Estoy justo en ese momento del año en el que me digo F4ck the past! Y, este año, el momento ha llegado obligado, debido a la tecnología, he tenido que hacer un delete total. Tenía el iPhone petado, a tope, con el espacio de datos a reventar, y cuando le he dicho la cifra, a mi hijo Gus, de gigabytes usados, ha exclamado: ¡eso es todo ansia! Que es el equivalente hoy en día a decir: ¡qué pasada! Y, a continuación, me ha ayudado a resolver el problema, porque ya no podía ni abrir el WhatsApp, y ha resultado que todo el problema estaba justamente ahí, en mis chats. Así que para no pasarme la tarde eliminando trocitos de pasado y aferrándome a los mensajes tiernos, he eliminado de cuajo la aplicación, que lo ha borrado todo, todo, y después, la he vuelto a reinstalar. Fin. He hecho un F4ck the past! total y de un plumazo. Lo que sí que ha vuelto a aparecer han sido los grupos, vacíos de contenido, pero con todavía activa mi membresía. Noventa y siete grupos… Algunos ¡del 2016! He tardado en eliminarlos, hay que salir y después confirmar el eliminar, son dos clics; me he despedido a la francesa, si alguien me echa de menos ya me escribirá.
Según redacto este post me doy cuenta de que, al final, esto de pasar página me va a llevar toda la tarde, porque a lo mejor he borrado la lista de difusión, que es la que manda cada jueves el enlace de este post… Horror… Siempre que se hace un borrón y cuenta nueva eliminas algo apreciado, en este caso el ratito de añadir vuestros nombres otra vez, sin meter la pata de añadir a quien no me quiere leer u omitir a alguien sin querer.
Mi madre a menudo decía que el dinero viene y va, y es verdad, el dinero viaja mucho, cambia de manos y es infiel, pero no recuerdo haberle oído decir nada sobre las personas que vienen y van, salen y entran en tu vida. Mi profesor de kundalini yoga, en cambio, dice que el dinero es energía, y que la gente es la que viene y va. Es un tema recurrente en kundalini (y en muchas filosofías) tiene que ver con la aceptación. Y es que casi todo te remite a la aceptación y a la no-reacción. ‘No reacciones, actúa..’ es el lema. Vik, así se llama mi exmaestro —es ex, porque hace años que no voy a sus clases; aunque un maestro creo que lo es para siempre, vayas o no a clase; las lecciones se quedan y son un work-in-progress (un proceso)— dice que todo el que entra en tu vida tiene la función de enseñarte algo. Seguro que con el reseteo habré eliminado a alguien que no volverá; espero haberme quedado con lo aprendido.
Queda poco para el solsticio de invierno, la noche más larga, el umbral al que me encanta llegar cada año. En esta época en kundalini uno trabaja los chakras inferiores, los que te sirven para eliminar y soltar. Te recomiendan beber agua, dormir mucho, disfrutar del recogimiento del hogar… De paso hacer limpieza de armarios, deshacerte de lo viejo y hacer sitio para lo nuevo. Y practicar asanas para desbloquear el Muladhara. Pero, a mí, el solsticio me gusta porque a partir de ahí los días se vuelven a alargar. Sinceramente, yo lo de soltar lo llevo fatal. Odio las despedidas, a mí lo que me gusta son los principios y los atardeceres largos.
Estos días también me gusta caminar mirando hacia arriba. Me he fijado que los árboles todavía tienen hojas, los hemos disfrazado de Navidad cuando todavía es otoño. Intento alargar la distancia con la altura, ver las luces navideñas como si estuviera a un metro del suelo, que es lo que supongo que media yo con tres o cuatro años. Las bombillitas azules, rojas y verdes son las que mejor me transportan a esa edad. Siento fascinación, ilusión, una especie de incomprensión, que es lo que produce la magia, porque la magia comprendida deja de serlo, y conecto con mi infancia, con quien era yo entonces sin saber nada de nada. Un poco desconfiada aunque muy curiosa, con una mezcla de alegría y tristeza y una cabecita llena de preguntas. ¿Por qué? era lo que más repetía (como todos los niños) y casi siempre me quedaba sin respuestas. Tenía que conformarme con un porque sí y un porque no, y buscar la información en otro lugar, por ejemplo en los libros, o en la enciclopedia. Cuando era niña no existía Internet, buscábamos lo que fuera en los libros, el diccionario y la enciclopedia.
Entonces, los abetos de Navidad para adornar las casas eran naturales. Nosotros comprábamos el nuestro en el patio de la iglesia. Mi madre pedía siempre uno muy grande, para que el capirote de la punta tocara el techo; la casa entera olía a bosque. También íbamos a comprar adornos a la Plaza Mayor, todos los años, porque siempre hacía falta algo, si no volvíamos con bolas y guirnaldas, llegábamos con alguna figurita nueva que añadir al belén y siempre con purpurinas de colores y estrellitas doradas y plateadas mínimas, para hacer el río, que lo hacía yo, mientras cantaba el estribillo del villancico. “Pero mira cómo beben los peces en el río. Pero mira cómo beben por ver al Dios nacido”.
Los coches soltaban humo como si fueran fumadores en cadena y el invierno estaba siempre envuelto en niebla que no era niebla sino CO₂. Yo tenía un manguito de piel muy elegante y dentro llevaba una cajita forrada de terciopelo azul casi marino, entre marino y eléctrico, con un carboncillo quemándose en el interior para calentarme las manos. El contraste entre el calorcito del calentador, que me parecía igual a un corazón envuelto en mis manos, y el frío cortante del aire madrileño, me llevaba directa al cuento de Oscar Wilde, El príncipe feliz, que me había contado mi abuela, todas la veces que se lo había pedido, y que trata de una golondrina que muere helada a los pies de la estatua del príncipe. Es uno de los cuentos más tristes del mundo. Tardé muchos años en hacer un F4ck the past! y dejar de mirar a ver si había algún cadáver de pajarito devoto a los pies del caballo de Felipe III.
Una vez, el pediatra le trajo de regalo unas perdices, que había cazado, a mi madre. Yo las rescaté de la cocina, las metí en un armario, envueltas en una toalla, y recé, como una jovencísima Frankenstita, para que resucitaran. Mi madre me tuvo que explicar que no le podía pedir eso a Dios y que tenía que aceptar que estaban muertas. No las cocinó y, claro está, no nos las comimos, fueron a parar a una caja de zapatos que me prometió mi niñera que enterraría en el cementerio (inventado) de animales y que, en realidad, era el cubo de la basura.
He ido a ver dos películas: la nueva de Guillermo del Toro, Frankenstein, que es una maravilla, y se me ha caído un ídolo, la última de Luc Besson, Drácula, que es realmente mala.
Alex
P.D.- La foto la hice yo hace mucho tiempo. La he rescatado del baúl de los recuerdos. ¡Feliz Navidad!
Y la banda sonora, Memória de Rosalía y Carminho.
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