Hay dos palabras que deberían usarse solo en la literatura, porque es el espacio en el que las palabras son lo más parecido a lo que son en su esencia. Uno puede decir palabras sin tener ni idea de lo que está diciendo, incluso puede usarlas como sustituto de otras, transformarlas y pronunciarlas como a uno le apetezca, o pueda según su origen, pero por escrito, no. Uno no puede escribir candelabro refiriéndose al candelero, ni confundir un perjuicio con un prejuicio, ni usar el nunca y el siempre a la ligera. Y es que si te fijas, la gente mete el siempre y el nunca en una frase, cuando habla, prácticamente todo el rato.
Tú siempre te ríes de todo… Tú nunca fallas… Tú siempre te cansas antes… Tú nunca recoges la mesa…
Siempre… nunca… son dos palabras que visualizo como si fueran dos etiquetas. Antiguas, de cartoncito, con su cordoncito de yute, para que te la puedas atar al ojal de la blazer y a falta de blazer, al cualquier ojal.
El país de Nunca Jamás es una ironía, un guiño literario, está bien empleado, y Siempre nos quedará Paris es un aforismo muy preciso y precioso para hablar de un recuerdo. Pero en el día a día, al siempre, y al nunca hay que prestarles mucha atención, porque no suelen revelar una verdad, si acaso revelan algo en absoluto. Por eso, hay que neutralizarlos de inmediato, eliminarlos, pulverizarlos, si no quieres acabar con el cartelito colgando de tu chaqueta. Y es sencillo, no hay nada más fácil para acabar con ellos que repetirlos, pero en modo interrogación.
¿Siempre? ¿Nunca?
Si no llevas botox, te aconsejo que le metas un levantamiento de ceja, que le de un toque frío y dramático. Solo una ceja, las dos expresan asombro, y no es sorpresa lo que quieres comunicar, sino quitarte, con una pregunta y una mirada, la etiqueta de encima y a la mayor brevedad.
Luego simplemente deja que el silencio haga su magia. Nada más.
Nunca hay un tú siempre, ni siempre hay tú nunca. En la realidad, no.
Tampoco abundan los yo siempre… yo nunca… que son los que sí que habría que preservar y proteger, porque son una excepción. Hasta están en extinción. Porque fijaos que si en segunda persona son un reproche, en primera son un compromiso.
Yo nunca te abandonaré… Yo siempre vuelvo… Y suenan a verdad. Por eso hay que cumplirlos, o callar.
Ya puestos, ¿qué pasa cuando los empleas en tercera persona? Él siempre… es un passepartout que sirve para hacer lo que te da la gana. Él nunca… es una coartada, y bastante útil, para no hacer lo que no te da la gana.
Siempre, nunca… Dos adverbios absolutos, cerrados, sin matices, que en literatura funcionan muy bien. Por escrito existen, porque pertenecen al terreno de lo simbólico. Un personaje puede no sentir nunca miedo y un recuerdo vivir para siempre. La ficción admite el mito, la exageración, la alquimia emocional. Sin embargo, en la realidad, los absolutos suenan a reproche, a compromiso, o a coartada, porque en el mundo real, la vida está llena de contradicciones, mutaciones, ambigüedades… y lo absoluto casi nunca es verdad.
Alex
P.D.- Como los diamantes son para siempre, la foto es la del diamante más grande del mundo jamás encontrado. Lo llamaron Cullinan y produjo piedras de diversos cortes y tamaños. La más grande se llama Cullinan I, o la Gran Estrella de África. Es el diamante limpio tallado más grande del mundo. El segundo diamante más grande es el Cullinan II o la Segunda Estrella de África. Ambos pertenecen a la Corona británica. Otros siete diamantes importantes obtenidos del Cullinan, eran propiedad privada de la reina Isabel II de Inglaterra además de un diamante menor, una serie de brillantes más pequeños, y un conjunto de fragmentos sin pulir. No se sabe exactamente quien ha heredado qué. Algunas joyas Charlotte, otras Kate, otras Charles… El broche con el Cullinan V se ha visto que lo ha lucido Camila.
Y la banda sonora 👇🏻
