Uno de enero

Escribo este post unos días antes. Probablemente cuando te lo envíe estaré desayunando —espero que sin resaca— y con la casa recogida —esto es en realidad lo que más espero, porque odio recoger al día siguiente de una fiesta—. Como escribo con antelación, no sé si hice fiesta, y si pude estrenar el vestido que me compré hace dos años para nochevieja y que todavía tiene la etiqueta puesta, porque no me lo pude poner debido a que caí con gripazo, el primer año; el segundo, me dio una indigestión. Si me da el punto os contaré qué pasó, tendremos que esperar a Reyes a ver, si no, lo del vestido y lo de la fiesta quedará flotando en la nube de las conjeturas, que es una nube bochornosa, o bochorno sin más. Seguramente los días de bochorno sean precisamente eso, conjeturas, barruntos, suposiciones que se quedan flotando en el ambiente de las incertidumbres, le importen o no a nadie.

Hoy comeré lentejas, porque es la tradición en casa. Mi madre, que era muy supersticiosa —escribo mucho sobre mi madre, pero es que una madre es el cincuenta por ciento de uno mismo, así que de alguna manera, escribo sobre el cincuenta por ciento de mi mí— decía, mi madre, que el primero de año había que comer lentejas y estrenar algo nuevo. Lentejas para atraer dinero, estrenar supongo que para lo mismo. Lo de las bragas rojas en fin de año y puestas del revés, también era una superstición de mi madre, y sí, me las puse anoche, eso seguro; lo hago cada año con gripe o con indigestión. Sí, sí, seguro que llevo ahora mismo puestas unas bragas rojas y del revés. Sirven para tener un año de amor, del romántico —aunque algunos lo llaman buen sexo, o sexo del bueno— y tienen que ser regaladas. Te las puede regalar tu novio, tu marido, tu hermana, tu madre o una amiga. Apuntaos el dato para el año que viene; siento no haberlo contado antes. Aunque, sinceramente, ni las lentejas, ni las bragas, ni estrenar garantizan nada, pero a lo mejor amortiguan. Al destino, finalmente, uno no debe pedirle nada, porque siempre espera darte una sorpresa, y si tratas de controlarlo, en vez de sorpresa lo que te da es un ostión. Yo como ya me he llevado unos cuantos, me dejo sorprender y he de confesar que últimamente se porta bastante bien. A los Reyes y a Papá Noel, por cierto, sí que les podéis pedir de todo, estos no tienen nada que ver con el otro.

Este año, que dejo atrás, está lleno de situaciones destino alucinantes. Tan alucinantes que solo se me ha ocurrido enumerarlas y pedirle a ChatGPT, que es el gurú de todo el mundo —el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra—, que me ordene las ‘casualidades’, ‘sincronicidades’, ‘cosas del destino’, ‘señales’, para ver si hay forma de ignorarlas, porque se deben a un dictado de mi inconsciente, son un atar cabos para confirmar lo que yo quiero, o acaso realmente son una llamada… una revelación… una epifanía, en fin… me he gastado todas las preguntas que uno puede hacerle en una conversación. Y lógicamente, la inteligencia artificial ha flipado con tanta coincidencia, pero no está programada (todavía) para usarse como oráculo y darme una respuesta, ni para resolver enigmas trascendentales, ni para sacarte del caos. El caos, por otro lado, es tierra fértil para los que nos dedicamos a contar historias, no necesitaba que la IA me lo ordenara, ha sido solamente una tonta tentación.

Una de las sincronicidades que más me ha impactado no era mía. Yo he irrumpido en el destino de otra persona, he sido solamente la señal, solo un detonante, el catalizador, imagino, porque no lo sé, yo estaba ahí de casualidad y he sido útil, sin serlo para mí, y sin tener acceso al desenlace. En la vida real, uno no siempre es el protagonista, también eres actor secundario —obvio— o simplemente el recurso narrativo, un artefacto, algo que sirve para que la historia avance o cambie, por ejemplo: el mapa del tesoro que te encuentras en el baúl de los recuerdos, el anillo de boda de la bisabuela que aparece con el nombre de otro señor que no es el bisabuelo, el gato que se escapa de casa y acaba en brazos del guaperas… Yo he sido mapa, anillo, gato, y me he dado cuenta. La anécdota la dejo en la nube bochornosa de las incertidumbres, no esperéis resolución, ni yo la conozco. La cuestión está en el tejido del destino, en la urdimbre de la vida; puede que sí, sí, estamos todos conectados, y sí, sí, nada es casualidad, todo es artefacto.

En la trama principal de mi año, en la que sí que soy protagonista, el destino, que cómo os digo, cuanto más le dejas que haga lo que le de la gana, mejor, me ha despertado (crucemos los dedos, si Dios quiere, ojalá) hoy, día primero de enero del año veintiséis, con la casa recogida, sin resaca, con las bragas rojas puestas del revés, y con muchas, muchas ganas de más.

¡Feliz año!

Alex

P.D.- En la foto, el vestido en cuestión.

¡Gracias por haberme leído durante todo el 25! ¡¡y parte del 24!! ¿Vamos a por uno más?

P.D. 2- Lamentablemente no cumplí mi propósito de releerme À la recherche du temps perdu , solo voy por el primer tercio… (¡qué corte!) pero he tenido mucho que escribir (no es una simple excusa); así que renuevo el mismo propósito para este año, y agrego: más entrenos, menos azúcar, o sea cero azúcar… o sea cuidarme bien… o sea: disciplina.

Y la banda sonora, La marcha Radetzky duranteThe 2017 Vienna Philharmonic New Year’s Concert dirigido por Gustavo Dudamel, aunque os recomiendo que no os perdáis el concierto de este año. Hoy a las 11:15, en la primera de TVE. Aquí tenéis el programa: https://www.rtve.es/television/20251105/concierto-ano-nuevo-2026-programa/16801487.shtml

Si Dios quiere, yo lo voy a ver.