Primer paseo post-Covid con Sola

No sé si es porque llevo unos días resfriada, y los resfriados son el enemigo de las ideas, y no sabía sobre qué escribir, pero resulta que me he acordado de los días que me pillé el Covid por primera vez, y estuve encerrada, durante los quince días que había que estar encerrado, en mi habitación, y ese recuerdo me ha llevado a otro, al primer paseo tras los cuarenta y siete días de confinamiento. 

Tengo dos perras, por lo tanto, nosotros teníamos que sacarlas a pasear, como siempre, tres veces al día. Recuerdo que se decía que los dueños de perros los sacábamos tanto, que a los perros les salían ampollas en las almohadillas de las patas… —no sé cuánto tiene que pasear un perro para que eso suceda, pero antes le salen ampollas a un humano que a un perro—, también se decía que se compraban perros solo para salir a pasear… Espero que eso tampoco fuera verdad; siempre se han comprado perros para un rato y luego los han abandonado, y es una crueldad.

Yo nunca no he tenido perro. Mi abuelo me regaló un perro cuando nací. Como era blanco, él le puso de nombre Danone, por el yogur, y desde entonces, soy una persona siempre acompañada por un fiel amigo. Un amigo que jamás te abandona y que te quiere incondicionalmente. 

En casa, sacar a las perras, es una tarea que nos turnamos y que no siempre apetece, porque a un perro hay que sacarlo haga frío, llueva o aunque prefieras dormir la siesta, y obviamente durante el confinamiento también. Las calles completamente vacías, salvo por una pareja de vagabundos que dormían en un portal, eran un escenario surreal. Habían cerrado los parques con lo cual nuestro paseíto se reducía a dar la vuelta a la manzana y vuelta a casa. Yo creía que a mis perras no les afectaba demasiado el encierro de la ciudad, es más, suponía que estaban disfrutando de tenernos todo el día en casa, y que, a pesar de que el paseo sin parque era un aburrimiento, como ignoraban lo que pasaba, pues no les importaba la soledad de la calle. Hasta el día que nos dejaron salir a todos a dar una vuelta, y se volvieron a llenar las calles de gente. Bajamos, y mi perrita Sola (no por solitaria, sino por Han Solo) empezó a ladrar y a dar saltos de alegría al ver al mundo regresar. Estaba feliz, creo que mucho más que yo. Saludaba a la gente con todo su entusiasmo de perro. Moviendo el rabo, cabalgando con las patas delanteras saltando obstáculos imaginarios, solamente retenida por la correa que la conecta conmigo, gritando ‘¡hola! ¡qué alegría volver a veros!’ 

Sola es una perrita que abandonaron y que recogimos nosotros. Un día me mandaron una foto de ella diciendo que buscaba una familia que la adoptara, y mi marido y yo cogimos el coche y nos fuimos a buscarla a Córdoba. Es Andaluza, le encanta tomar el sol, correr en el parque, la vida y las personas, aunque hubo una mala persona que la abandonó en una acera. No es rencorosa; los perros no tienen ese defecto. Es maravillosa. Y es la reina de la casa. Su compañera Chewi, por Chewbacca, es espectacular, enorme y peluda, muy guapa, por la calle todo el mundo la piropea, mientras que a Sola ni la miran, pero a nosotros, con Sola, se nos cae la baba. Es un pequeño ser enorme, enormemente amoroso. Y es una gran compañera. También es muy friolera. Con un poco de frío ya hay que ponerle un abrigo. Por eso le encanta acurrucarse conmigo debajo de la manta y con el calorcito huele a quico. Sí, a quico. Huele muy rico. Sé que ha entrado en calor cuando se despereza y estira las patas y estira hasta separar los dedos; me hace mucha gracia. Es remolona y disfrutona.

¡Cómo disfrutó de aquel primer paseo de vuelta con gente! Aunque todos eran desconocidos. Mi perrita tiene sentido de comunidad. Es un ser social. Es una maestrilla.

Como no le puedo pegar el resfriado, no temo contagiarla, y está aquí a mi lado. No sabe que escribo sobre ella. Ni que hoy además es mi musa. No solo hoy.

Alex

P.D.- En la foto, mi Sola.

Y la banda sonora👇🏻 hoy dos: la más relevante del momento y la otra para mañana, por Halloween.