Muletillas y algoritmo

Me ha dado por decir ‘tronco’ o ‘tronca’ 

—Pero, tronco… —suele venir precedido de un pero.

Tuve mi momento: ‘tía’ y ‘tío’, pero ahora lo he sustituido por ‘tronco’. ¿De quién se me ha pegado? Es una incógnita. Por lo menos no me ha dado por decir: ‘¿perdona?’ con el tono ese desagradable que se ha puesto tan de moda, como quien dice: ¿eres idiota?, y que está por todas partes, hasta en los anuncios. De momento, y doy gracias, yo cuando no me entero de algo, sigo diciendo ‘¿perdón?’

Hoy, además, he conducido, y al volante, he recuperado un montón de palabrotas. Andando no soy tan malhablada. 

‘O sea’, ‘¿sabes?’, ‘tal cual’, ‘ya’, incluso ‘buah’, que me lo ha debido de pegar algún adolescente, porque al parecer es algo que inventaron ellos pero que yo digo mucho, en vez de ‘hala…’ digo ‘buah…’ ‘A ver…’, lo de ‘a ver’ tuvo un gran momento en mi vida y lo usé mucho como introducción de algún argumento, he logrado intercalarlo con ‘fíjate…’, ‘verás…’ y ‘en mi opinión…’ Lo de: ‘en mi opinión’ me es muy útil, sirve para cuando me pongo un poco más seria o para cuando dudo de mi discurso (lo confieso, hablo sin ser erudita en nada), y me parece muy eficaz, porque cada uno tiene derecho a tener una opinión, aunque sea una opinión estúpida. Las opiniones, en general, son menos trascendentes que las acciones, o en otras palabras: no importa lo que digas, importa lo que hagas… y en otras palabras: bla, bla, bla. Claro que si con tu bla, bla, bla consigues convencer a un gran puñado de personas, y entonces tu discurso se convierte en actos… pues puede que pase lo que pase. Pero, ¿no iba de eso la democracia? Me niego a censurar a nadie, y mucho más a autocensurarme yo. Tener opiniones, estúpidas o brillantes, te expone, pero acepto la crítica, sea o no constructiva (que también va asociada a la estupidez o a la brillantez); luego ya decidiré yo qué hacer con ella. 

El caso es que ‘de repente’ (otra muletilla), el mundo se ha llenado de ‘troncos’ y ‘troncas’, ‘tíos y tías’… que no sabías ni que existían. Y, resulta que se debe al efecto Baader-Meinhof. El cerebro empieza a vernos a todas con la camiseta de Zara que te has comprado, a todos con el coche recién estrenado, embarazadas a embarazadas, y así, por todas partes. 

La muletilla es como el algoritmo y tiene efecto Baader-Meinhof.

Odio el algoritmo, palabra que por cierto debería ser: algorritmo, de algorithmus, algorythm, algo-ritmo. Cada vez que la pronuncio, me parece que me falta una erre.

Tengo un algoritmo penoso, porque creo que le traigo de cabeza. Un día me da por ver la serie con título de aroma de café, y entonces, va y me ofrece todo tipo de  culebrones que ignoro por completo. Me obliga a utilizar el buscador, para seleccionar, por ejemplo, un documental sobre Stonehenge, y entonces se vuelve loco recomendándome documentales y más documentales. De vuelta al buscador, a por la mini-serie de Cuarón, la de Vigalondo y la de Sorrentino… y parece que me ‘pilla’, pero basta un pequeño error, como darle por curiosidad al documental sobre la Cleopatra negra —una apropiación cultural, o étnica, que yo, como los egipcios, también creo que no tiene ni pies ni cabeza— para que, si vieses la pantalla de inicio de mi plataforma, apagaras mi televisor.

Tengo que meterme en el perfil de mi marido, que es más selectivo.

Preferiría que mi algoritmo me ofreciera lo más comercial, lo que le gusta a todo el mundo, pero de verdad, porque no me puedo creer que en el número uno, ponga que en España está todo el mundo viendo Marco Polo, que se estrenó hace mil años.

Para entrar en TikTok hay que estar entrenado. Como te detengas un milésimo segundo de más en el video del gatito gracioso, no te libras de ver otros cien más. Es fascinante la cantidad de gurús que saben montar un negocio o que son expertos en ligar. Hasta el más feo es un Don Juan. No me juzguéis mal, que yo de hecho siempre he tenido una debilidad por los feos, pero es que a veces realmente me pregunto si el señor ese de turno tiene algo de galán, y por culpa de mi duda, resulta que después, me trago otros ciento cincuenta vídeos más con consejos variados sobre cómo hacerte de rogar. El horror ya es colosal, cuando por falta de reconocimiento te preguntas: ¿qué es eso? Y tardas en enfocar hasta que descubres que es una asquerosidad. Hay que ser muy veloz con el dedo para pasar toda la oferta de los doscientos vídeos vomitivos (para mi gusto) y, con suerte, poder volver a cambiar el algoritmo. 

X, que es la red más política, me ofrece los discursos de los líderes a los que se cree que voto. La segmentación a los políticos les viene fenomenal, porque les permite contar lo que les da la gana directamente a su club de fans. Parece que sabiendo que el fan no suele contrastar la veracidad. Supongo que por eso mienten sin pudor, y martillean con su relato y su versión de la realidad. Y además, también parece que les da completamente igual. El micrófono va dirigido a su público y la repetición de la mentira, del relato, o de la versión de los hechos posiblemente se acaba por convertir en verdad.

Si la muletilla es un fastidio, el algoritmo es mucho peor. 

Dicen que la máquina sustituirá al humano, pero yo valoro más que nunca al crítico cinematográfico, culinario, literario… al periodista independiente (algunos quedan) y al rudimentario buscador. 

Alex

P.D.- En la foto voy andando y sin decir palabrotas.

Y la banda sonora 👇🏻 Parole, Parole… (traducción: Bla, bla, bla)