Hispanidad

La semana pasada estuve almorzando con mi querida cuñada Marcela, que es ingeniera agrónoma y lo sabe todo sobre frambuesas, arándanos, fresas, frutillas, como las llama ella. Vino desde Chile a Madrid, a la Fruit Attraction, la feria de la fruta que se celebró en Ifema. Nos tomamos primero un refresco en una terraza donde nos atendió una camarera muy amable, probablemente colombiana o dominicana, y entre otras muchas cosas, Marcela me comentó que sus jefes habían trasladado su residencia de Lima a Madrid, al barrio de Salamanca que ahora es conocido como Little Caracas. El tema dio pie para que habláramos sobre inmigración, mestizaje e hispanidad. Por la tarde, supongo que gracias a que mi móvil me espía, me salió en Tik Tok un video de Jesús Velasco, el dueño de uno de mis restaurantes favoritos, Amparito Roca, definiendo la cocina fusión como lo que es: cocina centenaria española. Jesús explicaba que nuestra gastronomía es resultado de una fusión cultural que se ha ido ‘cocinando’ durante siglos, y que «eso sí que es fusión, mientras que las mezclas rápidas son más bien una confusión, aunque a algunos se les de bien hacerlas». Esta mañana, un amigo me ha mandado un mensaje interesándose por mi opinión con respecto a la Hispanidad. Y, dudo que esto se deba a las escuchas espía, sino probablemente a la telepatía. Como a la tercera va la vencida, y encima estamos a punto de celebrar nuestro día, he pensado que todo esto eran demasiadas señales y me he animado a escribir sobre el tema.

Somos una fusión y de las mejores del mundo y de todos los tiempos. Creo que en parte también se debe a que hemos sido bendecidos por el factor suerte. Cuando Colón puso el pie en el nuevo continente, España tenía la suerte de tener a Isabel la Católica como reina, que tuvo la lucidez y la moral, de ordenar que los indígenas debían ser bien tratados y no recibir agravio alguno, “porque son nuestros súbditos libres y vasallos de la Corona de Castilla”. Lo que hoy nos parece evidente, en época de Isabel, es algo que solo se le ocurrió a ella.

Ya… ya… Pero, que algunos no cumplieran la ley no significa que la ley no existiera, ni que no fuera la ley bajo la cual se desarrolla América.

Además, también tuvimos la suerte de llegar en el momento oportuno al sitio oportuno. Allí las estaban pasando canutas entre canibalismo y sacrificios humanos en un sistema de gobierno atroz. Y llegamos nosotros con nuestros caballos y nuestros cerditos. ¿Cómo no nos íbamos a aliar? ¡Bendito guacamole y bendita cochinita pibil!

Por otro lado, la estrategia de la iglesia, desde sus inicios, es la de integrar y transformar, no la de erradicar. La iglesia, imagino, que entendió que no hay nada más poderoso que la cultura y también que la cultura es lo más difícil de eliminar (si acaso eso es posible). Yo creo que la cultura es como la energía y que es indestructible. Por eso, la iglesia absorbe y convierte. Ritos paganos, como por ejemplo el solsticio de invierno se transforman en la celebración de la Navidad, y cultos indígenas, como la adoración a la diosa Tonantzin se convierten a la Virgen de Guadalupe. 

Esta transformación, que parecería que es tan fácil, o tan sencilla, como cambiar el nombre a una cosa por otra, no lo es. Es resultado del deseo de mirarnos, ambas culturas, con fascinación mutua, con comprensión, diálogo, aceptación, equidad… en fin un ejercicio muy profundo de intercambio, equilibrio y convicción. Por eso la Hispanidad es híbrida, mestiza y es una fusión centenaria que entre otras cosas nos zampamos y celebramos cada día. 

Ya, ya… con baches y sin linealidad… y no… No me saquéis a Bolívar, que no tiene nada de racial, sino que fue el resultado inevitable de la evolución de las ideas políticas de la época.

Y hablando de política, si fuera por mí, yo ya estaría creado el mercado económico hispano (semejante al europeo), y trataría de que nuestros lazos fueran cada vez más fuertes y más estrechos. A mí me parece que lo antinatural es que no lo sean. 

Nosotros no necesitamos integrarnos, ya lo estamos. Somos una integración que se sucede desde que Colón puso el pie en América por primera vez el 12 de octubre de 1492. Nuestra cocina y nuestro español están llenos de palabras, cosas e ingredientes indígenas: hamaca, barbacoa, huracán, tabaco, maíz, chocolate, tomate, aguacate, chile, quinoa, puma, llama, cóndor, jaguar, tapioca, piraña, caníbal… etc, etc.

Hemos tenido esa suerte. Sí, en ese sentido, creo que los españoles tenemos muy buena fortuna, porque ya nos había bendecido la diosa de la suerte durante el periodo de Al-Andalus.

Yo creo que también tuvo que haber una profunda fascinación hacia los omeyas, los almorávides y los almohades, que también llegaron en un momento oportuno, en plena decadencia y crisis visigoda, a nuestra península. Trajeron ciencia, medicina, poesía, arquitectura, matemáticas y álgebra, jardines, baños, filosofía…Y, naranjas, limones, berenjenas, dicen que también el cocido madrileño, y azafrán, acequias, turrones… y decimos: aceituna, albañil, azúcar, alhaja, ojalá… ¿Quién rechaza todo eso y más? El renacimiento fue posible gracias a ellos, entre otras cosas, porque tradujeron a Aristóteles, Platón, Hipócrates, Euclides… Yo no soy historiadora y no sé qué queda hoy de aquel Islam, pero estoy segura que de haber nacido en aquella época, yo me hubiese convertido.

Y ¿qué os voy a contar del pueblo gitano? Los romanís, ¿sin ellos qué sería de nuestro arte, duende, lengua, música, cultura? Nos camelamos a un chaval, curramos, nos piramos, sobamos y hacemos el paripé… etc. etc. Entre muchas más cosas, nos expresamos así gracias a ellos.

Pero, volviendo al tema, y metiéndome en camisa de once varas. Uno se pregunta cómo es posible todo lo que está pasando ahora. El mundo está, por decirlo de alguna manera: muy complicado. ¿Es la decadencia?, ¿nuestra crisis moral occidental?, ¿o, quizás la culpa es de la revolución francesa? Es una pregunta un poco tonta, y además, mira que soy fan y francófila, pero todo tiene consecuencias y ¿por qué no examinar las que nos dejó la revolución? Finalmente, la idea de Estado laico con ciudadanos “iguales” con una misma educación, que practican cada uno su fe en privado, no parece estar siendo un éxito. Puede que en la teoría, como con casi todas las ideologías modernas, funcione, pero en la práctica no tanto, ¿no?

Bajo el paraguas del Estado laico sigue habiendo tensión y hasta choque cultural. Es evidente que la idea de ciudadano igual y neutral, no ha funcionado; después de varias generaciones educadas en un mismo Estado laico, la sociedad sigue segregada. No. Se segrega más.

Probablemente porque tolerarse no es suficiente.

Educación y tolerancia no son suficientes como para desactivar la competencia tribal, ni tampoco para activar el sentido de pertenencia. No basta con educar y tolerar, necesitamos vínculos —familiares, religiosos, étnicos, simbólicos— porque esos son, en realidad, los que de verdad conforman la identidad humana.

No basta con instruir; hay que compartir símbolos, ritos, cocina, lenguaje, amor, humor, música. Es decir: hay que convivir de verdad, mezclarse. El problema no es la diversidad, sino la incapacidad de convertir la diversidad en mestizaje.

No basta tampoco con «integrar» al que llega. Integrarse es un concepto burocrático, funcional, moderno. El que se “integra” entra en un sistema que ya existe, aprende las reglas, pero mantiene su identidad intacta. Vive dentro de la sociedad, pero sin sentido de pertenencia. Para que haya sincretismo, (no seamos ingenuos) hace falta conversión. No es cuestión de cambiar de pasaporte; es cuestión de cambiar de alma. Esto no significa renunciar a lo propio, sino dejar que lo propio se funda con lo que se encuentra.

Convertirse implica deseo, no obligación; uno se convierte porque quiere pertenecer, porque reconoce valor en lo otro.

Por eso la cultura hispana —con todos sus conflictos— ha logrado algo que el laicismo francés o el multiculturalismo anglosajón no han conseguido: una mezcla real, afectiva, sensual, lingüística y cotidiana.

Yo soy medio argentina, mi cuñada es chilena, mi mejor amiga peruana, mi médico ecuatoriano, mi portero andaluz está casado con una paraguaya, intento bailar flamenco y bailo con mis amigas: Mariana que es mexicana, Cristina que es medio de Singapur medio de aquí. Y, Francesco, que me lee cada semana, cosa que agradezco (a todos) con cariño, es otro mix ilustre. Además, yo siempre digo que el que lleva más de tres años viviendo en Madrid, es de Madrid. En fin…

Somos cocina fusión a fuego lento. Tenemos esa suerte, ¿o a lo mejor no es suerte? A lo mejor es que somos únicos y bastante geniales.

¡Feliz próximo día de la Hispanidad!

Alex

P.D.- Pero… ¿Convertirnos? ¿A qué? El Estado laico no tiene identidad, es administración, derechos, obligaciones. Hemos neutralizado la religión, pero a cambio hemos perdido identidad, cosmovisión, relato, mito, alma… o la hemos sustituido —porque el ser humano no tolera el vacío espiritual— por nuevas creencias: populismos, nacionalismos, sectarismo… y otros sustitutos: consumismo, hedonismo, causas… No podemos vivir solo de la razón; sin alma. Necesitamos emoción, símbolos, fiestas, cantos, himnos, mitos compartidos… Más Hispanidad.

La foto la he sacado de Pinterest.

Y la banda sonora 👇🏻 ¡Olé fusión!