La maquina tragaperras

Mi madre (que en paz descanse), creo, era ludópata, y si no lo era lo parecía. Y mi padre, creo, que también. Si algo les unió en vida —creo— que no fuimos nosotros, sus hijos, ni el amor, ni la admiración, sino el juego, aunque terminaron divorciados; finalmente, la diversión o afición por el juego no creo que sea un superglue para un matrimonio. 

Entonces, como no había móviles, teníamos, por lo menos en mi casa, una lista mecanografiada y plastificada en la cocina, con los números de teléfono de urgencia y los de más uso. El de la frutería de Félix (hoy conocida como ‘la joyería’), la mantequería Olmedo (que cerró, y eso que tenía unos sandwichitos “de miga” como los de la pastelería Mallorca, riquísimos. Por cierto que me he enterado que Embassy chapa ya del todo, aunque desde que cerró en la Castellana ya se me acabó su tarta de limón), la pescadería, la carnicería… y el de mi abuela, mis tías, la oficina de mi padre, el médico y los de donde pasaba las tardes mi madre: el Eurobuilding, cuando había campeonato de Gin Rummy, y los de por la noche, entonces los dos juntos: el del casino. Aquí en Marbella, lo mismo, el listado incluía el teléfono de Antonio, el albañil, que era a quien llamar cuando se estropeaba algo, el de Rosa la asistenta, que era una mujer adorable, una mamma a la andaluza, que cuidaba la casa cuando no estábamos y de nosotros cuando veníamos, el de Nicolás, el cocinero que preparaba el gazpacho en un cubo de doce litros con una batidora industrial porque siempre o casi siempre teníamos invitados en casa, el del veterinario… se me había olvidado, en Madrid también era imprescindible el teléfono del veterinario, porque nunca no hemos tenido varios perros, y por supuesto, el del casino de Marbella.

Que tenía fiebre una noche, pues marcaba el número —sinceramente no sé por qué lo hacía yo en vez de mi niñera— y solo tenía que decir: ¿está mi madre? Para que la telefonista del casino me reconociera y la avisara. 

Mis padres salían todas las noches. Cenaban casi siempre por ahí, en La Fonda o en El Beni, se daban un voltio por el Mau Mau y después, se iban a jugar al casino. Con los años, se empezaron a saltar las paradas previas e iban directos allí. No había un día que se despertaran antes del medio día, cuando mi hermano y yo ya llevábamos desayunados varias horas, habíamos dado mil vueltas en bicicleta por la urbanización, nos habíamos bajado a la playa, o estábamos ya en altamar navegando en el Eolo, el Calepas, y el Calepas II. 

Recién cumplidos los dieciocho, mi madre me llevó al casino a cenar. No sé por qué a algunas personas les parece que lo que les gusta a ellos también te gustará a ti, y mi madre era así. De hecho, cuando íbamos a comprar un regalo de cumpleaños para alguna amiga mía, me decía: “elige lo que más te guste”, yo obedecía y eso era lo que le regalaba. Cosas que a lo mejor nunca me compró a mí, y creo que eso fue un método muy bueno para prevenirme de la envidia, porque siempre me ha hecho más feliz dar que recibir. Pues bien, ella pensó que lo de llevarme a cenar al casino me haría mucha ilusión, y yo procuré disimular mi decepción, aunque en aquella época todavía el glamour se parecía mucho a una película de James Bond y la experiencia era de verdad deslumbrante. El casino era una burbuja llena de gente famosa y elegante, pero es que yo nunca he entendido qué tiene de divertido y excitante. Mi mente es demasiado racional como para que la balanza de la ilusión, apostar para ganar, se incline a favor de los aciertos y se ciegue ante los fallidos intentos. La diosa Fortuna es caprichosa y demasiado incierta para mí. Lo del refuerzo positivo, que comenté la semana pasada, no me funciona, estoy más atenta al perder que al ganar, porque no me gusta perder.

Aquella noche, la de mi cumpleaños, Fortuna, que sabía que yo no iba a ser nunca devota suya, no me concedió premios en mis apuestas, pero sí la suerte de coincidir en la mesa americana con un chico, un poco más mayor que yo, que enseguida se me acercó y se puso a hablar conmigo. “¿Eres española?” Entonces era una pregunta que me hacían mucho, porque me vestía diferente a las niñas de Madrid, y también tenía un acento un poco raro, ya que estudiaba en Suiza desde infantil y encima tengo el espíritu de un estepicursor. “Sí…” y añadí al ‘sí’ esta misma explicación, pero con una especie de indolencia y educación obligada. A mi madre le cayó bien, y se empeñó en que nos intercambiáramos los teléfonos, porque en Madrid yo tenía muy pocos amigos. Pero, a mí eso de que mi madre me seleccionara los amigos me repateaba, así que la tarde que quedé con aquel chico, que posiblemente era un encanto, me pedí un vodka con naranja. Él se quedó pasmado mirándome como si yo fuera una crápula, volví a casa borracha y mi madre pensó que el crápula era él; así fue como me lo quité de encima de un plumazo. Reconozco que el método —emborracharse para que no te dejen salir con un chico— fue, es un método cuanto menos peculiar, pero es que entonces, era lo más eficaz y rápido que se me ocurrió que podría funcionar para que mi madre me prohibiera salir con él.

Mi madre, como no entendía cuál era mi tipo, era, para mí, una negada celestina. Otra vez, me presentó a otro chico —un partidazo, un soltero de oro, eso sí y guapo, eso también— que me llevó a que le viera jugar al fútbol sala, para animarle supongo, aunque a mí el fútbol nunca me ha gustado y mucho menos en sala. A pesar de no haberlo animado en absoluto, y haberle dado el mínimo palique, me llamó otro día por teléfono y remató diciendo: “Hola, soy tu hombre-lobo”. Colgué y no le volví a coger.

Lo de no dar palique, en cambio otra vez, sí que funcionó y me costó perder a un chico que sí que me gustaba, tanto que con él no sabía nunca qué decir. Y él pasó de mí, porque mi compañía le mataba de aburrimiento.

Mis padres conocían los mejores casinos, que clasificaban según el límite permitido en la apuesta, cuantos menos límites, mayor la apuesta, y la adrenalina, luego mejor el casino. Cuando venían a visitarnos al internado a mis hermanos y a mí, iban al de Divonne, en la rivière francesa del Léman, pero creo que les parecía poco emocionante; varias navidades las pasamos en Puerto Rico, y fueron geniales porque allí conocí a los sobrinos del actor Raúl Juliá (a él solo le saludé), nos prometimos amistad eterna que luego no cumplimos, y mis padres nos dejaron que nos alquiláramos un barco para que nos fuéramos a hacer las islas vírgenes por ahí, mientras, ellos se encerraban para jugar a la ruleta, al póker y al blackjack; en Las Vegas nos cogimos una limusina con una choferesa genuinamente americana muy simpática y muy alta que nos llevó a dar vueltas por el desierto, vimos los tigres blancos de Siegfried & Roy y montamos en góndola por Venecia, la Venecia artificial, claro; Cannes, Montecarlo (aunque a ese viaje yo no fui), mis padres eran unos expertos jugadores.

Un verano, debió de ser una moda pasajera, porque creo que solo sucedió un verano, o quizás fue que me negué a participar en aquello una segunda vez, fue el año de las tragaperras. Estaban en el soportal, que era una galería porticada, en la entrada del casino de Marbella —ignoro si seguirán allí—, y algunos jugadores, entre otros una famosísima presentadora amiga de mi madre (no hablo de Bárbara Rey, otra) se habían agenciado cada uno una de las tragaperras. No las podían soltar, debido a las cantidades ya apostadas/invertidas, y tenían contratado ‘propios’ para echar moneditas sin parar hasta que saliera el jackpot. Yo fui ‘propia’ de mi madre unas cuantas tardes hasta que me harté. 

Un día llamó a la puerta de servicio otro ‘propio’ sustituto —en aquella época se ve que la afición de mis padres empezaba a tomar cada una un camino diferente, porque mi madre dio instrucciones de que llamara por ahí, en vez de por la principal, para que mi padre no se enterara, creo—, hizo cuentas con mi madre, se repartieron el premio y después, mi madre me llevó de compras.

¡Qué tiempos! Aunque yo siempre he preferido la poesía al juego.

Alex

P.D. – La foto es de una película de James Bond. Se parece mucho al recuerdo que tengo yo del Casino de Marbella, frecuentado por Lola Flores, un señor apodado Copito de Nieve y otro conocido como Pepito Aviones, y también hablé alguna vez con el patriarca de los Pelayos, que se hizo famoso por romper la banca jugando en la ruleta francesa de muchos casinos. Fijaos, en la foto, en el señor árabe vestido impecablemente de blanco; sí, eso también era, y sigue siendo, muy marbellí.

Y la banda sonora 👇🏻 , de una de mis películas favoritas. Fijaos en la cámara, con esos barridos y sombras en primer término. Dirigida por Bob Fosse ¡qué enorme maestro!