Manolo García Pérez descubrió su vocación de elfo a los tres años, aunque hasta los siete años no lo supo verbalizar, pero cuando lo logró y les dijo a sus padres lo que quería ser de mayor, descubrió, no solo que no le tomaban en serio, sino que además se pitorreaban de él. Lo de ser elfo les pareció a los García Pérez una coña marinera, un caprichito infantil y afortunadamente, pensaron, algo pasajero, porque Manolito tenía que dedicarse a lo que todos. Él pertenecía a una larga saga de —lo que fuera— y su destino estaba ya decidido desde mucho antes de nacer. Lo que nadie sabía, ni siquiera él, era que Ananké, la vieja diosa de la necesidad vital, había pactado con Moira, la vieja diosa del destino, que Manolito sería elfo. Y ya podía su familia tratar de desincentivar el interés de Manolito por hacer listas, coleccionar figuritas irlandesas de Leprechauns, contar garbanzos, e incluso fabricar Pinochos, que su sueño por convertirse en ayudante de Santa Claus no dejaría de crecer.
Así se hacen los elfos, en cuanto Papá Noel necesita refuerzos en el equipo, Ananké se pone a buscar, entre las almas pendientes de nacer, todas las que tienen dotes suficientes como para ser elfo, y las cualidades requeridas son: tener un corazón puro, una voluntad de hierro y facilidad para las matemáticas y las manualidades. Entonces, Ananké las dota con orejas de elfo, que es la distinción necesaria para entrar en la escuela de elfos, y acuerda con Moira que las libere de su destino para que no puedan dejar de ser lo que tienen que ser.
Doña Juanita, cuando vio a su bebé por primera vez, se preguntó que de dónde le venían esas orejas puntiagudas a lo Star Trek a Manolito, pero no le dio muchas vueltas, ‘el albedrío de la genética’, se dijo una vez, y nunca más. No imaginó que ese rasgo tan peculiar era una primera señal.
La infancia de un elfo está llena de señales para sus madres, porque, aunque ellas no lo quieran, son las primeras en ver quién es el ser maravilloso que han traído al mundo. Por eso, cuando llegó la octava Navidad de Manolito y el niño escribió su carta, y ella leyó: “quiero matricularme en la escuela de elfos”, se estremeció. Fue un temblor breve que disimuló y que automáticamente ignoró.
—Son cosas de niños… —tranquilizó a Don Manuel, su marido— Manolito estudiará lo mismo que tú, como tu padre y tu abuelo… Y además… ¡los elfos ni siquiera existen!
Los García Pérez concluyeron que no existía peligro alguno en mandar la carta a Santa Claus; la metieron en el buzón, y se olvidaron del asunto. Hasta que llegó la mañana de Navidad y debajo del árbol, entre todos los regalos, Manolito encontró un sobre muy bonito, de papel de algodón de doscientos cincuenta gramos, con el interior forrado en color arándano rojo, la letra grabada en dorado, y el remitente escrito a mano: Escuela Oficial de Elfos del Norte. El niño la abrió, leyó y exclamó:
—¡Me han aceptado!
Doña Juanita le pidió la carta a Manolito. También leyó el texto entero. Inspeccionó la materialidad del cartón. Acarició las letras en relieve con su dedo índice. Dejó que su marido también la verificara y concluyó.
—Papá Noel… los renos voladores… los elfos… existen… —y se puso a llorar— Manolito es… ¡un elfo!
—No llores Juanita… —intentó consolarla su marido que también empezó a llorar.
Abrazaron a su pequeño emocionados, pero les costó aceptar que su destino sería otro. Tuvieron que meterse, entre pecho y espalda, dos tazas de consomé con huevo hilado, comerse el pavo relleno con ciruelas y piñones entero, el brócoli y las patatitas de la guarnición y el brazo de gitano del postre, que Doña Juanita prefería al roscón, y después echarse una buena siesta para digerirlo todo. A las siete de la tarde, gracias a su buen metabolismo, lo habían asimilado; la vocación de Manolito no era una chiquillada, era lo que era.
A los diecisiete años Manolito entró en la escuela de elfos. Por la mañana tenía una hora y media de teoría, o sea dos clases, de lunes a viernes, en total diez asignaturas, entre las que geografía, renología, carpintería y seguridad estaban sus favoritas. Y, por las tardes la enseñanza era práctica, con lecturas de las mejores cartas, solución de peticiones imposibles, risoterapia, tricotaje de jerseys feos navideños, cocina básica cordon bleu y demás cosas de elfos.
Después de mucho esfuerzo y de dedicarle mucho cariño a su instrucción se graduó y cum laude.
Estas navidades son sus primeras navidades como elfo en prácticas. Lleva las cartas de los niños de Madrid. Se ha recibido un aluvión de cartas y eso que, desafortunadamente, tampoco nacen tantos niños. Manolo —ya no le llaman Manolito— tiene que anotar cada deseo en el tablón de deseos y asegurarse de que no se quede ninguno sin apuntar. Es muy eficaz. Os lo aseguró. Me ha dicho que todo lo vuestro está bien anotado.
Hoy se empiezan a envolver todos los regalos para ir metiéndolos en el gran saco del trineo de Santa Claus. Manolo ha abierto la ventanita de su calendario de adviento, se ha encontrado una gominola azul con sabor a piña y es feliz.
Alex
P.D.- La foto me la ha hecho la IA, y se parece bastante a Manolito. ¡Feliz Navidad!
Y la banda sonora, Michael Bublé – Have Yourself A Merry Little Christmas
