Estaba lloviendo y, para no contradecir a la ley de Murphy, no llevaba paraguas. Volvía de recoger a los niños del cole y tenía que pasar por una farmacia a por, no recuerdo, seguramente aspirinas, paracetamol, cualquier cosa indispensable y que se nos había agotado en el botiquín. Dos o tres vueltas por el aparcamiento y ni una plaza cerca de la puerta que evitara que nos caláramos, así que tiré de espíritu rebelde y me dije: “total, van a ser cinco minutos, aparco aquí”, y ‘aquí’ era una de las plazas reservadas a discapacitados. Oí la voz de mi marido recriminándome la simple idea de cometer la infracción y le di otra vuelta al parking, pero finalmente cedí ante mi impulso protector; no iba a dejar que mis hijos, entonces tendrían cinco o seis años, tan pequeñitos, se mojaran y se cogieran una pulmonía. Había que aparcar ‘aquí’. “Total, no hay tanto discapacitado, ¿para qué dejar el espacio vacío?” Me la jugué.
Bajamos del coche y nos metimos en el centro comercial en el que estaba la farmacia. Dentro de aquella burbuja ideal, con la calefacción a la temperatura justa, hilo musical alegre, tiendas con cosas nuevas y una cafetería que olía a cruasán y zumo de naranja natural, me olvidé de la tormenta que caía fuera. Compré las aspirinas o el paracetamol, las tiritas, el Betadine, lo que fuera, y al salir les pregunté a los niños que si querían merendar ahí, en la cafetería, en vez de en casa. Por supuesto dijeron que ahí. Así que nos sentamos en la terraza, aunque era bajo el interior del techo del centro, y nos pusimos hasta las botas. Estábamos tan contentos que, cuando volvimos al exterior, a la realidad del chaparrón, el asombro fue aun mayor. Me habían pegado en la ventanilla la amonestación por aparcar mal. Seguía lloviendo a cántaros y metí a los niños rápidamente en el coche. Creo que hasta les pedí que no le contaran nada a papá —sí, otra falta…— y como estaba bastante avergonzada bajé la ventanilla pensando que la pegatina se caería al suelo —suma y sigue… (cagadas) lo mío es un no parar—, pero en vez de deshacerme de ella, lo que pasó es que se metió dentro de la puerta. Entonces, comprendí que no me iba a librar y lo de mi marido en mi cabeza dejó de ser una advertencia, para convertirse en una regañina en toda regla: “eso te pasa por aparcar donde no debes”, e imaginé el coche en el taller, el desmontar la puerta para extraer la pegatina y la pillada también por parte del mecánico, y mis explicaciones tratando de justificarme, explicando que no llevaba paraguas, que tenía que ir a la farmacia, que no quería que se mojaran los niños, que cuando entré y olí los cruasanes me olvidé del coche, que no supe calcular mis cinco minutos y que en vez de cinco se convirtieron en una hora, que lo sentía… Es fascinante cómo los pensamientos se razonan a una velocidad pasmosa, porque —entre que subía la ventanilla con los restos de pegamento y de papel delator, deshonrosamente a la vista del mundo entero, secaba el interior de la puerta que estaba chorreando por el agua de lluvia y metía la llave para encender el motor— salió del centro comercial un chico, acompañado de su familia, joven y muy guapo. Me miró y debió ver mi cara de terror, que traté de esconder entre mis manos, y me sonrió, ¡no se enfadó! Me perdonó; iba con muletas.
Querido extraño —le escribo—, que hoy estarás casado y recogiendo a los niños del cole: Gracias por perdonarme y por tener buen humor. Me diste una gran lección, nunca más he vuelto a aparcar en tu plaza y eso que ayer, me lo he planteado, cuando he llevado mi perrita al veterinario, pero te he recordado y no lo he hecho. Estoy segura de que tienes una vida muy feliz. Un abrazo.
Alex
P.D. —The rain in Spain… La autora del cuadro es Bridget Bate Tichenor, una de las surrealistas menos conocidas, que más me encanta. Un chubasquero como el que lleva el hombrecito para pasear por el campo nos hubiese venido bien.
Y la banda sonora 👇🏻 una de mis favoritas de la historia.
