La otra noche estuve viendo Cuarto Milenio. Creo que vi dos programas seguidos. Me resultó difícil discernir el final de uno y el comienzo del otro, quizás porque me distraje con los anuncios, que duran tanto que a uno se le olvida lo que está viendo, o porque en ambos se hablaba del mismo tema: la experiencia cercana a la muerte. En el primero, Iker entrevistaba al doctor Manuel Sans Segarra —que es lo más parecido, creo yo, a un místico cuántico y por eso me gusta, y ha lanzado un segundo libro después del exitazo del primero que pienso comprar y leer— y después, a Ainhoa Arteta, la cantante lírica, que debido a una enfermedad estuvo prácticamente muerta.
Deduzco, sin haber verificado las audiencias, que el asunto interesa y por eso, aunque en un antiguo post ya he comentado por encima que yo también viví algo parecido, hoy lo voy a hacer entrando en detalles. Los detalles que creo que interesan.
Lo primero: morir no duele. Creo que esto es importante que lo sepáis porque el dolor es una de las cosas a las que más tememos. Y creo que alivia que sepáis que los que se van, se van sin sufrir; estoy convencida. Yo no sentí nada de dolor, sí que sentí frío. Tampoco sentí miedo, pero sí tristeza. Me dio mucha pena el tiempo perdido, desperdiciado en discusiones por cosas sin importancia, y por no haber disfrutado al máximo de mis personas queridas; no era arrepentimiento, era un enorme pesar. Lo segundo: dejé de sentir mi cuerpo y el frío, y sentí el amor más profundo e infinito. Que todo era amor y que el amor era lo único importante; todo lo demás daba completamente igual. Las cosas por las que había discutido me parecían completamente insignificantes, una pérdida de tiempo total. Ni perdón, ni por supuesto rencor, solo sentí amor (a lo bestia). Amor en el corazón que me irradiaba, o me abrazaba, o las dos cosas, intensamente. No vi el túnel, pero sí que había una persona esperándome. No quise marcharme. Me dije que mientras no viera el túnel significaba que seguía viva, y me concentré en respirar. No me quería morir. Tenía dos hijos, uno recién nacido, al que le había visto la carita solamente durante un segundo, pero que amaba como si tuviera cien años, y el mayor, por supuesto, como si tuviera otros cien más. Cuando recuperé la vida, y la conciencia, el médico y las enfermeras, todos, porque estaban todos asombrados, me dijeron que había sido un milagro, que el amor por mis hijos me había salvado.
Luché por vivir, a pesar de que morir no duele, no da miedo y es una experiencia llena de amor muy agradable.
Cuando salí de la UCI y volví a casa, me dediqué a llamar a mis personas queridas para decirles, omitiendo lo de mi casi muerte, que las quería. Todavía estaba llena de aquella sensación inmensa de amor y necesitaba que lo supieran, porque no hacerlo lo suficiente produce la pena intensa que sentí, que es lo único malo de la experiencia de morir (y de vivir).
Estaba en un estado de agradecimiento inmenso por haber vuelto y además, tenía la necesidad de transmitir el mensaje: “no tengas miedo, te quiero, todo es amor, todo es amor, no lo desperdicies”.
Se me quitó el miedo a la muerte y me hice plenamente consciente del valor de la vida. Desde entonces, procuro aprovecharla lo mejor que puedo y querer a las personas que quiero tan bien como puedo.
Poco a poco volví a la normalidad. Volví a jurar en arameo contra el conductor que me adelanta por la derecha o se me cruza en un semáforo —creo que conduciendo es donde saco mi peor carácter—, a enfadarme, a ofenderme, a dejarme llevar por el ego. El ego es cuerpo, pasiones, hambre, deseo, placer, es ese diablo que todos llevamos dentro y que es útil para manejarnos por ahí; para sobrevivir, conseguir cosas y sobre todo para protegerte contra los otros egos, pero hay que tenerlo a raya porque es lo contrario al amor y encima no tiene compasión.
Procuro que mi ego no me consiga dominar nunca del todo, lo tengo que atar en corto, y también procuro no olvidarme de cuál es el verdadero propósito en mi vida, porque el día en el que deje de respirar, que me toque irme de verdad, quiero poder hacerlo con la tranquilidad de haber aprovechado bien mis días, haber perdido el menor tiempo posible, y haber construido alrededor mío lo único que sí te puedes llevar: amor.
A algunos nos dejan volver para contároslo.
Alex
P.D. – Me he entretenido haciendo estos haikus, un extra, espero que os gusten:
Haiku 1:
Luna de sangre
Tres mirlos en mi patio
Eclipse nocturno
Haiku 2:
El té helado
Mi hijo mayor ríe
Hierba dulce
Haiku 3:
Sube la marea
Castillo de arena
Hay Luna llena
La foto es de la luna llena pasada con eclipse, que he visto en la prensa, porque el cielo estaba lleno de nubes.
Y la banda sonora 👇🏻
