La residencia

Abro el Instagram con el desayuno y el café. Mi hijo Gus me dice que se ha quitado de Insta, de X y de YouTube no sé qué, una versión mini de YouTube o algo así, que yo no sabía ni que existía. Dice que los efectos en la atención son peores que los de cualquier adicción, que uno va buscando el refuerzo constante positivo y que eso es lo que te engancha. Ignoro su aviso y lo abro igual, porque yo no tengo una personalidad adictiva y me considero inmune. Yo creo que nunca me he enganchado a nada, salvo a alguien. La adicción a alguien, esa sí que es terrible, pero eso lo dejaré para otro día. Abro la aplicación, la a-p-p, que yo llamo simplemente ap y me sueltan el anuncio, o como decía el genial Jesús Puente: el consejo publicitario. Por cierto que a Jesús Puente lo conocí brevemente, hizo un cameo en una serie en la que también trabajaba yo, y no nos quiso cobrar. Entonces, mi padre, que era el productor, me mandó comprarle un regalo equivalente al valor de su cameo. Me fui a Loewe y compré el mejor chaquetón para hombre que tenían; lo recuerdo marrón, abrigado y elegante, y que le gustó y que le quedó muy bien. También conocí a su viuda, Licia Calderón, que entonces ya tenía nietos, y me pareció que era una abuela de película. Si algún día soy abuela, que espero serlo, me gustaría ser como ella. 

El anuncio del Insta me aconseja que me apunte a una residencia para artistas. Dos o tres semanas, solo hay sitio para siete, de cualquier disciplina, y casi me lo venden. Por un instante instagrámico me he imaginado compartiendo unos días con un grupito de gente creativa, la mayoría pintores, ¿habría algún poeta?, como si estuviéramos a las afueras de Florencia, en el Decamerón, pero mejor, sin peste, ni Covid, ni miedos, libres, y contándonos cuentos para mis cuentos. Tengo esta facilidad, caer en hacerme películas, pero también la de despabilarme en cuanto me doy cuenta. Tiendo a la fábula y a la racionalidad, es un vaivén entre mi yo y mi yo, un diálogo interno bastante constante, a veces agotador. Sin querer, o queriendo, yo qué sé, recién levantada, hago cosas en automático que me salen al revés, como por ejemplo, servirme el café en el vaso de los polvitos del colágeno (yo no creía en lo de tomar colágeno, pero estoy poniendo a prueba el de Verisol©, ya os diré) y beberme ese mejunje, porque me da pena desperdiciarlo o, como me ha sucedido con el Feed del Insta, darle a actualizar y perder el anuncio de la residencia. “El negocio que se hace con los artistas”, mi razón ha razonado. «Les, nos, cobran por todo».

El artista es un filón.

Clases magistrales, cursos para aprender, “perfeccionar”, la disciplina a la que te dediques, campañas para captar seguidores porque sin seguidores hoy en día no eres nadie ni nada, gastos de co-edición o que te compres tú tus propios ejemplares, pagar el cóctel de la presentación o la exposición, o el alquiler entero de la galería, y el hotel de lujo travestido en residencia… yo pensaba que lo de ser jugador de Polo era una afición cara, pero es que ser artista es una vocación (adicción) quizás igual o más costosa. La desesperación por ser visto nos ha llevado a ser clientes de los que antiguamente fueron mecenas. ¿Acaso quedan mecenas o ya todo es comercio? Esta pregunta pretende ser poética, pero es poéticamente barata, ¡claro que existen mecenas! Mecenazgo, una palabra que me encanta, porque todas las que acaban en ‘azgo’ tienen dignidad. Liderazgo, almirantazgo, hallazgo, incluso hartazgo.

De entre todas las disciplinas, creo que la de jugar con las palabras es la más barata. A mi hijo Gus, que se financia sus cortometrajes, su carrera cinematográfica le cuesta un ojo de la cara. En cambio, para pintar frases, dirigir personajes sin actores, decorar escenarios con descripciones, solo hace falta papel y lápiz, bolígrafo, pluma o un ordenador. El único coste es que, de vez en cuando, como decía no recuerdo qué colega de hace un siglo o dos —a lo mejor fue Keats. Sí, fue Keats, lo he buscado—, se te vacía el cerebro, te quedas en blanco, como un zombi (esto es mío), como si estuvieras en Haití y te hubieran hecho vudú, o te hubiese soplado un africano con el polvo ese rojo y terrorífico que te anula la voluntad, aquí lo llaman burundanga, creo, o algo peor. Te vacías y, cuando hay algo nuevo que contar, te vuelves a vaciar. 

Y luego, voy y digo que no tengo una personalidad adictiva. 

Alex

P.D.- En la foto… otra adicción confesable.

El soneto:

When I have Fears That I May Cease to Be

BY JOHN KEATS

When I have fears that I may cease to be 

   Before my pen has gleaned my teeming brain, (antes de que mi pluma haya cosechado/vaciado mi cerebro fecundo)

Before high-pilèd books, in charactery, 

   Hold like rich garners the full ripened grain; 

When I behold, upon the night’s starred face, 

   Huge cloudy symbols of a high romance, 

And think that I may never live to trace 

   Their shadows with the magic hand of chance; 

And when I feel, fair creature of an hour, 

   That I shall never look upon thee more, 

Never have relish in the faery power 

   Of unreflecting love—then on the shore 

Of the wide world I stand alone, and think 

Till love and fame to nothingness do sink (hasta que el amor y la fama en la nada se hunden) .

Yo no pago por campañas de visualización, cuento con vuestro boca a boca, boca/oreja, word-of-mouth. Si compartís mis posts, os lo agradezco de antemano. Y la banda sonora 👇🏻