cabo de bastante tiempo, dejó de culparnos a nosotros por su castigo y nos lo perdonó.

La cuestión es que yo, desde aquel día, sé que Chris además de amigo mío también es un héroe.

Hace poco me mandó una foto por Whatsapp —estaba con sus hijas almorzando en un restaurante— junto a un mensaje que decía:

Mira, estamos aquí en Florencia. En el mismo restaurante al que veníamos tú y yo

Y es que Chris y yo, nos pasamos una temporada en Florencia, perfeccionando nuestro italiano, bebiendo Bellinis (sin tener la mayoría de edad para poder hacerlo), ‘jugando’ a hablar con los espíritus mediante una Ouija, recorriendo los Uffizi, las iglesias y estudiando a Dante.

—Este ha sido el peor año de mi vida —le confesé durante un infierno de los míos que me duró unos cuantos años.

—Alex, llevas tres años diciendo que este año es el peor de tu vida…

—Te lo prometo. Te juro que este es el peor de todos…

Lo primero que hice cuando logré volver al purgatorio fue coger un avión a Nueva York para ir a verle y conocer a su primogénita. De vez en cuando, viene él a Madrid, y una vez, cuando le llamé llorando por culpa de un desamor, hasta me mandó él el billete para que cenáramos juntos en Ginebra. Todo esto suena muy glamuroso, pero en realidad es un peaje: el de la amistad a distancia, y no tiene nada que envidiar.

Nevó hasta el amanecer en Ginebra. Desayunamos con el paisaje familiar pintado de blanco y un cielo plomizo que no terminaba de caer gracias a estar apoyado sobre el abeto gigante del jardín del hotel. Algunos recuerdos se quedan grabados así y huelen a fruta escarchada. 

Con Chris puedo pasear en silencio, respirar el aire helado y notar que la melancolía suele conllevar algún significado.

Alex

P.S.- Ayer fue su cumpleaños. Happy birthday again, Chris! En la foto estamos los dos, en una noche de verano, en Marbella. 

Y la banda sonora 👇🏻 porque Chris dice que yo siempre estoy buscando.