Le moral equipped sauvage

Tuve una época, bastante larga y de la que he salido no hace mucho, en la que pensaba que los humanos éramos extraterrestres. No solo porque somos el peor depredador del planeta y que jamás ha existido otro igual de letal —ni el Tiranosaurio Rex nos iguala— pero, más que nada, por todo lo que nos hace falta. Ropa, cobijo, tecnología, belleza, música, sentido del humor… Somos el animal que más cosas necesita, y esto, siempre me ha parecido raro y antinatural. No sé bien cómo ha sido, probablemente la iluminación (navideña) la he tenido, no en Cibeles sino en la ducha, que es donde generalmente se me ilumina la bombillita, pero de golpe deduje algo diferente: somos animales curiosos que salimos de nuestro hábitat y, como tenemos la capacidad de fabricar herramientas, fabricamos lo necesario para adaptarnos al nuevo hábitat. Así de sencillo, y tontamente, me he reconciliado con nuestra naturaleza y he dejado de pensar que somos una mezcla de mono y virus, o de mono con alguna bacteria llegada en un meteorito, o considerar teorías de cienciología o de las películas de Alien. No somos alienígenas. Ya no lo creo. 

Además, no solo compartimos una cantidad de genes brutal con gorilas, cerdos y ratas —hasta con la mosca de la fruta tenemos un setenta y cinco por ciento en común— pero es que también sentimos muchas emociones igual que ellos. Una de mis aficiones es ver documentales de naturaleza y hay imágenes que se te graban en la retina. Os ahorro las descripciones porque no estoy con ánimos de despertaros una lagrimita, pero sin duda, en muchas otras especies (si no en todas) hay amor, sentido del humor, empatía, tristeza, duelo y goce por la vida. Esto lo sabe cualquiera que tenga un perro, sin embargo, siendo yo una persona siempre con perro, ya os digo, tuve un periodo largo de pensar que nosotros veníamos de otra galaxia.

La vida es bella con o sin nosotros en ella —ahora sí que podría llenar páginas y páginas de descripciones— si algo me emociona es la belleza. La busco y la encuentro en todas partes. En las gotas de lluvia deslizándose por la ventanilla del coche, en las de las olas salpicando el aire en el mar, las sacudidas después del baño de mi perra. No sigo. La belleza realmente está en todas partes. Es sencilla y es perfecta. Pero la belleza artificial, la que tenemos capacidad de crear con nuestras herramientas humanas, es igual de bella. La naturaleza nos ha dotado con esa habilidad, que (perdón por repetirlo) a mí me parecía propia de alienígenas pero que, desde mi nueva perspectiva, me es imposible evitar buscarle un sentido, y es porque otra de mis convicciones (y la de posiblemente todos los científicos) es que absolutamente todo lo que existe en nuestro planeta tiene una utilidad para la supervivencia de las especies. Nada sobra. Llegada a este punto, un amigo mío, que no se pierde un post mío (¡gracias, J.M por leerme siempre!), me dirá que el de hoy es una castaña, pero sigo.

¿Para qué necesitamos crear cosas bellas? 

Una vez, en terapia, mi psicólogo me preguntó que qué hacía yo en el internado para sentirme menos sola, básicamente la pregunta era: ¿cuáles son tus estrategias para superar los obstáculos de la vida? Y contesté que una era la risa, tirar de sentido del humor y otra, escuchar música a todo volumen. Creo que no me debería haber hecho esta pregunta, porque, después, he vuelto a los chistes y a las canciones; yo me he ahorrado una pasta, pero él ha perdido una paciente.

Somos el superdepredador del planeta. Los humanos cazan a una tasa muchísimo mayor que cualquier otro depredador. No hay ninguna otra especie que se especialice en darnos caza, salvo la nuestra propia. Nuestro peor enemigo es otro humano. Y, a veces, tu peor enemigo eres tú mismo. Quizás por eso, para poder huir de nosotros mismos, la naturaleza nos ha dotado con la capacidad de crear belleza. 

Y, por otro lado, quizás la naturaleza también sea la verdadera responsable de que tengamos conciencia moral. Sin la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, siendo el animal más letal sobre la faz de la Tierra, ya habríamos arrasado con todo, con todos y con nosotros mismos. 

La distinción entre el bien y el mal no sería algo (completamente) aprendido. La ética y la moral no serían una invención humana, sino un mecanismo natural para no destruirlo todo; un freno interno evolutivo.

No somos buenos por naturaleza. No somos un bon sauvage que se corrompe en la sociedad —últimamente también me ha dado por cuestionar la Ilustración­—, somos lo contrario, una especie letal, a la que la naturaleza frena dotándola con un límite instintivo. Somos el moral equipped sauvage. Unos salvajes equipados de moral. 

Venimos con el dispositivo incorporado de serie. Obviamente no le funciona igual de bien a todo el mundo, algunos humanos carecen totalmente de freno moral, pero en general, todos podemos distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, y podemos confiar en nuestro instinto. 

Este es otro punto, el del instinto, sobre el que últimamente también reflexiono bastante, y es que estamos sometidos a tantas normas, reglas, ideales, intelectualidades, sin contar con todas las distracciones que nos anestesian en función continua durante todo el día, que tenemos el instinto si no domesticado, adormilado.

En la naturaleza todo tiene una función y sirve para algo. Supongo que por eso a nosotros (Dios) nos ha equipado con la facultad de fabricar herramientas para nuestra supervivencia física; crear belleza, que nos salva del vacío, para nuestra supervivencia emocional; y moral, que nos previene de destruirlo todo, para la supervivencia de todo el ecosistema.

Alex

P.D.- Confía en tu instinto, afínalo y cuestiona la moral del líder, no la ideología (que también) que utiliza para liderar; calibra su moral, porque de ella depende la supervivencia del grupo, pero esto da para otro post. El cuadro es Le Déjeuner sur l’herbe de Manet.

Y la banda sonora 👇🏻

Os comparto el trailer del último documental que me ha gustado 👇🏻