No estamos muy lejos del Atlántico, aquí en Marbella, estamos casi al final del Mar de Alborán, cerquita de las Columnas de Hércules, alejados lo justo de las corrientes salvajes, frente a la orilla más fresquita. La temperatura del agua a veces te corta la respiración, te agarrota las manos y se te clava en las piernas; es una maravilla. Unos días hay Levante, otros Poniente, y por lo menos dos o tres veces en agosto se levanta un Terral que quema la piel, salvo cuando sales de la piscina. Los días de luna llena levantan olas que son como garras que remueven el fondo buscando cangrejos y, si te descuidas, te pueden confundir con una roca y convertirte en arena. Esos días, que no son los únicos, el vigilante de la playa iza la bandera roja y algún incauto hasta lo desafía; yo no. Yo respeto mi Mediterráneo recién hecho mar desde el otro lado del océano.
¿Cuántas veces habré flotado encima de ese plano paralelo imaginándome ser hija de Afrodita? No; Afrodita entera. Nacida de la espuma del mar. Con los ojos cerrados, apoyada sobre mi espalda, despatarrada, en su líquido amniótico, en su vientre, dentro del útero de la madre tierra. Reconectando con la Diosa; conmigo. Me paso el invierno rememorándome, sobre todo cuando algo me altera, porque ahí en medio del elemento redentor, dentro de la matriz, bañada por el sol, por Zeus, soy feliz. Es mi momento de hacer peticiones, sé que mis plegarias serán escuchadas porque tengo entendido, eso me contaron en clase de física, que el agua es el mejor conductor.
Cuando fui una adolescente enamorada escribía mis mensajes sobre la arena mojada —a cachitos porque no cabía mucho en las olas que los arrastraban dentro del mar— y sé que viajaban y que llegaban a su destinatario porque Leucosia, mi beluga, con su canto de sirena, suele traer la contestación. Ha sido un mar siempre complaciente conmigo y con mis amores salados bañados con la misma ternura.
Adrián y Gustavo, que son mis héroes, mis guerreros, mis dos hijos, también lo son de Poseidón, con el que han crecido y jugado a romperle las olas en mil gotas. Con quien han aprendido a ganar contra las mareas y a descubrir la vida líquida que lo habita. Se han dejado revolcar, hundir y bañar por él. Una vez, Gustavo vio un calamar gigante; Adrián es un pez capaz de aguantar en apnea mucho más de lo que yo puedo soportar; otro día, uno de los dos inventó ‘la foca’, que es una forma de zambullirse sobre la que llevan discutiendo quién de los dos fue el autor desde ni se sabe. Siempre valientes, osados, libres.
Dos hidrógenos y un oxígeno. La combinación mágica de la vida se evapora. Causará temporales este invierno. Pero hoy, miro al horizonte, busco África, imagino que ahí enfrente hay otro, que como yo, me imagina a mí, respira el mismo salitre, hidrata su piel con esta misma humedad pegajosa que me reboza las piernas de arena.
Mediterráneo, cuna eterna de mi madre. Atlántico, cuna eterna de mi abuelo.
Me levanto y los pies corren, igual que siempre, buscando aliviar el calor con el agua fresca. Me llega el agua al ombligo; no hay marcha atrás.
Nos sumergimos, nos dejamos abrazar, Adri nada hasta la bolla, Gus lanza piedras planas que rebotan y se pierden por el horizonte, y canturreamos una canción.
Alex
P.D. – En la foto, mis cangrejeras rosas, que en Marbella son bastante necesarias. El de la esquina izquierda, es otro fanático que flotaba por ahí.
Y la banda sonora 👇🏻 Mediterráneo de Serrat que suena mil veces mejor que cuando se la canté yo a Gus con tres o cuatro años, con una letra un poco improvisada: «yo soy Gus, soy valiente, me gusta el mar y me gustan los helados… porque yo… ¡nací en el Mediterráneoooo…!» Para quitarle el miedo al mar y ¡funcionó!
