A la Fiesta de la Asunción de la Virgen, puente de agosto —aunque este año, más que puente se va a quedar en fin de semana largo—, al 15 de agosto los italianos lo llaman Ferragosto. Una fiesta que se celebra desde los tiempos del emperador Cayo Octavio Augusto, allá por el año 18 a. C. Las fiestas de agosto, Feriae Augusti, de ahí Fer Agosto y por tanto Ferragosto, y que es una palabra que me encanta y que, para mí, significa: ecuador de verano.
Al Ferragosto se llega de sorpresa, al menos yo, de repente un día has llegado y realizas —perdón por el anglicismo, que es como decir timbrar para llamar al timbre, o checar para chequear; pronto lo meterá la RAE en el diccionario y no sonará tan mal— realizas… o lo que es lo mismo: te das cuenta, que los días empiezan a ser más cortos, que menguan aceleradamente, que con cada minuto menos de luz se va fundiendo el verano, se derrite como un helado, y que las siguientes semanas serán nostálgicas, como una despedida inevitable. Lo inevitable siempre me acongoja aunque sea para bien. Me cuestan las despedidas, los inevitables y las incertidumbres, que aunque vengan con oportunidades, a mí siempre me parecen demasiado inciertas. Por eso, tengo que repetir frecuentemente el mantra: «en la sabiduría de la incertidumbre encuentro mi libertad». Y estoy (sigo) en ello.
Yo no sé si es porque de pronto te haces consciente de la duración de los días, o es porque efectivamente el tiempo para llegar al atardecer se acelera, pero es que a partir del Ferragosto me parece que ya veo septiembre, que ya vivo en septiembre, y casi no puedo ni disfrutar de lo que queda del agosto agonizante, pero vivo, vivísimo hasta el último día. Esto es un mecanismo de mierda —perdón por la expresión— que espero no sea contagioso, porque te impide disfrutar del momento y, por tanto, de los siguientes quince días. Sí. Tengo que recordármelo, que esos quince días más existen —o más bien: si Dios quiere, existirán para mí—, que agosto tiene treinta y uno, que no es un mitad-mes, que es mes entero. Y lo peor: que cuando llegue septiembre será genial, porque encima todos los septiembre siempre me parecen geniales. Sí. Es lo peor, porque sabiendo que septiembre me encanta no me puedo quitar la morriña del agosto que se va.
Ferragosto es un ecuador, es un umbral, es ese paso entre la niñez y la adolescencia, quizás el único, porque los demás pasos de edad están todos mucho más desdibujados; es un estado del alma, de mi alma. Mi alma solitaria y tontamente inconformista, a la que no le gusta que las cosas se acaben, pero desea que empiecen otras. Ferragosto es ese recordatorio. El del momento entre el principio y el final, perdón, entre el final y el principio, que es mejor. Entre lo que se observa y lo que se siente. Como un beso que quieres que se alargue, que te quita un poco el oxígeno, al que te abandonas y te entregas, como si se llevara algo tuyo para siempre, y en el que adivinas otro: el siguiente beso, uno que puede ser incluso más sabroso.
En ese aquí y ahí, entre melancolía y esperanza, entre beso y aliento, dentro de algún estado de estos fascinante en el que todo puede cambiar, a lo mejor también estás tú.
¡Feliz ecuador, umbral, beso! ¡Feliz Ferragosto! ¡Y feliz última quincena de agosto!
Alex
P.D. – En la foto estoy yo, después de una cena de agosto, y de vuelta a la adicción del móvil 😱
Y la banda sonora 👇🏻
