Español para extranjeros

Llego un poco tarde a la polémica, porque ya todo el mundo ha hablado de ello, de la influencer que dijo algo parecido a que no leer no la hace mejor o peor persona, y yo lo entiendo y no lo niego. A mí leer me gusta, forma parte de mi historia, pero comprendo a las personas que no leen, y, es más, sé de muchos que leen sin digerir, ni profundizar en lo que están leyendo. A uno, un libro le puede cambiar la vida y para otro no ser nada más que entretenimiento. Leer mucho no siempre significa que el lector integre la lectura o que esta influya en su formación, y estoy de acuerdo: la lectura no define la calidad de una persona. Se puede ser iletrado, analfabeto y buena gente, y, al contrario: ser un intelectual despreciable. De hecho, tengo muchos amigos que no leen —ni siquiera mis posts— y conozco a más de uno que con suerte se ha leído un libro entero en toda su vida —no sé cómo han superado las exigencias y pruebas en el colegio, pero lo hicieron, es así—, y aun así son personas inteligentes, intuitivas, doers, emprendedores, curiosos; no tendrán escuela literaria, pero tienen escuela vital. 

Siempre me ha sorprendido la persona que lee mucho, pero todo lo que lee le entra por un oído (ojo) y le sale por el otro, no asimila, y tanto o más, la que no lee nada, pero habla y te regala los diálogos más memorables y literarios que has escuchado nunca.

Leer o no leer, esa no es la cuestión. Lee quien lo disfruta, lo aproveche o no. Sin embargo, y esto es una evidencia, sí que es esencial para formar tus capacidades lingüísticas y para poder expresarte mejor, pero un buen orador no siempre es un buen hombre (tampoco un buen escritor). En fin, creo que queda clara mi postura. 

Por otro lado, la transmisión de la cultura por vía oral siempre ha existido. Las historias y los cuentos han pasado de unas generaciones a otras, muchas veces, sin haberse puesto sobre papel hasta haber encontrado quien las transcribiera. La escritura es un medio, pero lo que realmente importa es la transmisión de la historia y de la cultura, la comunicación de las ideas. Hoy en día las historias nos llegan por multitud de canales. Son tantos y algunos de orígenes cuestionables, incluso no-humanos, que da pie a hacer un alegato sobre los libros como defensores de la verdad, pero anda que no hay libros panfletarios. 

Leer puede ser (entre otras cosas) algo simplemente entretenido: vivir una aventura, irte de viaje, resolver un crimen, incluso superar una crisis y experimentar un amor; o una exploración: del alma humana, del lenguaje, de la belleza o de lo innombrable. Y como digo, también puedes simplemente engancharte a leer todo tipo de panfletos, incluso los más sectarios.

Yo no juzgo a las personas por sus lecturas y no-lecturas, en general juzgo poco o nada, pero fijaos que eso se lo debo al cine y a los libros. Obviamente sé distinguir entre el bien y el mal, pero el autor, igual que el actor, está obligado a comprender al personaje sin juicios, y es un ejercicio que me ha hecho desarrollar una mirada alejada y a la vez curiosa sobre las cosas y las personas.

Pero volviendo al asunto: para mí leer es parte de mi vida y lo es porque aprendí a hacerlo. 

Tuve la suerte de estudiar español para extranjeros —aunque no exactamente— pero sí que tuve la suerte de tener un profesor genial. No recuerdo ni una sola clase de gramática, ni de ortografía, ni un solo dictado. No los hubo. Sus clases giraban en torno al análisis literario, sin memorización, ni teoría. Él podía. En Suiza no tenía que seguir el plan de estudios de ningún ministerio, y si tenía que haberlo hecho, no lo hizo; fue un maestro de verdad de libre enseñanza. 

Monsieur Morales —para sus alumnos: Don Rafael— era alto, de constitución bon vivant, calvo, gafas redondas y siempre amable. Como éramos pocos los españoles del colegio, nos juntaban en su clase según nuestros horarios, a pesar de tener edades muy diferentes. Supongo que eso pudo influir; tener alumnos de entre diez y dieciocho años sentados los unos junto a los otros, pudo ser una de las razones por las que Morales decidió homologarnos a todos alrededor de la lectura y ahorrarnos la lingüística. 

Gracias a él, leímos, entre otros a Ernesto Sábato, Juan Rulfo, El lazarillo de Tormes, cuyo autor es anónimo, a Gabriel García Márquez, Jacinto Benavente, Calderón de la Barca, Carmen Laforet, Federico García Lorca, Torcuato Luca de Tena, Vicente Blasco Ibáñez, Julio Cortázar… Don Rafael Morales, a la literatura española, nos enseñó a llegar desde múltiples puntos de vista y a través de escritores sin tiempo, universales. Aprendimos a amar nuestra lengua, a viajar con la imaginación desde nuestro internado suizo a lugares remotos o fantásticos, y a abrir nuestra mente a ideas diferentes, incluso extrañas. 

Un trimestre empezó con la llegada de nuestro profesor a ‘la barraca’ —así llamábamos al pabellón donde nos daba clase él— con una encuadernación manual en tamaño A4 en su cartera. Las tapas eran de cartulina gris o azul —recuerdo su palidez, pero no el color del todo; la memoria la ha deslavado—, y las páginas estaban perforadas por dos agujeros y sujetas con un clip y una pletina metálica dorada. Abrí de par en par el manuscrito, prensando la portada de cartón hacia el lado izquierdo, ya que era nuevo, para descubrir el contenido: eran Los cuentos de  la Selva de Horacio Quiroga, mecanografiados y encuadernados por Morales. Deduzco que no encontraría la edición y que por eso decidió editarnos a cada uno nuestro ejemplar él mismo. No recuerdo un profesor más generoso que él. Rafael Morales realmente era un gran maestro. 

Un día Morales no vino a clase. Nos dijeron que no volvería. Decidió, igual que lo decidió Quiroga, no volver. Algunos buscamos sus motivos escondidos dentro de las páginas de Anna Karenina, por si encontrábamos algún consuelo. No lo encontramos.

No recuerdo cuántas semanas estuvimos sin clase de español, pero sí recuerdo al nuevo profesor, bajito y con pinta de bonachón, que se puso al frente de nuestro grupo de huérfanos de maestro y cabreados. Monsieur Durana intentó implantar el dictado, enseñarnos a escribir, pero fue en vano. Nosotros ya no podíamos vivir sin libros y nos rebelamos contra la gramática y la ortografía. Al sustituto no le quedó más remedio que claudicar, y nos encomendó la lectura de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela. Aquello sí que fue un bofetón de realidad en toda la cara. La brutalidad de la novela fue un despertar. ¿No queríamos literatura?, pues nos la sirvió en dos tazas. Pero, estuvimos a la altura. Analizamos el texto con respeto, con curiosidad, con interés, honrando a nuestro maestro perdido.

Aprender a leer no es igual que aprender a escribir. Aprendí a leer, pero después, he tenido que esforzarme mucho para aprender a escribir. Pero creo que si lo he hecho, sin duda ha sido gracias al amor por la literatura que me transmitió mi primer maestro. A escribir se puede aprender como se aprende un oficio, y probablemente es casi una consecuencia inevitable de leer.

Y además (por si hicieran falta más razones para leer), la vida siempre me ha parecido un misterio y un rompecabezas; en los libros encuentro el manual para resolverlos.

Alex

P.D – El cuadro que ilustra este post es Forêt tropicale avec singes (1910) de Henri Rousseau porque me recuerda a la selva de Quiroga.

Aprovecho para saludar a mi amigo Sergio Bazán, que me lee, y que con tanto cariño dice que mis posts son su “cigarrito literario del jueves”. Sergio es un gran escritor y además tiene un codiciado tesoro: el vocabulario popular y del campo, y eso sí que es una delicia leerlo. 

Y la banda sonora 👇🏻 con la que me eduqué yo.